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Trio Ardiente con Mi Esposa y HMH

6740 palabras

Trio Ardiente con Mi Esposa y HMH

Todo empezó en esa noche de verano en Cancún, con el aire cargado de sal marina y el rumor de las olas rompiendo en la playa. Mi esposa, Carla, y yo llevábamos años casados, pero nuestra vida sexual siempre había sido un fuego que no se apagaba. Ella, con su piel morena brillante, curvas que volvían loco a cualquier wey, y unos ojos negros que prometían pecados deliciosos. Yo, un tipo común, pero con ganas de explorar lo prohibido. Habíamos platicado mil veces de un trio con mi esposa HMH, ese amigo de la uni que siempre nos había mirado con hambre. HMH, Héctor Manuel Hernández, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara y un tatuaje en el pecho que gritaba aventura.

Estábamos en nuestra suite del hotel, con la terraza abierta al mar Caribe. Carla se había puesto un vestido rojo ceñido que apenas contenía sus tetas generosas y su culazo redondo. Yo la veía mientras preparaba unos tequilas, sintiendo ya el cosquilleo en la verga.

¿Y si hoy lo hacemos realidad? ¿Si invito a HMH que está en el lobby?
pensé, con el corazón latiendo fuerte. Ella se acercó, rozando su mano por mi pecho, oliendo a vainilla y deseo.

—Órale, amor, ¿qué traes en esa mirada? —me dijo con esa voz ronca que me ponía duro al instante.

Le conté el plan. Sus ojos se iluminaron, mordiéndose el labio inferior. —Chingón, haz la llamada. Quiero sentirlo todo.

Minutos después, HMH llegaba, con camisa blanca abierta mostrando su torso bronceado, pantalón ajustado marcando paquete. Nos abrazamos como carnales, pero el aire ya estaba espeso de tensión sexual. Brindamos con tequila reposado, el líquido quemando la garganta, mientras Carla se sentaba entre nosotros en el sofá, sus muslos rozando los nuestros. Hablamos de tonterías, pero las miradas decían todo: él devorándola con los ojos, yo excitado por verla deseada.

La noche avanzaba, el viento traía el aroma salado del mar mezclado con su colonia masculina. Carla se recargó en mi hombro, su mano bajando casualmente por mi muslo. Ya está pasando, pensé, el pulso acelerado. HMH no se quedó atrás; extendió la mano y acarició el brazo de ella, suave como pluma.

—Carla, siempre has sido la más rica de todas —le dijo él, voz grave.

Ella rio bajito, un sonido que me erizó la piel. —Y tú, pendejo, siempre el más guapo.

Ahí fue cuando el beso empezó. Yo la besé primero, profundo, saboreando su lengua dulce con resto de tequila. HMH observaba, respirando pesado. Luego, ella giró la cara hacia él, y sus labios se unieron. Verlos así, lenguas danzando, me puso la verga como piedra. Olía a su excitación, ese musk femenino mezclado con el sudor ligero.

La llevamos a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel caliente. Yo desabroché su vestido, dejando al aire sus tetas perfectas, pezones duros como caramelos. HMH jadeaba, quitándose la camisa. Carla nos miró a los dos, ojos brillantes de lujuria.

—Vengan, mis machos —susurró, voz temblorosa de anticipación.

Empecé lamiendo su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras HMH bajaba a sus tetas, chupando un pezón con hambre. Ella gemía, arqueando la espalda, sus manos enredadas en nuestros cabellos. El sonido de sus quejidos era música, grave y gutural, ¡ahh, sí, cabrones! Tocábamos todo: yo metí la mano entre sus piernas, sintiendo su panocha empapada, resbalosa de jugos calientes. HMH lamía el otro pezón, mordisqueando suave.

La tensión crecía como marea. La desvestimos por completo, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Olía a sexo inminente, a feromonas flotando. Yo me quité la ropa, mi verga saltando libre, venosa y tiesa. HMH hizo lo mismo; la suya era gruesa, más larga que la mía, cabeza roja palpitando. Carla la miró embobada, lamiéndose los labios.

Qué chingaderas tan ricas —dijo, gateando hacia nosotros.

Acto seguido, empezó con mamadas alternadas. Primero la mía, engulléndola hasta la garganta, saliva chorreando, el sonido húmedo slurp slurp volviéndome loco. Luego a HMH, que gruñía como animal, agarrándole el pelo suave. Yo la veía, tocándome, el corazón retumbando.

Esto es el paraíso, ver a mi esposa devorando otra verga
, pensé, el olor de su boca mezclada con precum llenando el cuarto.

La puse de rodillas en la cama, yo atrás, rozando mi verga contra su culo firme, resbaloso de sudor. HMH enfrente, ella mamándolo mientras yo la penetraba despacio. Su panocha apretada me succionaba, caliente como horno, jugos goteando por mis huevos. Empujaba ritmado, piel contra piel plaf plaf, ella ahogada en la verga de él, gemidos vibrando.

—Más duro, amor, ¡chingame como se debe! —gritaba ella, voz entrecortada.

Cambiamos posiciones, el sudor nos pegaba, el cuarto olía a sexo puro, a pieles frotándose, a jugos y saliva. HMH la cargó, piernas abiertas, y la metió su verga de un golpe. Ella chilló de placer, uñas clavadas en su espalda. Yo besaba su boca, tragándome sus gemidos, mientras ella nos tocaba a ambos. La intensidad subía, pulses acelerados latiendo en sienes, en venas hinchadas.

La duda me pinchó un segundo:

¿Y si esto cambia todo?
Pero su mirada, llena de amor y fuego, me disipó el miedo. Era nuestro, consensual, puro éxtasis compartido.

La pusimos en el centro, yo en su panocha, HMH en su culo. Doble penetración, lenta al principio. Ella gritaba, cuerpo temblando, músculos contrayéndose alrededor de nosotros. El calor era infernal, resbaloso, apretado. Empujábamos sincronizados, uno adentro, uno afuera, sus tetas rebotando, sudor chorreando por curvas. Olía a todo: mar, tequila, corrida inminente.

—¡Me vengo, cabrones, no paren! —aulló ella, cuerpo convulsionando, panocha ordeñándome.

Su orgasmo nos arrastró. HMH gruñó primero, llenándole el culo de leche caliente. Yo seguí, explotando dentro de ella, chorros espesos mezclándose con sus jugos. Colapsamos los tres, enredados, respiraciones jadeantes, pieles pegajosas.

Después, en la afterglow, la terraza nos mecía con brisa fresca. Carla entre nosotros, acariciándonos perezosos. Besos suaves, risas bajitas.

—Eso fue chido, el mejor trio con mi esposa HMH —dije yo, voz ronca.

Ella sonrió, oliendo a nosotros. —Repetimos pronto, mis amores.

HMH asintió, mano en su muslo. El mar cantaba, y en mi mente, solo paz y promesas de más noches así. Habíamos cruzado la línea, pero juntos, más unidos que nunca.

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