Angela Bofill I Try Mi Noche Ardiente
La noche caía suave sobre Polanco, con ese airecito fresco que huele a jazmines del jardín y a tacos de asador de la esquina. Me recosté en mi sofá de terciopelo gris, el que compré en esa tiendita chida de la Roma, y prendí la bocina Bluetooth. Quería algo que me pusiera el alma de cabeza, algo que me recordara lo que de verdad anhelo. Angela Bofill empezó a sonar con su voz ronca y profunda en I Try. "Angela Bofill I Try", murmuré para mí, sintiendo cómo las notas se me colaban por la piel como caricias prohibidas. La letra me pegaba duro: intentar olvidar, pero fallar una y otra vez. Exacto como yo con Javier.
Él era mi carnal de la oficina, un morro alto, de ojos cafés intensos y sonrisa pícara que me hacía mojarme con solo verlo. Hacía semanas que no nos veíamos, desde esa junta en la Condesa donde terminamos enredados en el baño del bar. ¿Por qué no lo busco?, pensé, mientras mi mano bajaba distraída por mi blusa suelta de algodón. Mis pezones ya se marcaban contra la tela fina, duros por el roce del aire acondicionado. Saqué el cel, le mandé un wasap: "Órale güey, ¿vienes o qué? Angela Bofill I Try me tiene bien prendida". Sonreí al imaginar su cara de sorprendido cachondo.
Diez minutos después, el timbre. Abrí la puerta en shortcito de licra negra que me abraza el culo como guante y una playera holgada sin bra. Javier entró oliendo a colonia fresca, tipo Acqua di Gio, mezclada con su sudor natural de quien acaba de manejar por Insurgentes. "¡Neta, carnala! ¿Qué pedo con esa rola?", dijo riendo, mientras me jalaba por la cintura. Su mano grande y cálida se posó en mi nalga, apretando suave. Sentí el calor subir por mi entrepierna, ese cosquilleo que me hace apretar los muslos.
"Es que Angela Bofill I Try me pone en mood, pendejo", le contesté mordiéndome el labio, guiándolo al sofá. La canción seguía sonando en loop, su voz envolviéndonos como niebla sensual. Nos sentamos pegaditos, sus muslos fuertes contra los míos. Hablamos pendejadas de la chamba, pero mis ojos se clavaban en su boca carnosa, imaginando cómo sabe a tequila y deseo. Su mano subió por mi muslo, rozando la piel suave, enviando chispas hasta mi clítoris.
No resistas, déjate llevar, cantaba Bofill en mi cabeza.
El ambiente se cargaba de tensión, como antes de una tormenta en el Zócalo. Javier me miró fijo, sus pupilas dilatadas. "Me traes loco, Angela. Desde que vi tu mensaje, mi verga no para de pararse", susurró con voz grave, mexicana ronca de barrio fino. Me incliné, mis tetas rozando su pecho ancho bajo la camisa ajustada. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, húmedo. Su lengua invadió mi boca, saboreando a menta y a él mismo, mientras yo gemía bajito contra su paladar. Olía su cuello, ese aroma masculino que me marea, piel salada y colonia.
La canción avanzaba al coro, y yo me subí a horcajadas sobre él. Sentí su erección dura presionando mi panocha a través de la tela delgada. "Qué rico estás, cabrón", le dije al oído, lamiendo su lóbulo. Sus manos me amasaron las nalgas, metiéndose bajo el short para tocar mi piel desnuda. Estaba empapada, mis jugos humedeciendo la licra. Me froté contra su bulto, el roce áspero de su jeans contra mi monte de Venus mandándome ondas de placer. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.
Nos paramos tambaleantes, besándonos mientras caminábamos al cuarto. La luz tenue de las velas que prendí antes parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. Tiré de su camisa, exponiendo su torso torneado, pectorales firmes con vello negro suave. Lo empujé a la cama king size, con sábanas de satén que crujen al tacto. Me quité la playera despacio, dejando que viera mis tetas medianas, pezones cafés erectos pidiendo atención. "Mírame, Javier. Todo tuyo esta noche".
Él se desvistió rápido, su verga saltando libre: gruesa, venosa, con la cabeza rosada brillando de precúm. Me arrodillé entre sus piernas, inhalando su olor almizclado de excitación. Lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Él jadeó, "¡Chin güey, qué chida chupas!", enredando sus dedos en mi pelo largo. Chupé más profundo, mi boca llena de él, garganta relajada por práctica. El sonido húmedo de mi succión mezclándose con los gemidos bajos y la voz lejana de Bofill.
Pero quería más. Me trepé sobre él, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Lentamente me hundí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estira, llena ese vacío hambriento. "Aaah, qué grande, papi", gemí, mis paredes vaginales apretándolo como puño. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo salsa, mis caderas girando en círculos. Él me sujetaba las caderas, embistiéndome desde abajo, pelotas chocando contra mi culo con palmadas sonoras. El sudor nos cubría, piel resbalosa, olor a sexo crudo llenando el cuarto: almizcle, jugos, piel caliente.
La tensión crecía, mis nervios ardiendo. Bajé para que me mamara las tetas, su boca caliente succionando fuerte, dientes rozando pezones. Dolor placer mezclado. "Más duro, rómpeme", le rogué, clavando uñas en su pecho. Cambiamos: él encima, misionero profundo. Sus embestidas potentes, golpeando mi punto G, haciendo que salpique un poco con cada thrust. Mis piernas alrededor de su cintura, talones presionando su espalda. Gemidos se volvieron gritos: "¡Sí, así, cabrón! ¡No pares!". El colchón rebotaba, cabezas golpeando la cabecera rítmicamente.
Internamente luchaba, como la rola: Intento resistir, pero no puedo. Este morro me tiene adicta. Su mano bajó a mi clítoris, frotando círculos rápidos. La presión subió, bolas de fuego en mi vientre. "¡Me vengo, Javier!", chillé, mi coño contrayéndose en espasmos violentos, chorros calientes mojando sus bolas. Él gruñó feral, hinchándose dentro, corriéndose en chorros espesos que llenan mi útero. Calor líquido, pulsos compartidos.
Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose en la piel. Su verga aún media dura dentro, palpitando suave. Besos perezosos, lenguas lánguidas. Angela Bofill seguía sonando bajito, ahora como banda sonora de paz. "Neta, carnala, eres lo máximo", murmuró contra mi cuello, su aliento cálido erizándome la piel otra vez.
Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. ¿Por qué intento alejarme? Esto es puro fuego, puro México en las venas: pasión sin frenos. La noche nos envolvió, prometiendo más rondas, más I Try fallidos deliciosamente. Mañana sería otro día de oficina fingiendo, pero esta noche, éramos libres, empoderados en nuestro deseo mutuo.