Tríos Abuelos Ardientes
Estaba en la playa de Puerto Vallarta, con el sol quemándome la piel morena y el sonido de las olas rompiendo como un ritmo que me aceleraba el pulso. Tenía treinta y cinco años, soltera después de un divorcio que me dejó con ganas de vivir, de sentirme mujer de nuevo. Llevaba un bikini rojo que apenas contenía mis chichis firmes y mi culo redondo, y el viento salado me erizaba la piel. Ahí los vi: Don Raúl y Don Miguel, dos abuelitos en sus setenta, pero qué chidos, con cuerpos atléticos de tanto nadar, piel bronceada y sonrisas que prometían travesuras. Estaban sentados en una palapa, bebiendo chelas frías, riendo con esa picardía mexicana que no pasa con los años.
Me acerqué por una chela, ¡Órale, carnales, qué buena onda aquí!
les dije, sentándome sin permiso. Don Raúl, con su bigote blanco y ojos verdes, me miró de arriba abajo. Ven niña, siéntate con nosotros, los abuelos solos nos aburrimos
, contestó con voz ronca que me hizo cosquillas en el estómago. Don Miguel, calvo reluciente y barba plateada, agregó: Sí, mija, cuéntanos tu historia, que nos encanta platicar con morras como tú
. Hablamos de todo: del mar, de la vida, de cómo ellos eran viudos pero seguían cachondos como chamacos. Sentí su mirada en mis pezones duros bajo la tela húmeda, y un calor subía por mis muslos. Nunca había pensado en tríos abuelos, pero ahí, con el olor a sal y coco, la idea me mojó la panocha.
La plática fluyó con tequilas que Don Raúl sacó de una hielera. Sus manos callosas rozaban mi brazo al pasar el vaso, y el tacto áspero me erizaba.
¿Qué carajos estoy haciendo? Estos abuelitos me prenden más que cualquier pendejo joven, pensé, mientras Don Miguel contaba anécdotas de sus juventudes en Guadalajara, con guiños que decían queremos cogerte. La tensión crecía: mi respiración pesada, sus risas graves vibrando en mi pecho.
¿Por qué no vienes a nuestra casa, mija? Está aquí cerquita, con alberca y todo, propuso Don Raúl, su aliento a tequila dulce rozando mi oreja. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo. Caminamos por la arena caliente, sus brazos fuertes sosteniéndome, y el sol poniente pintando todo de naranja.
La casa era una chulada: villa con vista al mar, jardín frondoso oliendo a jazmín y buganvilias. Entramos a la sala fresca, con ventiladores zumbando y música de mariachi suave de fondo. Siéntete en tu casa, reina
, dijo Don Miguel, sirviendo más tequila en vasos helados. Nos sentamos en un sofá mullido, yo en medio, sus cuerpos calientes presionando mis costados. Don Raúl me besó primero, labios suaves pero firmes, barba picando delicioso mi piel. Sabía a tequila y experiencia. Mmm, qué rico, gemí bajito. Don Miguel no se quedó atrás; su lengua exploró mi cuello, manos grandes amasando mis chichis por encima del bikini.
La ropa voló: mi bikini al piso, revelando mi cuerpo desnudo, panocha depilada brillando de jugos. Ellos se quitaron camisas, mostrando pechos velludos y panzas suaves pero fuertes. ¡Qué chula estás, morrita!
exclamó Don Raúl, bajando a mamar mi botón con labios expertos. El sonido chupante me volvió loca, su lengua girando mientras Don Miguel me besaba, dedos hurgando mi entrada húmeda.
Esto es un trío abuelos de ensueño, no mames, pensé, arqueándome. Sus vergas saltaron libres: gruesas, venosas, cabezas moradas palpitando. La de Don Raúl curva perfecta, la de Don Miguel recta y gorda. Las tomé, piel caliente y sedosa, oliendo a hombre maduro, ese aroma almizclado que me inunda la nariz.
Me pusieron de rodillas en la alfombra suave. Mamadas, preciosa
, pidió Don Miguel. Chupé primero la suya, salada y salivosa, garganta profunda mientras Don Raúl me metía dedos, chapoteando en mis jugos. El sabor era intenso, venas pulsando en mi lengua. Cambié a la de Don Raúl, mamándola con hambre, bolas peludas rozando mi mentón. Ellos gemían ronco: ¡Ay, cabrona, qué buena mamadora!
Sus manos en mi pelo, guiándome suave. Luego me alzaron a la mesa de centro, piernas abiertas. Don Raúl se hundió primero, verga abriéndome lenta, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! grité, paredes vaginales apretándolo. El roce era fuego, cada embestida chapoteando jugos, olor a sexo llenando el aire.
Don Miguel se acercó, verga en mi boca, follándome la garganta mientras Don Raúl me taladraba. Sincronizados, como viejos compadres. Sudor corría por sus cuerpos, goteando en mis tetas, salado en mi piel. Gemidos míos ahogados, sus gruñidos graves: ¡Te vamos a romper la concha, reina!
Cambiaron: Don Miguel adentro, más grueso, estirándome delicioso, pellizcando mi clítoris hinchado. Don Raúl en mi culo, lubricado con saliva y jugos, entrando poquito a poco. Doble penetración con tríos abuelos, ¡órale! Sentí plenitud, vergas frotándose separadas por membrana delgada, pulsos sincronizados acelerando mi corazón.
La intensidad subió: folladas duras, mesa crujiendo, olas lejanas rugiendo como eco. Mis uñas clavadas en sus espaldas velludas, piel salada bajo mi lengua. ¡Córrete, putita rica!
mandó Don Raúl, frotando mi botón. Explosión: orgasmos me sacudieron, panocha contrayéndose ordeñando sus vergas, chorros calientes mojando todo. Ellos rugieron, semen espeso llenándome, goteando por muslos. Colapsamos en el sofá, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes. El aire olía a semen, sudor y jazmín, pieles pegajosas reluciendo.
Después, tequilas tranquilos, caricias suaves. Ven cuando quieras, mija, los abuelos te esperamos para más tríos
, dijo Don Miguel, besándome la frente. Don Raúl asintió: Eres fuego puro
. Me vestí con piernas temblorosas, mar picado afuera testigo de mi despertar. Caminé a mi hotel, arena fresca bajo pies, viento secando jugos resecos.
Los tríos abuelos me cambiaron, ahora sé que el placer no tiene edad. Sonreí, sabiendo volvería por más.