Relatos Salvajes
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Intenta Salvar La Letra De Tu Canción

6445 palabras

Intenta Salvar La Letra De Tu Canción

La noche en la Roma Norte estaba viva, con ese bullicio chido de bares y risas flotando en el aire tibio. Tú, Alex, estabas sentado en la barra del rooftop, con tu guitarra acústica al lado, garabateando en una servilleta arrugada. Yo te vi desde la esquina, con mi chela helada en la mano, y algo en tu mirada perdida me jaló como imán. Eras el tipo que acababa de tocar en el escenario improvisado, esa rola incompleta que todos aplaudimos pero que se cortó de golpe. Qué onda con ese carnal, pensé, mientras me acercaba con mi vestido negro ajustado que dejaba ver justo lo suficiente.

"Órale, güey, ¿qué le pasó a tu canción? Sonaba chingona pero se quedó en el aire", te dije, sentándome a tu lado sin pedir permiso. Tú levantaste la vista, tus ojos cafés intensos clavándose en los míos, y una sonrisa pícara se te escapó.

"Es que no le atino a la letra, neta. Llevo días intentando try to save your song letra, pero se me escapa como arena entre los dedos". Tu voz ronca, con ese acento chilango puro, me erizó la piel. Hablamos un rato, de música, de la ciudad que nunca duerme, y el deseo empezó a cocinarse lento. Tus manos grandes rozaban la mía al pasar la sal para las papas, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos.

Media hora después, ya estábamos en tu depa en la Condesa, un lugar modesto pero con onda: posters de rock en las paredes, velas encendidas que olían a vainilla y jazmín, y tu guitarra esperándonos en el sillón. "Ven, ayúdame con esto", me dijiste, jalándome hacia ti. Nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a tequila y promesas. Tu lengua exploraba la mía, suave al principio, luego hambrienta, mientras tus manos subían por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos temblorosos de anticipación.

Este pendejo me va a volver loca, neta. Su boca sabe a todo lo que he estado extrañando.

Acto uno del deseo: te quité la playera negra, revelando tu pecho moreno, marcado por horas de tocar bajo luces calientes. Lo besé, saboreando el salado de tu piel sudada, inhalando ese aroma masculino que me hacía mojarme ya. Tú gemiste bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "Sigue, carnala, no pares", murmuraste, mientras me cargabas al cuarto. La cama king size nos recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, crujiendo bajo nuestro peso.

En el medio del fuego, la tensión subía como la marea en Acapulco. Tus dedos trazaban mi cuerpo desnudo, desde los pezones endurecidos que pellizcabas suave, haciendo que arqueara la espalda, hasta el calor húmedo entre mis piernas. Qué rico se siente su toque, como si supiera exactamente dónde apretar, pensé, mientras te empujaba contra el colchón. Te monté despacio, frotándome contra tu verga dura que palpitaba bajo el bóxer. El roce era eléctrico, piel contra piel, el sonido de nuestras respiraciones agitadas llenando la habitación.

"Cuéntame de tu canción", te pedí, mordisqueando tu oreja, saboreando el lóbulo suave. Tú, con los ojos entrecerrados, empezaste a recitar pedazos: "try to save your song letra, en un mar de notas perdidas...". Tus palabras se entrecortaban con mis movimientos, yo giraba las caderas lento, sintiendo cómo tu miembro se endurecía más, presionando contra mi clítoris hinchado. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, ese almizcle dulce de excitación que nos envolvía como niebla.

La intensidad crecía. Te volteé boca arriba, besando tu abdomen, bajando hasta liberar tu verga gruesa, venosa, que saltó libre, oliendo a deseo puro. La lamí desde la base, saboreando el precum salado que brotaba, mientras tú agarrabas mis greñas, gimiendo "¡Qué chingón, mami!". Mi lengua jugaba en la cabeza sensible, chupando con succiones rítmicas que te hacían jadear. Pero no te dejé venir aún; subí, posicionándome, y te cabalgue despacio al principio. Sentí cómo me llenabas centímetro a centímetro, estirándome delicioso, el roce interno enviando chispas por mi espina.

No puedo más, este wey me tiene al borde. Su verga es perfecta, golpeando justo ahí.

El ritmo se aceleró. Tú embestías desde abajo, tus manos en mis nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con mis ayes y tus gruñidos. Sudábamos, gotas resbalando por tu pecho, que yo lamía ávida. "Más rápido, Alex, ¡sálvala ya!", te urgí, refiriéndome a la letra, pero también a este momento. Tus ojos se clavaron en los míos, brillando de pasión, y recitaste completo: "try to save your song letra, en tus brazos la encuentro, letra salvada en tu fuego...". Las palabras salían entre jadeos, inspiradas por el vaivén de nuestros cuerpos.

La psicología del momento nos unía más: tú luchando por tu arte, yo por darte placer que te liberara. Pequeñas resoluciones en cada beso, cada roce que borraba dudas. Mi orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre, pulsos acelerados latiendo en mis sienes. Cambiamos posición; me pusiste a cuatro, entrando por atrás con fuerza controlada. Sentí tus bolas golpeando mi clítoris, tus dedos en mi ano juguetón, lubricado por mis jugos. ¡Virgen santa, esto es el paraíso!

El clímax explotó como pirotecnia en el Zócalo. Grité tu nombre, mi coño contrayéndose alrededor de tu verga en espasmos interminables, jugos chorreando por mis muslos. Tú seguiste bombeando, prolongando mi éxtasis, hasta que rugiste, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos juntos, piel pegajosa, corazones tronando como tambores de mariachi.

En el afterglow, el final perfecto, yacíamos enredados, el aroma de sexo y sudor nuestro perfume privado. Tus dedos trazaban círculos perezosos en mi espalda, mientras tarareabas la canción completa, letra salvada por fin. "Gracias, reina. Try to save your song letra... ahora es nuestra". Besaste mi frente, suave, y yo sonreí contra tu pecho.

La luz de la luna colándose por la ventana iluminaba nuestros cuerpos saciados. No había prisas, solo esa conexión profunda, el eco de gemidos aún en el aire quieto. México nos mecía afuera, con su caos hermoso, pero aquí dentro, habíamos creado nuestro propio mundo. Y la letra, neta, estaba a salvo para siempre.

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