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Donna Summer Prueba Conmigo Sé Que Podemos Hacerlo

6392 palabras

Donna Summer Prueba Conmigo Sé Que Podemos Hacerlo

La noche en la playa de Cancún vibra con el ritmo disco que sale de los bocinas gigantes. El aire huele a sal marina mezclada con el humo dulce de las fogatas y el perfume de cuerpos sudados bailando bajo las estrellas. Tú estás ahí, con una cerveza fría en la mano, sintiendo la arena tibia entre los dedos de los pies. La música retumba: Donna Summer, esa reina del disco, y de repente suena "Try Me I Know We Can Make It". Las luces neón parpadean sobre la multitud, y tus ojos se clavan en ella.

Es una chava morena, con curvas que se mueven como olas al ritmo de la canción. Su vestido rojo ajustado brilla bajo las luces, pegado a su piel aceitada por el sol del día. Pelo largo negro cayendo en cascada, labios carnosos pintados de rojo fuego. Te mira desde el otro lado de la fogata, con una sonrisa pícara que te eriza la piel. Neta, wey, piensas, esta morra está cañón. Sientes un cosquilleo en el estómago, el primer jalón de deseo que te hace apretar la botella.

Te acercas, el bajo de la música te palpita en el pecho como un corazón acelerado. "¡Órale, carnal! ¿Bailamos?", grita ella por encima del ruido, su voz ronca y juguetona. Asientes, y sus manos se posan en tus hombros. Su piel es suave, cálida, huele a coco y vainilla. Bailan pegados, sus caderas rozando las tuyas al compás de Donna Summer. "Try me", canta ella susurrando en tu oído, su aliento caliente rozándote el lóbulo. "I know we can make it". Sientes su risa vibrar contra tu cuello, y tu verga ya empieza a despertar, presionando contra el pantalón.

¿Qué chingados? Esta chava me trae loco de una. Su cuerpo se siente perfecto, como si estuviera hecho para el mío. No la conozco, pero ya quiero probarla toda.

La fiesta sigue, pero ustedes dos se apartan hacia las palmeras, donde el sonido de las olas ahoga un poco la música. Se sientan en una manta, compartiendo la cerveza. Hablan de todo y nada: de cómo odia el frío del DF, de tus viajes por la Riviera Maya, de lo chido que es soltarse en la noche. Sus ojos brillan con picardía mexicana, esa chispa que dice "sé lo que quieres, y yo también". Te roza la pierna con la suya, un toque casual que no lo es. El deseo crece lento, como la marea subiendo.

"Ven", dice ella, levantándose y jalándote la mano. Caminan por la playa hasta su hotel, un lugar nice con vista al mar, luces tenues y una cama king size esperando. La puerta se cierra, y el mundo afuera desaparece. Se gira hacia ti, su vestido cayendo al piso con un susurro de tela. Queda en lencería negra, tetas firmes asomando, nalgas redondas que te hacen tragar saliva. "Prueba conmigo", murmura, adaptando la letra de Donna Summer con voz sensual. "Sé que podemos hacerlo".

Tú la besas, hambriento. Sus labios saben a tequila y sal, su lengua danza con la tuya, suave y exigente. Manos por todos lados: las tuyas en su cintura, sintiendo la curva de sus caderas; las de ella bajando por tu pecho, desabotonando tu camisa. La piel de su espalda es seda caliente bajo tus dedos, y gime bajito cuando le aprietas las nalgas. "¡Ay, wey, qué rico!", suspira contra tu boca. El olor de su excitación empieza a llenar la habitación, almizclado y dulce, como miel caliente.

La tumbas en la cama, besos bajando por su cuello, mordisqueando esa piel sensible que la hace arquearse. Sus pezones duros como piedras bajo tu lengua, sabor salado y cálido. Ella te jala el pelo, "Más, cabrón, no pares". Tus manos exploran su panocha, ya mojada, resbalosa. Dedos deslizándose adentro, sintiendo sus paredes apretarte, su clítoris hinchado palpitando. Gime fuerte, caderas moviéndose al ritmo de tus caricias. Tú estás duro como piedra, la verga latiendo, pidiendo acción.

Su calor me envuelve, neta se siente como el paraíso. Quiero enterrarme en ella ya, pero aguanto, quiero que explote primero.

La tensión sube, el aire cargado de jadeos y el slap de piel contra piel. Ella te voltea, ahora encima, besando tu pecho, bajando hasta tu pantalón. Lo baja de un jalón, y tu verga salta libre, venosa y tiesa. "¡Mira qué chulada!", dice riendo, lamiéndola desde la base hasta la punta. Su boca caliente, húmeda, succionando con maestría. Sientes su lengua girar alrededor del glande, saliva chorreando, el placer subiendo por tu espina como electricidad. "¡Qué chingón, nena!", gruñes, agarrando las sábanas.

Pero no quieres acabar así. La subes, posiciones mutuas, 69 perfecto. Su chochito en tu cara, sabor ácido-dulce de su flujo, lames devorando, chupando su clítoris mientras ella te mama la verga. Gemidos ahogados, cuerpos temblando. El sudor perla sus curvas, gotea en tu piel. "¡Ya, wey, métemela!", suplica ella, voz quebrada de necesidad.

Te colocas encima, ojos en ojos, consintiendo cada movimiento. La punta roza su entrada, resbalosa, y empujas lento. Inchándose alrededor de ti, caliente, apretada como guante de terciopelo. "¡Sí, así, despacio!", gime. Empujas más profundo, sintiendo cada centímetro, sus uñas clavándose en tu espalda. Ritmo lento al principio, savoring el roce, el slap de pelvis contra pelvis, sus tetas rebotando. Aceleras, el cuarto lleno de sonidos obscenos: plaf plaf, jadeos, "¡Más duro, pendejo!".

La intensidad crece, psychological y física. Piensas en lo perfecto que es, esta conexión instantánea, como si Donna Summer lo hubiera predicho: "Try me, I know we can make it". Ella aprieta las piernas alrededor de tu cintura, "¡Me vengo, carnal!". Su cuerpo convulsiona, panocha ordeñándote, chorros de placer mojando las sábanas. Tú no aguantas más, el orgasmo te golpea como ola gigante, verga pulsando, llenándola de leche caliente.

Colapsan juntos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa de sudor y fluidos. El mar susurra afuera, la música lejana aún vibra. Ella se acurruca en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel. "Neta estuvo chido, ¿verdad? Sé que podemos repetirlo". Ríes bajito, besando su frente. Sientes paz, el afterglow envolviéndote como manta tibia. Mañana quién sabe, pero esta noche fue pura magia mexicana, consensual y ardiente.

Duermen entrelazados, el olor de sexo persistiendo en las sábanas, promesa de más en el aire salado.

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