Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Ortho Tri Cyclen Pasión Desenfrenada Ortho Tri Cyclen Pasión Desenfrenada

Ortho Tri Cyclen Pasión Desenfrenada

6492 palabras

Ortho Tri Cyclen Pasión Desenfrenada

En el corazón de la Condesa, donde las luces de neón bailan con el aroma de tacos al pastor y el bullicio de la noche mexicana, Ana se miró en el espejo de su departamento chido. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los weyes, y cada mañana, con un sorbo de café negro, se tragaba su pastillita de Ortho Tri Cyclen. Era su secreto, su libertad. Le permitía soltarse sin miedos, sin preocupaciones de mamás o bebés sorpresa. Hoy, el viernes, se sentía cañona, lista para la acción.

Se puso un vestido negro ajustado que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, tacones altos que resonaban como promesas en el piso de madera. Salió al bar de la esquina, El Jaguar, lleno de risas, chelas frías y reggaetón suave. Ahí lo vio: Diego, moreno alto, con ojos que prometían travesuras y una sonrisa pícara. Estaba con unos cuates, pero sus ojos se clavaron en ella como si ya la estuviera desnudando.

Órale, este pendejo está bueno, pensó Ana. Con el Ortho Tri Cyclen en mi sistema, puedo comérmelo entero sin dramas.

Se acercó a la barra, pidió un michelada helada, el limón picante explotando en su lengua. Diego no tardó en llegar, con un "Qué onda, preciosa, ¿vienes a calentar la noche?". Su voz grave le erizó la piel, un cosquilleo que bajaba directo a su entrepierna. Charlaron de tonterías: el tráfico infernal de Reforma, los chismes de la tele, pero el aire entre ellos crujía de tensión. Sus manos rozaron al pasar la sal, y Ana sintió el calor de sus dedos, ásperos de quien trabaja con las manos, quizás mecánico o algo así.

Una hora después, bailaban pegaditos. El sudor de sus cuerpos se mezclaba con el olor a tequila y perfume barato. Sus caderas chocaban al ritmo del perreo, su verga dura presionando contra su panocha ya húmeda. "Estás rica, carnala", le susurró al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y deseo. Ana rio, juguetona: "Ándale, no seas fresco, pero sí, llévame a tu casa o a la mía, que ya me tienes mojadita".

Terminaron en su depa, la puerta cerrándose con un clic que sonó como el inicio de la fiesta. Acto uno cerrado, la chispa encendida. Ahora, el medio tiempo de la escalada.

Ana lo jaló al sofá de terciopelo rojo, besándolo con hambre. Sus labios carnosos sabían a sal y limón, su lengua explorando la de ella como un invasor experto. Le quitó el vestido despacio, deslizando la tela por sus hombros, revelando sus tetas perfectas, pezones duros como piedras de obsidiana. Diego jadeó: "Chingao, qué chichis tan sabrosos". Los besó, chupó, mordisqueó suave, enviando ondas de placer que le mojaban las bragas de encaje.

Ella le arrancó la camisa, oliendo su piel morena, ese aroma masculino a jabón y sudor fresco. Sus manos bajaron a su pantalón, sintiendo la verga tiesa, gruesa, latiendo bajo la tela.

Con el Ortho Tri Cyclen, no hay broncas, solo puro gozo, se dijo, el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano.
Lo masturbó despacio, él gimiendo ronco, "Me vas a matar, mamacita".

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Diego le bajó las bragas, exponiendo su concha rosada, hinchada de ganas. La olió primero, ese musk dulce de hembra en celo, y la lamió despacio, lengua plana recorriendo desde el ano hasta el clítoris. Ana arqueó la espalda, gimiendo alto: "¡Ay, cabrón, qué rico! No pares". El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con sus suspiros y el tráfico lejano de Insurgentes.

La tensión subía como volcán, Popocatépetl en erupción. Ella lo volteó, montándose en su cara, restregando su panocha contra su boca barbuda. Él la devoraba, dedos metiéndose adentro, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. Ana se tocaba las tetas, pellizcando pezones, el placer acumulándose en su vientre como tormenta. "Te voy a venirme en la jeta, wey", gritó, y explotó, jugos calientes salpicando su barbilla, cuerpo convulsionando en olas interminables.

Pero no pararon. Diego la puso a cuatro patas, admirando su culo perfecto, nalguitas firmes. Le escupió en la verga, lubricándola, y la penetró de un empujón lento. Ana sintió el estiramiento delicioso, su grosor llenándola hasta el fondo. "¡Sí, así, métemela toda!", rogó. Él bombardeaba, pelvis chocando contra sus nalgas con palmadas sonoras, piel contra piel sudada. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, sudor, fluidos, pasión mexicana pura.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como jinete en charro, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho velludo. Diego la agarraba de las caderas, guiándola, gruñendo: "Estás apretada, chingona, me aprietas la verga como nadie". Sus miradas se clavaban, almas conectando en el vaivén. Ana sentía cada vena de su pija pulsando dentro, rozando sus paredes sensibles, el orgasmo construyéndose de nuevo, más grande.

Acto dos culminando en picos de intensidad. Sudor goteaba de su frente al pecho de él, salado en su lengua cuando lo lamió. Gemidos se volvían gritos: "¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!". Él aceleró, bolas golpeando su clítoris, hasta que Ana se vino otra vez, concha contrayéndose como puño, ordeñándolo.

Diego no aguantó más. La volteó boca arriba, piernas sobre sus hombros, penetrándola profundo, besándola feroz. "Me vengo, reina", avisó, y eyaculó adentro, chorros calientes inundándola, seguros por el Ortho Tri Cyclen. El placer los unió en un espasmo compartido, cuerpos temblando, alientos entrecortados.

Acto final, el afterglow. Se derrumbaron abrazados, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. El cuarto olía a sexo satisfecho, sábanas revueltas como campo de batalla ganado. Diego le acariciaba el pelo húmedo, besándole la frente. "Eres increíble, Ana. ¿Qué magia traes?". Ella sonrió pícara: "Sólo mi secretito diario, Ortho Tri Cyclen, me deja volar libre".

Se quedaron así, charlando bajito de sueños, de tacos en la Sanborns del domingo, de volver a verse. Ana sintió una paz profunda, empoderada, mujer dueña de su cuerpo. El deseo inicial resuelto en conexión real, con promesa de más noches desenfrenadas. Afuera, la ciudad dormía, pero en su cama, la pasión ardía eterna.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.