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Trio Ardiente con Mamá y Hija

6251 palabras

Trio Ardiente con Mamá y Hija

Todo empezó en esa casa en Polanco, con sus paredes blancas y el jardín lleno de bugambilias rojas que olían a tierra mojada después de la lluvia. Yo, Alex, había ido a visitar a mi carnala Laura, una morra de veinticinco años con curvas que volvían loco a cualquiera. Su mamá, Doña Carmen, era una diosa de cuarenta y cinco, con ese porte de reina que te hace babear sin disimulo. Neta, las dos eran fuego puro, y yo siempre había fantaseado con algo más que pláticas de café.

Órale, Alex, pasa, wey —me dijo Laura abriendo la puerta, con un shortinho que apenas cubría sus nalgas redondas y una blusa escotada que dejaba ver el valle de sus tetas firmes. Su piel morena brillaba bajo el sol de la tarde, y olía a vainilla y sudor fresco, ese aroma que te pone la verga dura al instante.

Adentro, Doña Carmen estaba en la cocina, removiendo un mole que llenaba la casa con especias picantes: chile, chocolate, canela. Llevaba un vestido floreado pegado al cuerpo, marcando sus caderas anchas y sus pechos generosos que se movían con cada paso. Me miró con ojos cafés profundos, como si ya supiera lo que pasaba por mi mente.

¿Qué pedo con este pendejo? Siempre mirándome las chichis como si fueran suyas. Pero qué rico se ve, con esos brazos fuertes y esa sonrisa de diablo.

Nos sentamos en la sala, con cervezas frías que chorreaban condensación. La plática fluía fácil: de la chamba, de fiestas en la Condesa, de lo caro que está todo en la CDMX. Pero el aire se cargaba de tensión. Laura se recargaba en mi hombro, su muslo rozando el mío, cálido y suave como seda. Doña Carmen cruzaba las piernas, dejando que el vestido subiera un poco, mostrando piel tersa y bronceada.

A ver, Alex, ¿tú no tienes novia? —preguntó Carmen con voz ronca, lamiéndose los labios después de un trago de chela.

—Neta, no. Ando libre como el viento —respondí, sintiendo mi pulso acelerarse. Laura rio, su mano bajando casualmente a mi rodilla.

La noche cayó rápido. Pusimos música de cumbia rebajada, esa que te hace mover las caderas sin querer. Bailamos los tres, cuerpos pegándose en el calor del momento. Sentí las tetas de Laura aplastándose contra mi pecho, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a tequila y deseo. Carmen se unió, su culo rozando mi entrepierna, dura como piedra ya.

Esto no puede estar pasando, pensé, mientras mis manos exploraban espaldas suaves, cinturas estrechas. Pero sí estaba pasando, y qué chido.

En el segundo acto, la cosa escaló como volcán en erupción. Laura me jaló al sofá, sentándose en mis piernas a horcajadas. Sus labios carnosos se pegaron a los míos, lengua juguetona saboreando a sal y menta. Gemí bajito cuando sus caderas se frotaron contra mi verga hinchada, el roce enviando chispas por mi espina.

Mamá, ven pa'cá —susurró Laura, sin soltarme. Carmen se acercó, arrodillándose frente a nosotros. Sus manos expertas desabrocharon mi jeans, liberando mi miembro palpitante. El aire fresco lo golpeó, pero su aliento caliente lo envolvió al instante.

Qué rica verga tienes, mijo —dijo Carmen, con esa voz de madurita que sabe lo que quiere. Su lengua lamió la punta, saboreando la gota perlada, mientras Laura me besaba el cuello, mordisqueando suave.

El olor a sexo empezó a llenar la sala: musk almizclado, jugos dulces de excitación. Mis dedos se hundieron en el cabello negro de Carmen, guiándola mientras chupaba con maestría, garganta profunda que me hacía ver estrellas. Laura se quitó la blusa, sus tetas saltando libres, pezones duros como piedras. Los mamé con hambre, sintiendo su leche tibia en la lengua, su gemido ronco vibrando en mi pecho.

¡Ay, Dios! Este wey nos va a volver locas. La neta, siempre quise esto con mi hija, compartir un trío con la mamá y la hija, puro vicio consentido.

Nos movimos al cuarto de Carmen, cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Desnudamos todo: piel contra piel, sudores mezclándose. Laura se tendió, abriendo las piernas, su panocha depilada brillando húmeda. La lamí despacio, saboreando su miel salada, clítoris hinchado pulsando bajo mi lengua. Gritó, uñas clavándose en mi espalda.

Carmen montó mi cara, su coño maduro jugoso, con vellos recortados que rozaban mi nariz. Olía a mujer experimentada, intenso y adictivo. La chupé mientras ella se mecía, tetas rebotando, manos en sus propios pezones tirando.

¡Sí, cabrón, así! —gritaba Laura, mientras metía mi verga en su boca, succionando con fuerza.

El ritmo subió. La puse a Laura en cuatro, embistiéndola desde atrás, su culo perfecto recibiendo cada estocada con palmadas que sonaban como aplausos. Carmen debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mis bolas, en el clítoris de su hija. Gemidos everywhere: altos, bajos, sincronizados como sinfonía erótica.

Cambié a Carmen, su coño más amplio, acogedor, tragándome entero. Laura nos besaba, dedos en mi culo estimulando próstata. Sudor chorreaba, sábanas empapadas, aire espeso de jadeos y carne chocando.

Esto es el paraíso, wey. Mamá e hija follándome como diosas.

La tensión creció hasta el límite. Sentí el orgasmo bullendo, bolas apretadas. Laura se corrió primero, convulsionando, chorro caliente mojando mis muslos. Carmen la siguió, paredes vaginales ordeñándome. No aguanté: grité, descargando chorros espesos dentro de Carmen, mientras Laura lamía el exceso.

En el afterglow, nos tendimos exhaustos, cuerpos entrelazados. El cuarto olía a sexo consumado, pieles pegajosas enfriándose. Besos suaves, caricias perezosas.

Qué chingón estuvo ese trío con la mamá y la hija —dijo Laura, riendo bajito, cabeza en mi pecho.

Carmen me besó la frente. —Vuelve cuando quieras, mi amor. Esto apenas empieza.

Me fui al amanecer, piernas temblando, sonrisa de oreja a oreja. En la calle, el sol naciente pintaba todo de oro, y yo sabía que esa noche había cambiado todo. Puro vicio mexicano, consentido y ardiente, grabado en mi alma para siempre.

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