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Bedoyecta Tri 50000 Unidades Despertando el Fuego Interno

7437 palabras

Bedoyecta Tri 50000 Unidades Despertando el Fuego Interno

Estaba hecho pedazos después de una semana de puro desmadre en la oficina de Polanco. El tráfico de la Ciudad de México me tenía hasta la madre y mi cuerpo pedía tregua. Neta que necesitaba algo pa' recargarme las pilas. Caminé hasta la farmacia de la esquina, esa que siempre está atascada de gente buscando remedios rápidos. Ahí estaba ella, la enfermera Lupita, con su bata blanca ajustadita que dejaba ver curvas de infarto.

—Órale, carnal, ¿qué se te ofrece? —me dijo con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente lo que traía en mente.

—Dame una Bedoyecta Tri 50000 unidades, Lupita. Necesito energía pa' la noche que se viene.

Me miró de arriba abajo, guiñándome el ojo. —Uy, güey, con esa dosis vas a volar. Siéntate que te la planto yo misma.

Me subí la manga de la camisa y sentí el pinchazo frío de la aguja en el brazo. El líquido entró ardiente, como un río de fuego recorriendo mis venas. Olía a alcohol y a ese desinfectante que siempre me pone nostálgico de las visitas al doctor de chavo. Lupita me dio una palmadita en el hombro, su mano cálida rozando mi piel. —Listo, pendejo. En media hora vas a sentirte como toro en rodeo. No me falles y cuéntame mañana cómo te fue.

Salí de ahí con el corazón latiendo más fuerte, el pulso acelerándose. Caminé de vuelta a mi depa en la colonia Roma, el sol del atardecer tiñendo las calles de naranja y rosa. El aire olía a tacos de la taquería cercana, mezclado con el perfume de las jacarandas que empezaban a caer. Mi cel sonó: Sofia.

¡Ya llegué a tu casa, amor! Apúrate que no aguanto más sin ti. Traigo ganas de comerte entero.

Mi verga dio un salto solo de leer eso. Habían pasado diez días desde la última vez que nos vimos, ella en un viaje de trabajo a Cancún y yo clavado aquí. La Bedoyecta Tri 50000 unidades ya empezaba a hacer efecto: sentía un calor subiendo desde el estómago, expandiéndose por el pecho, bajando hasta las ingles. Era como si cada célula de mi cuerpo despertara, lista pa' la acción.

Abrí la puerta y ahí estaba Sofia, recargada en el marco, con un vestido rojo ceñido que marcaba sus tetas perfectas y sus caderas anchas. Su pelo negro suelto, oliendo a coco y sal del mar que aún traía en la piel. Me jaló adentro y me plantó un beso que sabía a chicle de menta y deseo puro.

Te extrañé tanto, cabrón —murmuró contra mi boca, sus manos ya metiéndose bajo mi camisa, arañando mi pecho con uñas pintadas de rojo.

La cargué en brazos, sintiendo su peso delicioso contra mi cuerpo. La energía de la inyección me hacía sentir invencible. La llevé al sillón de la sala, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas. Sus piernas se enredaron en mi cintura mientras nos besábamos, lenguas danzando salvajes, saliva mezclándose con gemidos suaves.

Acto uno: la chispa inicial. Nos conocimos hace un año en una fiesta en Condesa, ella bailando salsa como diosa y yo mirándola como pendejo embobado. Desde entonces, éramos fuego puro cada vez que nos veíamos. Pero esta noche, algo era diferente. Mi piel ardía al tacto de la suya, suave como seda, cálida como el sol de mediodía. Le quité el vestido despacio, revelando su lencería negra que contrastaba con su piel morena. Sus pezones ya duros, pidiendo atención.

Qué chula estás, Sofia —le dije, mi voz ronca, mientras besaba su cuello, inhalando su aroma a vainilla y sudor fresco.

Ella rio bajito, un sonido que me erizaba la piel. —Y tú, wey, pareces poseído. ¿Qué te pasa hoy?

Le conté lo de la Bedoyecta Tri 50000 unidades, y sus ojos se iluminaron. —¡No mames! Eso explica por qué traes esa mirada de lobo hambriento.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Mis manos exploraban su cuerpo, apretando sus nalgas firmes, sintiendo cómo se humedecía contra mi pierna. Ella me desabrochó el pantalón, liberando mi verga tiesa como piedra, palpitante. La tocó suave al principio, luego más fuerte, su mano resbalosa de pre-semen.

Nos movimos a la recámara, el colchón king size esperándonos con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Acto dos: la escalada. La puse de rodillas, besando su espalda desde las hombros hasta las nalgas, mordisqueando la carne suave. Ella arqueó la espalda, gimiendo "más, Alejandro, no pares". Mi lengua trazó caminos húmedos por sus muslos, llegando a su coño depilado, hinchado y mojado. Saboreé su néctar salado-dulce, lamiendo despacio, círculos en el clítoris que la hacían temblar.

Esto es el paraíso, pensé. La inyección me daba resistencia infinita, cada roce enviando chispas por mi espina dorsal. Su sabor me volvía loco, mezclado con el mío propio de sudor y excitación.

Sofia se volteó, empujándome sobre la cama. Se montó encima, frotando su entrada contra mi punta. —Te quiero adentro, ya —suplicó, voz entrecortada.

Entré en ella de un solo empujón, ambos gritando de placer. Su interior apretado, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo. Empezamos lento, ritmos sincronizados, piel contra piel chapoteando. El sonido de nuestros cuerpos uniéndose, gemidos subiendo de volumen, el crujir de la cama. Sudor perlando su frente, goteando sobre mi pecho. Aceleramos, ella cabalgándome salvaje, tetas rebotando, uñas clavándose en mis hombros.

La volteé, poniéndola a cuatro patas. Embestí profundo, sintiendo su culo contra mi pubis, el impacto resonando. —¡Qué rico, pinche Toro! —gritó ella, empujando hacia atrás.

La energía de la Bedoyecta era brutal: no sentía cansancio, solo olas de placer construyéndose. Cambiamos posiciones: misionero, cucharita, ella encima otra vez. Cada embestida mandaba pulsos eléctricos, su coño contrayéndose alrededor de mí. Olía a sexo puro, almizcle y fluidos mezclados. Sus besos sabían a sal y pasión, lenguas enredadas mientras la penetraba sin piedad.

No quiero que acabe nunca, rugía en mi mente. Su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta en gemidos continuos, me llevaba al borde.

Acto tres: la liberación. Sentí el orgasmo acercándose como tsunami. —Vente conmigo, amor —le dije, frotando su clítoris con el pulgar.

Explotó primero ella, cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñándome, grito ahogado contra mi cuello. Eso me empujó al abismo: corrí dentro de ella en chorros calientes, interminable, el placer cegador, visión nublada, corazón martilleando como tambor.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. La abracé fuerte, su cabeza en mi pecho, escuchando mi pulso aún acelerado. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. Besé su frente, suave y húmeda.

Gracias por la Bedoyecta, Lupita, pensé riendo por dentro. Sofia levantó la cara, sonriendo pícara. —Esto hay que repetirlo, cabrón. Mañana otra dosis?

Nos quedamos así, enredados, el rumor de la ciudad allá afuera como banda sonora lejana. Mi cuerpo, aún vibrando con la energía residual, se relajaba en una paz total. Ella era mi vicio, mi todo. Y esa noche, la Bedoyecta Tri 50000 unidades había convertido un encuentro normal en leyenda personal.

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