La Pasión del Tri Medicamento
Era una tarde calurosa en la colonia Roma de la Ciudad de México, de esas donde el sol te pega en la cara como un beso ardiente y el aire huele a tacos al pastor y jazmines. Yo, Ana, acababa de salir del gym, sudada y con el cuerpo pidiendo a gritos un poco de atención. Llevaba semanas sin un buen revolcón, neta, el trabajo me tenía hasta la madre. Caminaba por la avenida Álvaro Obregón cuando vi el letrero luminoso de la farmacia de la esquina, una de esas chidas con productos importados y rarezas que te hacen ojitos.
Entré, el aire acondicionado me dio un respiro fresco, y mis ojos se clavaron en el mostrador. Ahí estaba Tri Medicamento, un frasco elegante de aceite para masajes con fórmula triple: uno para calentar la piel, otro para relajar los músculos y el tercero para despertar los sentidos. La caja prometía noches inolvidables, con esencias de vainilla mexicana y canela, puro fuego líquido. El dependiente, un morro alto y guapo con sonrisa de galán de telenovela, me vio interesada.
—Órale, morra, ¿buscas algo especial? Ese Tri Medicamento es lo máximo para consentirte o consentir a tu pareja. Te juro que enciende todo sin esfuerzo.
Me sonrojé un poco, pero le seguí la corriente. Se llamaba Javier, olía a colonia barata pero rica, y platicamos como si nos conociéramos de toda la vida. Me contó que lo usaba con su novia y que era como magia. Salí con el frasco en la bolsa, el corazón latiéndome fuerte, imaginando ya la noche que se venía.
Llegué a mi depa en la Condesa, un lugarcito coqueto con balcón y vista al Parque México. Me di un regaderazo rápido, el agua caliente resbalando por mis curvas, despertando cosquillas en lugares que hacía tiempo no visitaba. Me puse un baby doll negro de encaje, suave contra la piel, y esperé a Marco, mi ex que ahora era mi amiguito con derechos. Lo llamé: "Ven wey, tengo sorpresa pa' ti."
Marco llegó en menos de media hora, con esa mirada pícara y el cuerpo atlético de quien juega fut en las tardes. Cerré la puerta y lo besé de volada, sus labios sabían a chicle de menta y cerveza light. Nos fuimos al sofá, las manos explorando, pero yo tenía el plan perfecto.
Acto primero: la chispa. Le enseñé el frasco.
—¿Qué pedo con esto, Ana? ¿Tri qué?—Tri Medicamento, pendejo. Es para masajearte como se debe. Túmbate.
Se quitó la playera, revelando ese pecho moreno y firme que tanto me gustaba. Vertí unas gotas en mis palmas, el aroma a vainilla y canela invadió la habitación, dulce y embriagador, como un postre prohibido. Empecé por sus hombros, el aceite se calentaba al contacto con la piel, suave como seda mojada. Sus músculos se relajaban bajo mis dedos, gimiendo bajito, un sonido ronco que me erizaba la piel.
El calor subía, mis pezones se ponían duros contra la tela del baby doll. Olía su sudor mezclado con el aceite, puro macho listo para la acción. Mis manos bajaron por su espalda, rozando el borde de sus calzones, sintiendo cómo se ponía tieso. Neta, qué rico se siente esto, pensé, el pulso acelerado, la boca seca de anticipación.
Él se volteó, ojos brillantes de deseo.
—Ya valió, ahora me toca a mí, reina.Me recostó en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda desnuda. El Tri Medicamento en sus manos grandes, frotándolo en mis pechos. El primer toque fue eléctrico: el aceite calentito haciendo que mi piel ardiera de placer, pezones sensibles como nunca. Gemí, arqueándome, el sonido de mi voz rebotando en las paredes. Su boca siguió el camino, lamiendo el aceite, sabor dulce y especiado en su lengua.
La tensión crecía despacio, deliciosa. Sus dedos bajaron por mi vientre, dibujando círculos en mi ombligo, luego más abajo, rozando el calor húmedo entre mis piernas. Yo jadeaba, el aire cargado de nuestro olor a excitación, piel contra piel resbalosa por el aceite. Qué chingón es esto, el Tri Medicamento nos está volviendo locos, se me cruzó por la mente mientras lo jalaba hacia mí.
Nos besamos profundo, lenguas enredadas, saboreando el uno al otro con ese toque vainilloso. Sus caderas contra las mías, sintiendo su verga dura presionando, lista. Pero no prisa, la segunda fase del aceite relajaba todo, haciendo que cada caricia fuera eterna, sinuosas. Le mordí el cuello, oliendo su piel salada, mientras mis uñas arañaban su espalda suavemente.
El medio del fuego: la subida imparable. Me abrió las piernas con ternura, sus ojos en los míos pidiendo permiso. Sí, cabrón, ya. Entró despacio, el aceite facilitando todo, resbaloso y caliente. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, un gemido largo escapando de mi garganta. El ritmo empezó lento, sus embestidas profundas, el sonido de carne contra carne, húmedo y obsceno, mezclándose con nuestros jadeos.
El tercer efecto del Tri Medicamento despertó lo animal: aceleramos, yo clavando las talones en su culo, él gruñendo "¡Qué chingona estás, Ana!". Sudor goteando, mezclándose con el aceite, el cuarto oliendo a sexo puro, vainilla y pasión. Mis paredes lo apretaban, olas de placer subiendo desde el fondo, el corazón retumbando en los oídos. Internalmente rogaba
¡Más, no pares, fóllame hasta que explote!
La intensidad psicológica era brutal: recordaba nuestras peleas pasadas, pero esto nos unía de nuevo, puro instinto. Él me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, penetrando más hondo. El espejo del clóset reflejaba la escena: mi melena revuelta, tetas balanceándose, su cara de éxtasis. Toqué mi clítoris, resbaloso por el aceite, círculos rápidos, el orgasmo acercándose como tormenta.
Explotamos juntos. El mío primero, un grito ahogado, cuerpo temblando, jugos calientes corriendo por mis muslos. Él se vació dentro, rugiendo mi nombre, pulsos calientes llenándome. Colapsamos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas, el aroma envolviéndonos como niebla sensual.
El afterglow fue perfecto. Acariciándonos perezosos, besos suaves, risas tontas.
—Neta, Ana, ese Tri Medicamento es lo mejor que has comprado. ¿Repetimos?Sonreí, saboreando el sudor salado de su pecho. Sí, wey, todas las noches. Nos quedamos así, enredados, con la ciudad zumbando afuera, pero nuestro mundo en calma, satisfecho, con el frasco en la mesita prometiendo más aventuras. La pasión no se acababa; solo empezaba.