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Abuelos en Trío Ardiente

6437 palabras

Abuelos en Trío Ardiente

Yo soy Juan, un abuelito de setenta y cinco años que todavía se siente como de cuarenta. Vivo en una casita acogedora en las afueras de Guadalajara, con mi esposa María, mi abuelita de setenta y tres, que sigue siendo una chulada con esas curvas suaves y esa piel morena que huele a vainilla y jazmín. Llevamos casados cincuenta años, pero la chispa nunca se apagó. Últimamente, hemos estado platicando de fantasías, de esas que uno guarda en el cajón por pena o por costumbre. Una noche, mientras cenábamos tacos de carnitas bien jugosos, María me soltó: "Órale, Juan, ¿y si probamos algo nuevo? Algo como esos abuelos tríos que vi en internet". Me quedé con la boca abierta, el chile picándome la lengua, pero mi verga ya se estaba parando bajo la mesa.

Al día siguiente, llamamos a Pedro, nuestro carnal de toda la vida, un viudo de setenta y seis que vive a dos calles. Pedro es alto, fornido todavía, con bigote blanco y manos callosas de tanto trabajar en su taller de carpintería. Siempre ha sido el pendejo más divertido del barrio, contando chistes subidos de tono en las posadas. Le dijimos que viniera a echar chela y platicar. Cuando llegó, con su caja de coronitas frías, el aire ya traía ese olor a tierra mojada de la lluvia vespertina. Nos sentamos en el patio, bajo el guayabo, con el sonido de los grillos y el viento susurrando en las hojas.

María, con su vestido floreado que se le pegaba a los pechos generosos, sirvió las chelas y se sentó entre nosotros dos. "Mira, Pedro, Juan y yo queremos probar algo chido. ¿Te late unirte a un trío? Como esos abuelos tríos que andan de moda", dijo ella, con esa voz ronca que me pone loco. Pedro se rió, pero vi cómo sus ojos se clavaban en las tetas de María. "¡Neta, güeyes! ¿En serio? Pos yo no soy ningún muerto, todavía le entro al quite". El corazón me latía fuerte, un calor subiéndome por el pecho. ¿Y si salía mal? Pero el deseo era más grande, como un río desbordado.

Pienso en las arrugas de mi piel, en cómo mi cuerpo ya no es el de antes, pero qué chingados, la vida es para gozarla. María me mira con ojos brillantes, y Pedro asiente. Esto va a ser épico.

Entramos a la recámara, la luz tenue de la lámpara de noche pintando sombras suaves en las paredes blancas. El colchón king size crujió bajo nuestro peso cuando nos quitamos la ropa. María se desabrochó el vestido despacio, dejando caer la tela como una cascada, revelando sus senos pesados, los pezones oscuros ya duros como piedras. Olía a su crema de coco, mezclada con el sudor ligero de anticipación. Yo me quité la camisa, sintiendo el aire fresco en mi pecho velludo, y mis pantalones, liberando mi verga tiesa, venosa, palpitante.

Pedro se acercó primero, besando el cuello de María con labios húmedos. Ella gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel. "Ay, Pedro, qué rico tus besos", murmuró. Yo me uní, acariciando la espalda de mi esposa, sintiendo la suavidad de su carne madura bajo mis dedos ásperos. Nuestras manos exploraban, tentaban. Toqué el culo firme de Pedro, peludo y cálido, y él no se inmutó; al contrario, su verga gruesa se rozó contra mi muslo, dura como madera de roble.

La tensión crecía como tormenta. María se arrodilló entre nosotros, su boca pasando de mi verga a la de Pedro, chupando con hambre, la saliva brillando en la luz ámbar. El sabor salado de su lengua en mi glande me hizo jadear, el sonido de succión húmeda llenando la habitación. "¡Qué pinche delicia, abuelita!", gruñí, mientras Pedro gemía "Sigue, María, no pares". Mis manos enredadas en su cabello canoso, tirando suave, el olor a sexo empezando a impregnar el aire, almizclado y embriagador.

La llevamos a la cama. Yo me acosté, y María se montó en mi cara, su concha madura, hinchada y mojada, rozando mis labios. Saboreé su néctar dulce y ácido, lamiendo despacio, sintiendo sus jugos correr por mi barbilla. Pedro se posicionó detrás de ella, penetrándola lento, su verga desapareciendo en ese calor húmedo. María gritó de placer, su cuerpo temblando, pechos balanceándose. "¡Sí, cabrones, así! ¡Denme todo!". El colchón se mecía rítmicamente, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un aroma animal.

En mi mente, todo da vueltas: el miedo al ridículo se evaporó, solo queda esta hambre primitiva. Somos abuelos tríos, pero qué madres, ¡somos dioses del placer!

Nos cambiamos de posiciones, el calor subiendo, pulsos acelerados latiendo en mis sienes. Pedro se recostó, y María lo cabalgó con furia, sus caderas girando como en un baile de cumbia salvaje. Yo me puse de rodillas frente a ella, metiendo mi verga en su boca ansiosa. Ella mamaba con avidez, garganta profunda, mientras Pedro la embestía desde abajo, sus bolas golpeando contra su culo. El sonido era obsceno: slap-slap-slap, gemidos ahogados, el crujir de la cama. Sudaba a chorros, el sabor salobre en mi piel, el olor a testosterona y esencia femenina volviéndome loco.

Entonces, el clímax se acercó. María se corrió primero, un alarido ronco "¡Me vengo, pinches weyes!", su concha contrayéndose alrededor de la verga de Pedro, jugos chorreando por sus muslos. Eso nos llevó al borde. Pedro gruñó, llenándola de su leche caliente, y yo, viendo todo, exploté en su boca, chorros espesos que ella tragó con deleite, algunos goteando por su barbilla. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, corazones tronando como tambores.

Después, en el afterglow, nos quedamos tendidos, el aire pesado con el olor a semen y sudor. María, acurrucada entre nosotros, besó mi mejilla arrugada. "Gracias, amores míos. Esto fue lo mejor". Pedro rió bajito: "Somos los abuelos tríos más chingones del barrio". Yo asentí, sintiendo una paz profunda, el cuerpo laxo pero el alma plena. Afuera, la noche cantaba con ranas y viento, pero adentro, habíamos redescubierto el fuego.

Desde esa noche, no ha habido arrepentimientos. Seguimos viéndonos, explorando, riendo de nuestras locuras. La vejez no es el fin, weyes, es solo el principio de lo jodidamente bueno.

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