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Boletos para el Concierto del Tri que Desatan Pasiones

6823 palabras

Boletos para el Concierto del Tri que Desatan Pasiones

El calor de la Ciudad de México me tenía sudando como pendeja en pleno julio, pero nada comparado con la ansiedad que me carcomía por dentro. Boletos para el concierto del Tri, eso era lo que necesitaba para sentirme viva de nuevo. El Tri, carnales, con sus rolas que te hacen gritar y mover el esqueleto como si no hubiera mañana. Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos, oficina de lunes a viernes, pero sábados para el desmadre. Puse un anuncio en Facebook: "Urge quien tenga boletos para el concierto del Tri, pago lo que sea". Las respuestas fueron un chorro de wey que querían sacarme hasta el hígado, pero uno me llamó la atención. Marco, foto de perfil con una sonrisa chueca que me hizo mojar las panties sin querer.

"Órale, morra, tengo dos boletos extras. ¿Nos vemos en el café de la esquina de Madero? Te los dejo baratitos si me caes bien."

Mi pulso se aceleró al leerlo. Neta, ¿por qué no? Es solo un intercambio, pensé, mientras me ponía un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas como si fueran un mapa del tesoro. El aroma a café recién molido y tacos de canasta me golpeó al entrar al lugar. Él ya estaba ahí, alto, moreno, con una camiseta de Los Ángeles Azules que le pegaba al pecho musculoso. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si su mirada me desnudara despacito.

—¿Ana? —dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera, de quien trabaja con las manos. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un olor que me revolvió las tripas de deseo.

—Simón, carnal. ¿Trajiste los boletos para el concierto del Tri? —le contesté, sentándome cerca, rozando mi rodilla con la suya "por accidente".

La plática fluyó como tequila en fiesta. Hablamos de rolas, de cómo "Triste canción de amor" te pone la piel chinita, de lo chido que sería brincar en el Palacio de los Deportes. Pero entre líneas, la tensión crecía. Sus dedos rozaban los míos al pasarme la cerveza, y yo notaba cómo su mirada se clavaba en mis chichis, que subían y bajaban con cada risa. Este wey me trae caliente, neta, me dije, sintiendo el calor subir por mi entrepierna.

De repente, sacó los boletos del bolsillo trasero. Brillaban bajo la luz tenue del café, prometiendo una noche épica.

—Mira, Ana, te los dejo a precio de amigo... si me dejas invitarte a algo más que café. —Su aliento rozó mi oreja cuando se acercó, y olía a menta y promesas sucias.

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. ¿Qué chingados, por qué no? Los boletos y un rato de diversión no matan a nadie. Asentí, y en minutos estábamos en su troca, rumbo a su depa en la Roma. El tráfico era un desmadre, pero el aire acondicionado fallaba, haciendo que el calor nos pegara más. Sudábamos, y el olor a piel caliente llenaba el espacio. Su mano cayó casual en mi muslo, subiendo poquito a poco, y yo abrí las piernas sin pensarlo, sintiendo la humedad empapar mi ropa interior.

Al llegar, la puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Su boca chocó contra la mía, hambrienta, con sabor a cerveza y urgencia. Gemí bajito mientras sus manos me apretaban el culo, levantándome contra la pared. Su lengua sabe a aventura, pensé, enredando mis dedos en su pelo revuelto. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba el cuarto, mezclado con el lejano ruido de la calle, cláxones y risas de borrachos.

—Qué rico hueles, morra —murmuró, bajando los labios por mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Sus dientes rozaron mi piel, enviando chispas directas a mi clítoris. Me quitó el vestido de un jalón, y quedé en bra y tanga, expuesta bajo su mirada hambrienta. Él se desvistió rápido, revelando un torso marcado, vello oscuro bajando hasta unos boxers que no ocultaban su verga tiesa, palpitante.

Lo empujé al sofá, montándome encima. Mis tetas rebotaban mientras lo besaba, sintiendo su dureza contra mi coño mojado. Quiero sentirlo todo. Le bajé los boxers, y su pito saltó libre, grueso, con una gota de precum brillando en la punta. Lo lamí despacio, saboreando su sal, el sabor almizclado que me hacía salivar. Él gruñó, agarrándome el pelo.

—Chíngame con la boca, Ana, así... —Su voz ronca me encendía más. El sonido de mi succión, húmeda y obscena, se mezclaba con sus gemidos guturales. Mi lengua jugaba con sus bolas, pesadas y calientes, mientras mi mano lo pajeaba firme.

Pero quería más. Me levanté, quitándome la tanga empapada. El olor a mi propia excitación flotaba en el aire, dulce y pecaminoso. Me senté en su regazo, guiando su verga a mi entrada. Lentito, lo sentí abrirme, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Tan duro, tan mío. Empecé a mover las caderas, cabalgándolo como yegua salvaje, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas sonoras.

Marco me agarró las caderas, embistiéndome desde abajo, profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. El sudor nos unía, resbaloso, y el roce de su vello púbico contra mi clítoris era eléctrico. Grité su nombre, arañándole la espalda, dejando marcas rojas que olían a sexo crudo. Más rápido, cabrón, no pares, le supliqué en mi mente, mientras mi cuerpo temblaba al borde.

Cambié de posición, de rodillas en el sofá, él detrás. Su mano me jaló el pelo suave, arqueándome la espalda. Entró de nuevo, salvaje, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El cuarto apestaba a nosotros, a fluidos mezclados, a pasión desatada. Sentí el orgasmo subir como ola, mis paredes contrayéndose alrededor de su pito.

—¡Me vengo, Marco! —grité, y exploté, jugos chorreando por mis piernas, el placer tan intenso que vi blanco. Él no tardó, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que se sentían como lava dulce.

Caímos exhaustos, piel contra piel, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mientras él me besaba la frente, tierno ahora. El aire olía a después del desmadre, a sábanas revueltas y promesas.

—Los boletos son tuyos, morra. Y si quieres, voy contigo al concierto del Tri —dijo, riendo bajito.

Sonreí, acurrucada en su pecho que subía y bajaba. Qué noche chida, carnal. Los boletos para el concierto del Tri fueron solo el pretexto para esto. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero adentro, el mundo era nuestro, pegajoso y satisfecho. Mañana brincaríamos al ritmo de El Tri, pero esta noche, el verdadero concierto había sido en nuestras camas.

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