Palabras Que Llevan Tra Tre Tri Tro Tru
La noche en la Condesa estaba viva con ese bullicio chido de la ciudad que nunca duerme. Las luces de neón se colaban por las cortinas de mi depa, pintando rayas rosadas en la pared. Marco y yo acabábamos de llegar de cenar tacos de carnitas en el mercado, con unas chelas bien frías que nos habían puesto de buenas. Él, con esa sonrisa pícara que me derretía, se recargaba en el sillón, su camisa ajustada marcando los músculos de su pecho. Yo, Carla, me sentía juguetona, con el mezcal todavía quemándome la garganta y un calorcillo subiendo por mis muslos.
Órale, carnal, vamos a jugar algo para calentar la noche, le dije, sentándome a horcajadas sobre sus piernas. Sus manos grandes se posaron en mis caderas, apretando justo lo suficiente para hacerme suspirar. El olor de su colonia mezclada con el sudor ligero de la caminata me envolvió, como un abrazo olfativo que me ponía la piel chinita.
—¿Qué traes en mente, mija?, me contestó con voz ronca, sus ojos clavados en mis labios.
Le expliqué el juego que se me acababa de ocurrir, inspirada en un trabalenguas que oí de chava.
Dime palabras que lleven tra tre tri tro tru, le retoqué con un guiño. Las reglas eran simples: cada quien dice una palabra por sílaba, empezando por tra, luego tre y así. Quien se atora o repite, se quita una prenda. El perdedor hace lo que el ganador mande. Sus ojos se iluminaron, y sentí su verga endureciéndose bajo mis nalgas. Neta, esto va a estar cabrón.
Empezamos con tra. Yo tiré primero: tragar. Él soltó una carcajada grave, ese sonido que vibra en el pecho y te eriza los vellos. —Tragar, ¿eh? Como tragar mi verga entera después —dijo, y me jaló para un beso rápido, sus labios ásperos saboreando a sal y mezcal. Mi lengua rozó la suya, un chispazo eléctrico que me mojó la panocha al instante.
Pasamos a tre. —Temblar —susurró él, mientras sus dedos trepaban por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. Mi piel se erizó bajo su toque, como si cada poro gritara por más. Yo contesté trepar, imaginando trepar sobre él como un gato en celo. Nos reíamos, pero la tensión crecía; el aire se cargaba de ese aroma almizclado de deseo, mezclado con el perfume de jazmín de mi cuarto.
Tri fue cuando la cosa se puso seria. —Trinar —dije yo, pensando en pájaros, pero él contraatacó con trincheras, susurrando que cavaría trincheras en mi cuerpo con su lengua. Se equivocó en la pronunciación, o eso alegué yo entre risas, y se quitó la camisa. Dios, su torso moreno, marcado por horas en el gym, brillaba bajo la luz tenue. Lo toqué, mis uñas arañando suave su piel salada, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo mi palma.
—Tu turno, pendejo —le dije juguetona, mordiéndome el labio. Tro: él dijo trozo, un trozo de mí para devorar. Yo, trotar, galopando sobre su verga como en un rodeo salvaje. El calor entre mis piernas era insoportable; me restregaba contra él, sintiendo su dureza presionando mi entrepierna a través de la tela delgada de mi falda.
Tru lo remató. —Trueno —gruñó él, como el trueno de su corrida dentro de mí. Se atascó en la siguiente, y yo gané. Desnuda ya salvo por las panties, lo mandé a arrodillarse. Sus manos subieron por mis muslos, el roce áspero de sus callos enviando ondas de placer directo a mi clítoris.
Qué chingón se siente su aliento caliente ahí abajo.
El juego se olvidó en ese momento. Su boca cubrió mi panocha sobre la tela húmeda, lamiendo con hambre. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes como un eco sucio. El sabor de mi propia excitación se filtraba, salado y dulce, mientras él jalaba las panties a un lado y metía la lengua profunda. Su lengua traga mi jugo como si fuera el mejor mezcal. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda, el rasguño delicioso avivando el fuego.
Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. Mi boca atacó su pecho, lamiendo el sudor salado, bajando hasta su pantalón. Desabroché el zipper con dientes, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre puro, a deseo crudo. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. —Tragar —repetí, y la chupé hasta el fondo, mi garganta acomodándose a su tamaño. Él jadeaba, ¡carajo, Carla!, sus manos enredadas en mi pelo, guiándome sin forzar.
Nos movimos al colchón, el crujido de las sábanas frescas contrastando con nuestra piel ardiente. Él encima, besando cada centímetro: cuello, tetas, ombligo. Sus dientes mordisqueaban mis pezones erectos, enviando descargas al útero. TiemBlo de placer, neta. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, el llenado completo que me hacía arquear la espalda.
Empezamos lento, un trote sensual, sus embestidas profundas haciendo que mis jugos chorrearan. El sonido húmedo de piel contra piel, slap-slap, se mezclaba con nuestros gemidos. —Más fuerte, Marco, ¡tritura mi panocha! —le supliqué, usando tri en mi cabeza. Aceleró, un galope salvaje, sus bolas golpeando mi culo. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire, espeso y adictivo. Mis uñas clavadas en su espalda, dejando marcas rojas como trofeos.
El clímax se acercaba como un trueno. Cambiamos: yo encima, cabalgando, mis tetas botando con cada bajada. Sus manos amasaban mi culo, un dedo rozando mi ano, prometiendo más.
Triple placer, coño, qué rico. Sentí la ola crecer, mi clítoris frotándose contra su pubis, pulsos acelerados uniéndose. —¡Ven, trueno conmigo! —grité, y explotamos. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándola, mientras él llenaba mi interior con chorros calientes, gruñendo como bestia.
Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mezclándose con mi sudor. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida. Besos suaves, lenguas perezosas. —Ese juego de palabras que llevan tra tre tri tro tru fue lo máximo, mija —murmuró, acariciando mi pelo.
Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón volver a normal. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, el mundo era nuestro. Quién sabe qué otros juegos inventaremos, pero este trueno quedará grabado. La noche se extendía, prometiendo más rondas, más palabras, más placer infinito.