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La Tríada del Placer

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La Tríada del Placer

La noche en Polanco caía como un velo de terciopelo negro, con las luces de los autos zumbando abajo desde el balcón del departamento. Yo, Ana, me recargaba en la barandilla, sintiendo el viento tibio de la ciudad rozarme las piernas desnudas bajo mi falda corta. El aroma a jazmín del jardín vertical se mezclaba con el tequila reposado que Marco acababa de servirme. Neta, qué chido todo esto, pensé, mientras veía a Luis platicar animado con Marco en la sala. Eran cuates desde la uni, altos, morenos, con esa sonrisa pícara que hace que cualquier morra se sienta deseada.

Marco, mi novio de dos años, se acercó por detrás y me abrazó la cintura. Su aliento cálido en mi cuello olía a menta y deseo. "Órale, Ana, ¿ya estás lista pa'l desmadre?", murmuró, besándome el lóbulo de la oreja. Sentí su verga endureciéndose contra mis nalgas, y un cosquilleo me subió por la espina. Luis nos miró desde el sofá de piel, con una ceja arqueada. "Ey, no me dejen fuera, cabrones", dijo riendo, pero sus ojos brillaban con algo más que broma. Habíamos platicado de esto semanas antes, en una de esas charlas de copas donde sale lo prohibido. Una tríada, decíamos, riéndonos nerviosos. Tres cuerpos entrelazados, explorando lo que ninguno se atreve solo.

Entramos a la sala, el aire cargado de electricidad. La música de Natalia Lafourcade sonaba bajito, suave como caricias. Me senté entre ellos en el sofá, mis muslos rozando los suyos. Marco me besó primero, lento, su lengua saboreando la mía con gusto a tequila salado. Luis observaba, su mano grande posándose en mi rodilla.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es una locura, pero se siente tan correcto, tan mojado ya entre mis piernas.
El calor de sus pieles me envolvía, el olor masculino de sus lociones mezclándose con mi perfume de vainilla.

La tensión crecía como una ola en la costa de Cancún. Marco deslizó su mano por mi blusa, desabrochando botones con dedos temblorosos de anticipación. Mis tetas se liberaron, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. Luis no esperó más; se inclinó y lamió uno, su lengua áspera mandando chispas por mi cuerpo. "¡Ay, wey, qué rico!", gemí, arqueándome. Marco rio bajito. "Mira cómo se pone nuestra tríada, carnal". Ahí estaba la palabra, tríada, colgando en el aire como una promesa pecaminosa. Tres almas listas para fundirse.

Me pusieron de pie, quitándome la falda con urgencia juguetona. Quedé en tanga negra, vulnerable pero poderosa bajo sus ojos. Los besé a ambos, alternando bocas calientes, sabores distintos: Marco dulce, Luis salado y salvaje. Sus manos everywhere, tocando, apretando. La de Marco en mi panocha, frotando el clítoris hinchado a través de la tela húmeda. La de Luis en mis nalgas, separándolas, un dedo rozando mi ano con promesa. Olía a sexo ya, ese musk almizclado que nubla la razón.

Acto de escalada. Nos movimos al cuarto, la cama king size esperándonos como altar. Me tumbaron boca arriba, Marco besando mi cuello mientras Luis bajaba por mi vientre. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo jadear. "Quítatela, pendejo", le ordené juguetona, y él obedeció, arrancando la tanga. Mi concha depilada brillaba de jugos, expuesta. Luis la devoró primero, lengua hundida en mis labios vaginales, chupando mi clítoris como si fuera caramelo. ¡Madre santa, qué chupa! Marco se arrodilló junto a mi cabeza, sacando su verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en la boca, saboreando su sal, mamándola profunda mientras Luis me penetraba con dos dedos curvos, tocando mi punto G.

El sonido era obsceno: mis gemidos ahogados por la verga de Marco, el lameteo húmedo de Luis, el slap de sus bolas contra mi barbilla. Sudábamos, pieles pegajosas, el cuarto oliendo a feromonas y lujuria. Cambiamos posiciones. Yo encima de Luis, su polla enorme abriéndome centímetro a centímetro. "¡Cabrón, qué grande estás!", grité al sentarme, mi concha estirándose deliciosamente. Marco detrás, untando lubricante en mi culo.

¿Lo aguantaré? Sí, neta, lo quiero todo de esta tríada.
Entró lento, el ardor convirtiéndose en placer pleno. Los dos dentro, moviéndose en ritmo, fricción infernal. Sentía sus vergas rozándose separadas por una delgada pared, pulsando al unísono.

La intensidad subía. Mis uñas clavadas en el pecho peludo de Luis, mordiendo el hombro de Marco. "¡Más fuerte, weyes! ¡Cómanme viva!", rogaba. Ellos gruñían, sudando ríos, músculos tensos. El olor a macho en celo, a mi crema vaginal mezclada con sus jugos. Tacto de pieles calientes, resbalosas; vista de sus cuerpos esculpidos moviéndose; gusto salado en mi lengua al lamer sus pezones. Sonidos: carne contra carne, "plaf plaf", mis alaridos, sus "¡Sí, Ana, muévete así!". El clímax se acercaba, bolas apretadas, mi útero contrayéndose.

Explotamos juntos. Luis primero, llenándome la concha de leche caliente, chorros potentes que desbordaban. Marco en mi culo, rugiendo como león, eyaculando profundo. Yo me vine en olas, squirt salpicando sus abdominales, visión borrosa, corazón latiendo como tambor. "¡La chingada, qué tríada!", jadeé, colapsando entre ellos.

El afterglow fue dulce. Nos quedamos enredados, respiraciones calmándose, caricias suaves. Marco me besó la frente, Luis mi mano. "Esto fue épico, morra", dijo Luis, voz ronca. Marco asintió. "Nuestra tríada perfecta". Limpiamos con toallas tibias, riendo de lo desordenado del cuarto. Me serví agua, sintiendo el pulso aún acelerado entre piernas sensibles.

Acostados de nuevo, platicamos bajito. De cómo empezó como fantasía, cómo el deseo mutuo nos unió sin celos. Esto no rompe nada, lo fortalece, pensé, acurrucada en sus brazos. La ciudad ronroneaba afuera, pero adentro reinaba paz lujuriosa. Sabía que no era la última vez; la tríada nos había marcado, un lazo erótico indeleble. Mañana volvería la rutina, pero esta noche, éramos dioses del placer.

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