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El Placer Prohibido de la Crema Tri Tri

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El Placer Prohibido de la Crema Tri Tri

Estaba en las playas de Playa del Carmen, con el sol besando mi piel morena y el mar Caribe susurrando promesas calientes. Yo, Ana, de veintiocho años, curvas que volvían locos a los weyes en la oficina de la Ciudad de México, había venido de vacaciones con Marco, mi novio de treinta, un tipo alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me derretía. Habíamos rentado una suite en un resort chido, con balcón al mar y jacuzzi privado. Pero lo que no esperaba era toparme con la crema Tri Tri.

En un tiendita de artesanías cerca de la Quinta Avenida, una señora maya con ojos sabios me mostró un frasco de vidrio esmerilado. "Crema Tri Tri, mija", me dijo con voz ronca, "hecha con coco fresco, vainilla de Yucatán y un secretito de la selva que despierta los sentidos. Úntala y siente cómo tu cuerpo canta". Olía a paraíso: dulce, cremoso, con un toque exótico que me hizo mojarme las bragas al instante. Neta, ¿quién resiste? La compré sin pensarlo dos veces, imaginando las manos de Marco deslizándose por mi cuerpo.

Volvimos al hotel al atardecer. El cielo se teñía de naranja y rosa, y el aire traía sal y flores tropicales. Marco se tiró en la cama king size, sudado del sol, con su short de baño marcando el bulto que tanto me gustaba. "Órale, nena, ¿qué traes ahí?", preguntó, curioso, mientras yo sacaba el frasco. Le conté, juguetona, y sus ojos se iluminaron como si le hubiera prometido el cielo.

¿Y si esta crema nos lleva a otro nivel? Me muero por sentir sus dedos untándome, por ver su cara cuando pruebe mi piel así de suave y ardiente.

Empecé el ritual. Me quité el bikini, quedando en pelotas frente al espejo del balcón. Mi piel brillaba con el sudor del día, pechos firmes, culo redondo. Destapé la crema Tri Tri y el aroma me invadió: vainilla cremosa mezclada con coco y algo picante, como chile dulce. Eché un chorrito en mi palma y la extendí por mis tetas. ¡Ay, wey! Se sentía como seda líquida, tibia al contacto, y de pronto un cosquilleo sutil, como electricidad suave bajando por mis pezones. Se endurecieron al toque, sensibles como nunca.

Marco se acercó, hipnotizado. "Chin*, Ana, déjame ayudarte". Sus manos grandes, callosas de tanto gym, tomaron el frasco. Me sentó en el borde de la cama, el colchón hundéndose bajo mi peso, y empezó por mis hombros. La crema se deslizaba fácil, dejando mi piel reluciente, oliendo a deseo puro. Cada caricia era fuego lento: bajaba por mi espalda, rozando la curva de mi espina, hasta mi nalga. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su erección presionando contra mi muslo.

"¿Te gusta, mi amor?", murmuré, arqueándome. Él gruñó, voz grave: "Neta, esto es lo máximo. Tu piel está... comible". Me volteó boca arriba, untó mis tetas, masajeando en círculos. El cosquilleo se intensificó, ondas de placer directo a mi clítoris. Gemí bajito, el sonido ahogado por las olas rompiendo afuera. Sus dedos pellizcaron mis pezones untados, tirando suave, y yo me retorcí, piernas abriéndose solas.

La tensión crecía como tormenta. Le quité la crema y la eché en su pecho velludo, manos explorando sus abdominales duros, bajando al borde del short. Su verga saltaba, dura como piedra. "Quítatelo, pendejo", le ordené, juguetona. Se lo bajó, liberando esa polla gruesa, venosa, que tanto me llenaba. La unté con crema Tri Tri, resbaladiza, brillante. Él jadeó, "¡Carajo, Ana! Se siente como si me chuparan el alma". La masturbé lento, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma, el olor a sexo mezclándose con la vainilla.

No aguanto más. Quiero que me coma entera, que esta crema nos una en sudor y gritos.

Me empujó al colchón, besos hambrientos. Su lengua sabía a ron y sal, explorando mi boca mientras sus manos bajaban a mi coño. Estaba empapada, labios hinchados. Untó crema ahí, dedos resbalando adentro, frotando mi clítoris en círculos. El cosquilleo era loco: placer punzante, como vibrador vivo. Grité su nombre, uñas clavadas en su espalda. "¡Marco, fóllame ya!". Él se posicionó, la punta de su verga untada rozando mi entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, la crema haciendo todo resbaloso, profundo.

¡Qué delicia! Cada embestida era éxtasis: su cuerpo pesado sobre el mío, pieles chocando con palmadas húmedas, el aroma de crema y sudor llenando la habitación. El jacuzzi burbujeaba afuera, testigo mudo. Aceleró, mis tetas rebotando, pezones rozando su pecho. Internamente, luchaba: no quiero que acabe, pero lo necesito tanto. Le mordí el hombro, "Más fuerte, wey, hazme tuya". Él obedeció, polla golpeando mi G, ondas de placer subiendo.

Cambié de posición, montándolo. Sus manos en mi culo, guiándome. La crema hacía que todo patinara perfecto, clítoris frotando su pubis. Cabalgaba como loca, pelo volando, sudor goteando. El sonido: mis gemidos agudos, sus gruñidos roncos, carne contra carne. Olía a nosotros, a crema Tri Tri chamuscada de pasión. Sentí el orgasmo venir, tidal wave. "¡Me vengo, cabrón!". Explosé, coño apretándolo, temblores por todo el cuerpo. Él se tensó, "Yo también, nena", y llenó mi interior con chorros calientes, crema mezclada con su leche.

Colapsamos, jadeantes, enredados. El sol se había ido, luna iluminando nuestras pieles pegajosas, brillando con restos de crema Tri Tri. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Esto fue épico, mi reina", susurró Marco, acariciando mi pelo. Yo sonreí, corazón latiendo fuerte aún.

La crema Tri Tri no era magia, éramos nosotros. Pero neta, la compraré de nuevo. Esta noche cambió todo, nos hizo más salvajes, más uno.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el pecado dulce, pero el cosquilleo lingered en mi piel. Salimos al balcón, desnudos, abrazados viendo las estrellas. Playa del Carmen guardaba nuestro secreto, y yo ya planeaba la próxima untada. Porque el placer, cuando es compartido así, sabe a eternidad.

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