Encuentro Ardiente en Metro Balderas El Tri
El calor del Metro Balderas me pegaba como una cachetada húmeda esa tarde de julio. El aire estaba cargado de ese olor a metal caliente, sudor mezclado con perfumes baratos y el eco distante de trenes rugiendo por los túneles. Yo bajé las escaleras mecánicas con mi mochila al hombro, el corazón latiéndome un poco rápido porque llegaba tarde al centro. La estación bullía de gente: oficinistas con camisas sudadas, vendedores ambulantes gritando ofertas de chicles y condones, y ese rumor constante de pasos y voces que te envuelve como una manta pesada.
Me abrí paso hacia el andén de la Línea 1, sintiendo cómo los cuerpos se rozaban sin querer. Mi blusa ligera se me pegaba a la piel, y el roce de extraños contra mis caderas me ponía los nervios de punta. Fue entonces cuando lo vi. Estaba recargado contra una columna, con audífonos colgando del cuello y una playera negra deslavada de El Tri, esa banda que me había marcado desde chava con sus rolas crudas y llenas de vida. Alto, moreno, con barba de tres días y unos ojos cafés que brillaban bajo la luz fluorescente. Llevaba una mochila gastada y jeans ajustados que marcaban justo lo necesario. El vello de sus brazos asomaba por las mangas arremangadas, y olía a jabón fresco mezclado con algo ahumado, como tabaco viejo.
¿Qué pedo contigo, Ana? ¿Ya estás fantaseando con un desconocido? me dije, pero no pude evitar mirarlo fijo. Él levantó la vista, como si sintiera mi mirada, y sonrió de lado, esa sonrisa pícara que dice "te cachó". Saqué mi celular fingiendo checar la hora, pero en realidad quería acercarme. El tren llegó con un estruendo que vibró en mi pecho, y la multitud nos empujó juntos. Nuestros cuerpos chocaron: su pecho firme contra el mío, su mano rozando mi cintura para no caernos. Sentí el calor de su piel a través de la tela, y un escalofrío me recorrió la espalda pese al bochorno.
—Perdón, carnala —murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido con un toque de menta.
—No hay pedo —respondí, mi voz saliendo más ronca de lo que quería. Nos quedamos pegados en el vagón abarrotado, balanceándonos con el traqueteo. De sus audífonos escapaba el riff inicial de "Triste canción", de El Tri, esa rola que habla de amores rotos pero con un ritmo que te hace querer mover las caderas. La música se colaba en mi cabeza, latiendo como un pulso compartido.
Al rato, el gentío nos separó un poco, pero él se inclinó hacia mí.
—¿Te late El Tri? —preguntó, quitándose un audífono y ofreciéndomelo.
Lo tomé, y la voz rasposa de Alex Lora llenó mis oídos: "Abusador, tramposo, mentiroso...". Reí bajito.
—Desde morra. Mi carnal me llevaba a sus conciertos en el DF. ¿Y tú?
—Soy fan de hueso colorado. Me llamo Raúl. ¿Y esa playera tuya? Se te ve chida con el escote.
Su mirada bajó un segundo a mi blusa, y sentí un cosquilleo en el estómago. El tren frenó en Hidalgo, y más gente entró, empujándonos de nuevo. Su muslo se presionó contra el mío, duro y cálido, y juré que lo hizo a propósito. Olía a él ahora, ese aroma masculino que me mareaba: sudor limpio, colonia barata y deseo crudo.
La conversación fluyó como el metro: rápida, intensa. Hablamos de rolas favoritas, de cómo Metro Balderas siempre es un desmadre a esta hora, de lo chido que sería un concierto clandestino ahí abajo. Sus ojos no se despegaban de los míos, y cada roce accidental —su mano en mi cadera, mi hombro contra su pecho— encendía chispas.
Quiere algo, Ana. Y tú también, no seas mensa.Mi cuerpo respondía solo: pezones endureciéndose bajo la blusa, un calor húmedo entre las piernas que me hacía apretar los muslos.
El tren llegó a Pino Suárez. —Bájate conmigo —dijo él, su voz baja y urgente—. Vivo cerca, en un depa chiquito pero con buena vibra. ¿O qué, te da miedo?
—Miedo no, pero ¿y si eres un pendejo asesino? —bromeé, pero ya estaba decidiendo.
—Prueba y ves. Al menos te invito una chela fría.
Salimos del metro, el sol de la tarde nos golpeó como un horno. Caminamos unas cuadras por Balderas, el tráfico rugiendo a nuestro lado, vendedores de elotes chamuscándose al carbón llenando el aire con ese olor dulce y ahumado. Su mano rozó la mía, y la tomé. Era callosa, fuerte, de quien trabaja con las manos. Llegamos a un edificio viejo pero decente, subimos al tercer piso. El depa era minimalista: posters de El Tri en las paredes, una cama deshecha, una guitarra en la esquina.
Cerró la puerta, y el mundo afuera se apagó. Me acercó despacio, sus manos en mi cintura, mirándome a los ojos.
—¿Segura? —preguntó, su aliento en mi cuello.
—Sí, güey. Bésame ya.
Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia caliente: suaves al principio, luego hambrientos. Sabían a menta y cerveza tibia. Su lengua exploró mi boca, y gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo revuelto. Me quitó la blusa con urgencia, sus dedos ásperos rozando mi piel, erizándola. Olía a él por todos lados, mezclado con mi perfume floral. Sus besos bajaron a mi cuello, chupando suave, dejando marcas húmedas que ardían delicioso.
Lo empujé a la cama, montándome encima. Sentí su verga dura presionando contra mí a través de los jeans, gruesa y palpitante. Chingao, qué rica se siente. Le arranqué la playera de El Tri, lamiendo su pecho sudoroso, salado en mi lengua. Sus pezones duros bajo mis dientes, sus gemidos roncos: "Así, mami, no pares". Desabroché su cinturón, bajé el zipper lento, saboreando el momento. Su verga saltó libre, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí despacio, saboreando su gusto almendrado y salado.
Él gruñó, volteándome para ponerme de rodillas. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas, su lengua trazando caminos húmedos por mi espalda baja. Me quitó el calzón de un jalón, y sentí su aliento caliente en mi concha empapada. "Estás chorreando, pinche rica", murmuró antes de hundir la cara ahí. Su lengua era mágica: lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios, metiéndose adentro con roces que me hacían arquear la espalda. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos, su respiración agitada. Olía a sexo puro, a mi excitación dulce y su sudor.
No aguanté más. —Cógeme, Raúl. Ya.
Se puso un condón rápido —siempre preparados, el cabrón— y me penetró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. Dios, qué grueso, me parte en dos. Empezó a moverse, primero suave, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas suaves. El ritmo era como una rola de El Tri: crudo, acelerando. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, su boca en mi oreja susurrando "Te sientes cabrona, apriétame más". Sudábamos juntos, piel resbalosa, el colchón crujiendo bajo nosotros.
Cambié de posición, cabalgándolo ahora. Lo vi desde arriba: músculos tensos, ojos vidriosos de placer, su verga desapareciendo en mí una y otra vez. Rebotaba duro, mis tetas saltando, el placer acumulándose como una ola. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras yo me movía, su dedo rozando mi ano en círculos juguetones. El orgasmo me pegó como un rayo: grité su nombre, mi concha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él no tardó: embistió fuerte unas veces más y se vino con un rugido, su cuerpo temblando bajo el mío.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su piel pegajosa contra la mía, el olor a sexo impregnando el cuarto. Me besó la frente, suave.
—Pinche suerte la mía en Metro Balderas hoy —dijo riendo.
—Y la mía. ¿Otro round con El Tri de fondo?
Sonrió, y su mano bajó de nuevo. El sol se ponía afuera, pero nosotros apenas empezábamos.