Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Prueba La Moneda Del Deseo Prueba La Moneda Del Deseo

Prueba La Moneda Del Deseo

6536 palabras

Prueba La Moneda Del Deseo

El aire de la playa en Puerto Vallarta olía a sal y a coco tostado bajo el sol poniente. Tú estabas ahí, recargado en la barra de un chiringuito playero, con una cerveza fría en la mano, sintiendo la brisa cálida rozar tu piel bronceada. Habías venido de vacaciones solo, buscando desconectar del pinche estrés de la ciudad, y neta que el ambiente te tenía de buenas. De repente, la viste: ella, con un vestido ligero de lino blanco que se pegaba a sus curvas como una promesa, el cabello negro suelto ondeando como olas. Se llamaba Ana, te dijo al sentarse a tu lado, pidiendo un paloma con esa sonrisa que te hacía cosquillas en el estómago.

Órale, güey, ¿vienes mucho por acá? —preguntó, con esa voz ronca que parecía acariciar el aire.

Tú le seguiste la plática, riendo de sus chistes sobre los turistas gringos quemados como lagartijas. La química era chida, de esas que te hacen sentir el pulso acelerado, el calor subiendo por el cuello. Sus ojos cafés te miraban fijo, juguetones, y cuando rozó tu brazo accidentalmente —o no tan accidental—, un escalofrío te recorrió la espina. Hablaron de todo: de la vida en Guadalajara, de antojos de tacos al pastor, de cómo el mar te hace sentir vivo. Pero el deseo flotaba ahí, palpable como la humedad del aire.

Entonces, ella sacó una moneda de su bolsa, brillante bajo las luces de neón del bar. Era una de esas pesetas antiguas, reluciente, con la cara de algún héroe mexicano olvidado.

¿Y si probamos la moneda? —dijo, guiñándote el ojo—. Cara, me invitas a tu cuarto y vemos qué pasa. Cruz, te dejo ir sin remordimientos. ¿Te animas a try moneda?

El corazón te latió fuerte, el sonido de las olas rompiendo en la orilla mezclándose con el ritmo de la música cumbia que sonaba bajito. Neta, ¿por qué no? pensaste. La tensión era deliciosa, como el primer trago de tequila que quema la garganta. Lanzaste la moneda al aire, viéndola girar plateada contra el cielo crepuscular. Cayó en la arena: cara.

La tomaste de la mano, su piel suave y cálida contra la tuya, y caminaron hacia tu hotel, el camino iluminado por antorchas tiki que parpadeaban como estrellas caídas. El deseo crecía con cada paso, el roce de sus caderas contra las tuyas enviando chispas por tu cuerpo.

En el cuarto, la puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. El ventilador giraba perezoso, moviendo el aire cargado de su perfume a jazmín y algo más primitivo, el olor de su piel excitada. Se besaron despacio al principio, labios suaves explorando, lenguas danzando con sabor a tequila y limón. Tus manos bajaron por su espalda, sintiendo la curva de su cintura, el calor irradiando a través del vestido. Ella gimió bajito, un sonido que te endureció al instante.

Prueba la moneda otra vez —susurró contra tu boca, sacándola de nuevo—. Ahora decide cómo me quitas el vestido.

El pulso te martilleaba en las sienes, el aire espeso con anticipación. Lanzaste: cara. Con los dientes, mordisqueaste la tela del hombro, bajándola lento, centímetro a centímetro, revelando la piel dorada, los pezones oscuros endureciéndose al aire fresco. Ella arqueó la espalda, jadeando, sus uñas clavándose en tus hombros con delicioso dolor. Chingón, pensaste, el sabor salado de su piel en tu lengua como un elixir.

La tensión subía como la marea, cada roce más intenso. Tus dedos trazaron su vientre plano, bajando hasta el borde de sus bragas de encaje, húmedas ya de anticipación. Ella te empujó a la cama, el colchón hundiéndose bajo tu peso, y se subió encima, montándote como una diosa azteca. Sacó la moneda una vez más:

—Cara, me tocas hasta que grite. Cruz, yo te chupo hasta que ruegues.

La moneda rodó por la sábana: cruz. Sus labios se cerraron alrededor de ti, calientes y húmedos, la lengua girando en espirales que te hicieron arquear las caderas, gimiendo su nombre. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con el zumbido del ventilador y los latidos de tu corazón. Olía a sexo, a sudor fresco y a su excitación almizclada. Tus manos enredadas en su cabello, guiándola suave, el placer construyéndose como una ola gigante, capa por capa.

Pero no querías acabar aún. La volteaste, piel contra piel, el calor de sus muslos envolviéndote. Try moneda de nuevo, dijiste tú esta vez, con voz ronca. Cara: ella arriba. La penetraste lento, sintiendo su calor apretado, resbaladizo, envolviéndote como terciopelo líquido. Sus caderas se movieron en círculos, gimiendo ¡ay, cabrón! con esa voz que te volvía loco. El slap de carne contra carne, el crujir de la cama, sus pechos rebotando al ritmo —todo era sinfonía erótica.

La tensión escalaba, sus paredes internas contrayéndose alrededor de ti, ordeñándote. Cambiaron posiciones guiados por la moneda: de lado, sus piernas enredadas en las tuyas, el sudor pegando vuestros cuerpos. Sus besos eran fieros ahora, mordidas en el cuello que dejaban marcas rojas. Te sientes tan chingón dentro de mí, jadeó ella, las uñas arañando tu espalda. El olor de su arousal te inundaba, dulce y embriagador, mientras el orgasmo se acercaba como un tren.

Una moneda más: cara, final explosivo. La pusiste contra la pared, levantándola, sus piernas alrededor de tu cintura. Entraste profundo, duro, el ritmo frenético, sus gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. Sentías cada pulso, cada contracción, el clímax golpeándote como rayo: placer blanco, cegador, derramándote dentro de ella mientras ella se rompía a tu alrededor, temblando, mojadísima, sus paredes apretando hasta el último espasmo.

Cayeron en la cama exhaustos, el aire pesado con el olor de sexo y satisfacción. Ella se acurrucó contra tu pecho, la moneda olvidada en la mesita, brillando tenue bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Su respiración se calmó, suave contra tu piel, el corazón latiendo en unisono.

Neta que la try moneda fue lo mejor que me pasó en años —murmuró, besándote el hombro.

Tú sonreíste en la oscuridad, el cuerpo pesado de placer, la mente flotando en afterglow. Mañana probarían de nuevo, quizás en la playa al amanecer. Pero esa noche, el deseo se había consumido en éxtasis puro, dejando solo paz y promesas de más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.