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Canciones del Trio Los Panchos Despertando Nuestro Trío

6177 palabras

Canciones del Trio Los Panchos Despertando Nuestro Trío

La noche caía suave sobre el departamento en Polanco, con esa brisa tibia que entra por la ventana entreabierta y trae el aroma de jacarandas del parque de enfrente. Yo, Ana, estaba recargada en el hombro de Carlos, mi carnal desde hace dos años, mientras Luisa, nuestra amiga de la uni, revolvía la playlist en el Spotify. Órale, neta que esta rola me pone romántica, dijo ella con esa risa coqueta que siempre me hace cosquillas en el estómago. Pusimos canciones del Trio Los Panchos, esas boleros que mi abuelita ponía para conquistar a mi abuelo. "Rayito de Luna" empezó a sonar, la guitarra suave y las voces como terciopelo envolviéndonos.

El vino tinto fluía en las copas, un cabernet mexicano que sabía a tierra fértil y sol. Carlos me apretó la cintura, su mano grande y callosa rozando mi piel bajo la blusa suelta. Luisa se paró, meneando las caderas al ritmo, su falda corta subiendo un poquito, mostrando esas piernas bronceadas de tanto gym.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? ¿Es el vino o la forma en que Luisa nos mira, como si quisiera comernos enteros?
Yo sentía el calor subiendo por mi cuello, el pulso latiendo en mis sienes mientras la voz de los Panchos cantaba de amores imposibles.

—Vengan, bailen conmigo, pendejos —dijo Luisa, extendiendo las manos. Carlos se levantó primero, ese galán alto con barba de tres días que me hace babear. La tomó de la cintura y empezaron a moverse lentos, pegaditos. Yo los vi desde el sofá, el roce de sus cuerpos, el sudor empezando a perlar la frente de ella. Cuando "Contigo" sonó, me uní. Carlos me jaló hacia ellos, y de pronto éramos tres en un abrazo torpe pero caliente, riendo y tropezando al compás.

La segunda copa de vino me soltó la lengua. —Neta, estas canciones del Trio Los Panchos siempre me ponen cachonda —confesé, y Luisa soltó una carcajada, sus ojos brillando. —¡Pos a mí también, wey! Recuerdan esa vez en la playa que casi nos vamos al carajo los tres? —Carlos se sonrojó pero sonrió pícaro, su mano bajando por mi espalda hasta mi nalga, apretando suave. El aire se cargó de electricidad, el olor a su colonia mezclándose con el perfume floral de Luisa y mi loción de vainilla.

Siento su aliento en mi oreja, caliente, y el roce de la falda de Luisa contra mi muslo. ¿Quiero esto? ¡Chin!, claro que sí. Ha sido un chiste entre nosotros por meses, pero esta noche las canciones lo hacen real.
Nos sentamos en el piso, alfombra persa suave bajo las nalgas, y "Quizás, Quizás, Quizás" nos envolvió. Luisa se acercó gateando, besó a Carlos primero, un beso jugoso que sonó como beso de película. Yo observé, el corazón en la garganta, mi chichi endureciéndose bajo el bra. Luego ella se giró a mí, sus labios carnosos rozando los míos, sabor a vino y menta. Suave, explorando, y de pronto su lengua danzando con la mía.

Carlos nos miró con ojos de lobo hambriento. —Son unas chulas —murmuró, quitándose la camisa. Su pecho ancho, velludo justo como me gusta, brillando bajo la luz tenue de las velas. Luisa y yo nos desvestimos mutuo, risas nerviosas rompiendo la tensión. Mi piel erizada al aire fresco, pezones tiesos pidiendo atención. Ella era curvas perfectas, tetas firmes y un tatuaje de rosa en la cadera. Carlos se acercó, besando mi cuello mientras Luisa lamía mi clavícula, manos por todos lados: suaves, ásperas, ansiosas.

La música seguía, "Siboney" ahora, con ese ritmo que acelera la sangre. Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías al principio pero calentándose rápido. Carlos entre nosotras, su verga ya dura presionando mi muslo, gruesa y venosa, oliendo a hombre limpio.

Quiero saborearla, sentirla en mi boca mientras Luisa me come viva.
Luisa se puso encima de mí, 69 perfecto, su concha depilada rozando mi nariz, jugosa y salada. La lamí despacio, lengua plana saboreando su néctar dulce, mientras ella gemía contra mi panocha, chupando mi clítoris como diosa.

Carlos nos untó lubricante, ese olor a fresas que me excita. Entró en Luisa primero, despacio, ella arqueando la espalda y gritando ¡Ay, cabrón, qué rico!. Yo veía todo, el slick de sus cuerpos uniéndose, el slap slap de piel contra piel. Luego se movió a mí, su punta abriéndose paso, llenándome hasta el fondo. ¡Puta madre, qué estirada tan buena! Nos turnábamos, él embistiendo fuerte pero cariñoso, nosotras lamiéndonos los pechos, mordisqueando pezones.

La tensión subía como marea, el cuarto lleno de jadeos, el perfume almizclado del sexo mezclándose con el humo de las velas. "Solamente una vez" sonaba de fondo, irónico y perfecto. Luisa se sentó en mi cara, moliendo mientras Carlos me cogía de lado, su mano en mi clítoris frotando círculos. Sentí el orgasmo venir, un tren de placer: músculos tensos, visión borrosa, grito ahogado contra la carne de ella. Luisa se vino después, temblando, chorro caliente en mi boca. Carlos gruñó, sacándola para pintarnos las tetas con su leche espesa, caliente, oliendo a almizcle puro.

Nos quedamos jadeando, enredados, sudor pegajoso y sonrisas bobas. La canción cambió a "Bésame Mucho", y Carlos tarareó bajito mientras nos besaba a las dos.

No hay culpa, solo paz. Esto fue nuestro, consensual, puro fuego compartido.
Luisa se acurrucó en mi lado izquierdo, Carlos en el derecho, manos entrelazadas. El aroma de sexo flotaba, mezclado con el vino derramado en la mesita.

Al amanecer, con "Ay amor" de los Panchos despidiéndonos, nos duchamos juntos, jabón resbaloso en curvas y músculos, risas y besos suaves. No hubo promesas locas, solo un qué chido estuvo y un pacto de repetir. Salimos a la terraza, café humeante y croissants, el sol besando nuestra piel marcada por la noche. Luisa se fue con un guiño, Carlos y yo nos miramos, cómplices. Las canciones del Trio Los Panchos habían despertado algo eterno en nosotros tres.

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