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Trios de Personajes Entrelazados

6486 palabras

Trios de Personajes Entrelazados

Alejandro caminaba por las calles empedradas de la Roma en Ciudad de México una noche de verano que olía a jazmín y tacos al pastor asándose en la esquina. El aire cálido le pegaba a la piel como una caricia húmeda y él sentía esa cosquilla en el estómago que siempre le avisaba cuando la noche iba a ser chida. Llevaba una camisa ligera desabotonada hasta el pecho y unos jeans que le marcaban lo justo. De repente, las vio: Sofía y Luna, sus carnalas de la uni, sentadas en una terraza con margaritas heladas sudando en los vasos.

¡Wey Alejandro! gritó Sofía, levantándose de un brinco. Su vestido rojo ceñido al cuerpo resaltaba las curvas que él siempre había notado de reojo. Luna, con su melena negra suelta y un top que dejaba ver el ombligo tatuado, le guiñó un ojo. Eran como fuego y hielo, Sofía explosiva y Luna serena, pero las dos con esa vibra que hacía que los hombres voltearan dos veces.

Se unió a ellas y la charla fluyó como tequila reposado: risas sobre anécdotas pasadas, quejas del pinche tráfico y miradas que se demoraban un segundo de más. Alejandro sentía el pulso acelerado, el olor de sus perfumes mezclándose —flores y vainilla— con el sudor ligero de la noche.

¿Y si esta noche pasa algo? Neta, un trío de personajes como en esas historias calientes que leo a escondidas
, pensó, mientras Sofía rozaba su pierna con la suya bajo la mesa.

La tensión creció con cada trago. Luna propuso: —Vámonos a tu depa, carnal. Quiero ver esas vistas que tanto presumías. Sofía asintió con una sonrisa pícara: —Sí, trios de personajes como nosotros merecen una noche épica. Alejandro pagó la cuenta con el corazón latiéndole en las sienes y las tres salieron caminando, brazos entrelazados, el roce de pieles encendiendo chispas.

En el departamento, las luces tenues pintaban sombras suaves en las paredes. Pusieron música de Natalia Lafourcade suave, con ese ritmo que invita a moverse lento. Alejandro sirvió mezcal en vasos de cristal y se sentaron en el sofá grande de cuero que crujía bajo su peso. Sofía se recargó en él, su mano en su muslo subiendo despacio, mientras Luna observaba mordiéndose el labio inferior.

—Neta que están increíbles —murmuró Alejandro, su voz ronca. El aroma de sus cuerpos cercanos lo mareaba: sudor salado, perfume dulce y un toque de excitación que empezaba a perfumar el aire. Sofía giró su rostro y lo besó, labios carnosos y húmedos saboreando a mezcal y deseo. Su lengua exploró la suya con hambre, mientras Luna se acercó por el otro lado, besando su cuello, dientes rozando la piel en un mordisco juguetón que le erizó los vellos.

Las manos de Alejandro temblaban al deslizarse por la espalda de Sofía, bajando el zipper del vestido que cayó como una cascada roja. Debajo, nada más encaje negro que delineaba pechos firmes. Luna se quitó el top con gracia felina, revelando senos redondos con pezones oscuros ya endurecidos. Qué pinche paraíso, pensó él, mientras las dos lo miraban con ojos brillantes de anticipación.

Se levantaron y lo llevaron a la recámara, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas. El ventilador zumbaba suave, moviendo el aire cargado de gemidos ahogados. Sofía empujó a Alejandro boca arriba y se montó a horcajadas, frotando su entrepierna húmeda contra la erección que ya le tensaba los jeans. Luna se arrodilló a un lado, desabrochándole el cinturón con dedos hábiles, liberando su verga dura que saltó palpitante.

—Mira qué rica —susurró Luna, lamiendo la punta con lengua caliente y juguetona. El sabor salado de la piel la hizo gemir bajito. Alejandro jadeó, el calor de su boca envolviéndolo como terciopelo húmedo, succionando despacio mientras Sofía se quitaba las bragas y se frotaba contra su pecho, dejando un rastro brillante de su excitación.

La intensidad subió como la marea. Intercambiaron posiciones en un baile instintivo: Sofía chupando su verga mientras Luna se sentaba en su cara, su coño depilado rozando labios y lengua. Él la devoró con gusto ácido y dulce de mujer en celo, lamiendo clítoris hinchado que latía bajo su toque. Los gemidos de Luna llenaban la habitación, ¡Ay cabrón sí ahí!, vibrando contra su piel. Sofía montó su polla entonces, empalándose lenta, centímetro a centímetro, el calor apretado de su interior succionándolo como un guante vivo.

Alejandro sentía todo: el slap slap de carne contra carne, el olor almizclado del sexo flotando pesado, el sudor perlando frentes y pechos, resbalando salado en besos.

Esto es un trío de personajes perfecto, neta que no miento
, bullía en su mente mientras embestía hacia arriba, haciendo rebotar los senos de Sofía. Luna se unió, frotando su clítoris contra el de Sofía en un roce lésbico que las hizo gritar al unísono, pezones rozándose duros.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiaron otra vez: Alejandro de rodillas detrás de Luna, metiéndosela profundo mientras ella lamía a Sofía recostada. El ano de Luna contra su pubis, el coño de Sofía bajo la lengua de ella. Empujes rítmicos, ¡Chíngame más fuerte wey! pedía Luna, voz quebrada. Sus bolas chocaban húmedas, el sonido obsceno mezclándose con jadeos y el crujir de la cama.

Sofía se corrió primero, arco de placer tensando su cuerpo, chillido agudo que erizó la piel de todos: ¡Me vengo pinche delicia! Su jugo salpicó la boca de Luna. Alejandro sintió el espasmo de Luna apretándolo como vicio, ordeñándolo, y él explotó dentro, chorros calientes llenándola mientras rugía, visión nublada de estrellas. Luna siguió, temblando, coño convulsionando alrededor de su verga aún latiendo.

Colapsaron en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose lento. El aire olía a sexo crudo, semen y fluidos mezclados en sábanas revueltas. Alejandro besó mejillas saladas, brazos envolviendo cinturas suaves. Sofía susurró: —Qué trío de personajes tan cabrón, riendo bajito. Luna acurrucada: —Neta que repetimos, carnal.

Se quedaron así, pieles pegajosas enfriándose, pulsos volviendo a normal. Alejandro miró el techo, sonrisa boba en la cara.

La noche perfecta, con mis dos diosas mexicanas
. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, el mundo era solo ellos tres, un lazo forjado en placer puro.

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