Probándolo Yo Sola
El calor de la noche en mi depa de la Condesa me tenía sudando bajo las sábanas. Era una de esas noches de viernes en que el DF se ponía bien vivo allá afuera, con el ruido de los coches y las risas de los borrachos en la calle, pero yo aquí, sola, con el ventilador zumbando como un mosquito cabrón. Mi novio, ese pendejo guapo llamado Alex, andaba de viaje en Guadalajara por pinche trabajo. Hacía semanas que no nos veíamos, y mi cuerpo ya no aguantaba más. Neta, necesitaba algo, un desahogo chingón.
Me levanté de la cama, el piso de madera crujiendo bajo mis pies descalzos, y me fui al baño. El espejo empañado por la humedad del regadero me devolvió la imagen de mi cuerpo desnudo: curvas prietas, pechos firmes con pezones ya duros por la anticipación, y entre las piernas ese calor húmedo que me hacía apretar los muslos. Saqué de la cajita escondida el juguetito nuevo que había comprado en línea, un vibrador morado con forma de verga gruesa, importado de gringolandia. En la descripción decía algo en inglés: "try it on my own". Me reí bajito. Órale, wey, eso haré: probarlo yo sola.
Volví a la cama, el olor a mi perfume mezclado con el sudor fresco llenando la habitación. Me recosté, abriendo las piernas despacito, sintiendo el aire fresco rozar mi panocha ya mojada. Encendí el vibrador, el zumbido bajo empezando como un ronroneo que me erizó la piel. Lo acerqué a mi clítoris, y ¡ay, cabrón! La vibración fue como un rayo eléctrico directo al centro de mi ser. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes. Mi mente se llenó de imágenes: Alex lamiéndome, sus manos grandes apretándome las nalgas, pero no, esta vez era solo yo, controlando todo.
Try it on my own, pinche ricura, solo yo y este chingón.
El placer subía lento, como el tequila quemando la garganta. Deslicé el vibrador adentro, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, cómo mis paredes internas lo abrazaban con avidez. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, ese almizcle dulce y salado que me volvía loca. Mis caderas se movían solas, un ritmo chicano que me hacía jadear. Sudor perlando mi frente, bajando por el cuello hasta los pechos. Toqué mis pezones, pellizcándolos fuerte, imaginando la boca de Alex, pero no, yo sola.
De repente, un ruido en la puerta. ¿Qué chingados? El intercomunicador pitó. Era Alex. ¡Simón, wey! Volvió temprano. Mi corazón latió como tamborazo en una fiesta de pueblo. "Bájame, carnala, traigo sorpresa", dijo su voz ronca por el aparato. Apagué el vibrador a la fuerza, el vacío me dolió, y me puse una bata ligera, la tela rozando mi piel sensible como una caricia prohibida.
Abrió la puerta con su llave, oliendo a avión y a esa colonia que me enloquece, con una sonrisa de pendejo enamorado. "Te extrañé, mi reina", murmuró, jalándome contra su pecho duro. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretando, y sentí su verga ya tiesa contra mi vientre. "Yo también, pero... estaba try it on my own", le confesé riendo, besándolo con hambre. Sus ojos se iluminaron. "¿En serio? Muéstrame, nena".
Lo arrastré a la cama, el corazón retumbándome en los oídos. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, saboreando el sudor de su viaje. Él se desnudó rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando. "Mírala, toda para ti", gruñó. Pero yo tomé el control. "Hoy mando yo, wey". Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. El vibrador zumbó de nuevo en mi mano, y lo pasé por su pecho, bajando lento hasta su verga. Él jadeó, arqueándose. "¡Qué chingón, mi amor!"
El aire se llenó de nuestros gemidos, el colchón crujiendo bajo nosotros. Me incliné, chupando su verga, saboreando el precum salado, mi lengua girando alrededor del glande mientras el vibrador me rozaba la panocha desde atrás. Sensación doble, wey, no mames. Él metió los dedos en mi pelo, guiándome suave, pero yo decidí el ritmo. Luego, lo monté, su verga entrando de un jalón, llenándome hasta el fondo. El estirón fue exquisito, dolor-placer que me hizo gritar. "¡Sí, cabrón, así!"
Cabalgamos como en una ranchera salvaje, mis tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. El olor a sexo era espeso, mezclado con su colonia y mi esencia. Sus manos en mis caderas, guiándome más profundo, pero yo controlaba la velocidad, lento al principio, torturándolo. "No pares, mi vida", suplicó. Aceleré, el slap-slap de piel contra piel como aplausos en un palenque. Mi clítoris rozaba su pubis, enviando chispas por mi espina.
La tensión crecía, como tormenta en el Popo. Mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo. Él se incorporó, mamando mis pezones, mordisqueando suave. ¡Ay, Diosito! El orgasmo me pegó como camión, olas de placer rompiéndome, gritando su nombre mientras me convulsionaba. Él no tardó, gruñendo como león, llenándome con su leche caliente, pulsos que sentía hasta el alma.
Caímos jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa y brillante. El ventilador nos secaba el sudor, el corazón latiéndonos al unísono. Besos suaves, lenguas perezosas. "Fue lo máximo, mi reina. Me encanta cuando te pones mandona", murmuró, acariciándome el pelo. Yo sonreí, satisfecha, el cuerpo pesado de placer. Probarlo yo sola me abrió la mente, pero contigo es el paraíso.
Nos quedamos así, escuchando la ciudad adormecerse, sabiendo que esto era solo el principio. El vibrador olvidado en la mesita, testigo mudo de mi aventura. Mañana probaríamos más, juntos, pero esa noche, try it on my own había sido el detonador perfecto.