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Cuanto Cobra El Tri Por Concierto En Tu Piel Ardiente

7369 palabras

Cuanto Cobra El Tri Por Concierto En Tu Piel Ardiente

El aire de la noche en el Palacio de los Deportes estaba cargado de ese olor inconfundible a cerveza derramada, sudor fresco y anticipación eléctrica. , con tu blusa escotada que se pegaba a tus curvas por el calor pegajoso, te abrías paso entre la multitud de carnales gritando por El Tri. Habías venido sola, porque ¿quién necesita compañía cuando la música te pone la piel de gallina y el corazón latiendo como tambor? La voz rasposa de Alex Lora retumbaba en los altavoces, haciendo vibrar el piso bajo tus pies, y tú sentías ese cosquilleo subiendo por tus muslos, como si la rola misma te estuviera acariciando.

Ahí lo viste, recargado contra una columna cerca del escenario, con una playera negra ajustada que marcaba sus pectorales duros y unos jeans gastados que dejaban poco a la imaginación. Alto, moreno, con tatuajes asomando por las mangas y una sonrisa pícara que te clavó directo en el estómago. ¿Será fan como yo? pensaste, mientras tu mirada se enredaba con la de él. Te hizo un gesto con la cabeza, invitándote a acercarte, y tú, con el pulso acelerado, no pudiste resistir. El sudor le brillaba en el cuello, y olía a hombre de verdad: colonia barata mezclada con ese aroma masculino que te hace mojar sin permiso.

—¡Órale, güeyita! ¿Vienes a rockear o nomás a ver?

Su voz grave cortó el ruido del concierto, y tú reíste, sintiendo el calor subirte a las mejillas.

—¡A todo, carnal! Pero dime, ¿cuánto cobra El Tri por concierto? —le soltaste de volada, como pretexto para platicar, recordando esa curiosidad que te había picado antes de salir de casa.

Él se carcajeó, acercándose más, su aliento cálido rozándote la oreja por encima del estruendo de las guitarras.

—Ja, buena pregunta. Dicen que como medio millón de varos por noche, pero ¿y si te digo que yo cobro menos por un concierto privado? —Sus ojos bajaron a tu escote, y tú sentiste tus pezones endurecerse bajo la tela fina, traicionándote deliciosamente.

La primera parte de la noche se les fue en eso: gritando rolas juntos, cuerpos rozándose accidentalmente en la marea humana. Cada roce era fuego: su mano en tu cintura para no perderte, tus caderas chocando contra las suyas al ritmo de Piedras Rodantes. Olías su piel salada, sentías el latido de su verga semi-dura presionando contra tu nalga cuando la multitud los apretaba.

Chíngame, este pendejo me está volviendo loca
, pensabas, mientras el deseo te picaba entre las piernas como un hormigueo insoportable.

El concierto avanzaba, y la tensión crecía como la cresta de una ola. Él te susurraba al oído datos del grupo, pero sus palabras se volvían promesas sucias: "Imagínate si Alex supiera cuánto cobra por un bis en tu cama". Tú reías, pero tu mente volaba: lo imaginabas desnudo, su cuerpo fuerte encima del tuyo, esa verga gruesa abriéndote despacio. El aire estaba espeso, húmedo, y tu panocha palpitaba al compás de los bajos. Cuando terminó el show, con ese grito final que te dejó temblando, él te tomó de la mano.

—¿Vamos por unas chelas? O mejor... ¿a mi depa? Vivo cerca, y prometo un encore mejor que el de El Tri.

Tú asentiste, el corazón tronándote en el pecho, el olor a humo y excitación pegado a tu piel. Caminaron por las calles vivas de la CDMX, luces de neón parpadeando, el fresco de la noche calmando un poco el ardor entre tus muslos. En su coche viejo pero limpio, su mano subió por tu pierna, dedos ásperos rozando la piel suave de tu interior, deteniéndose justo antes de tu tanga empapada. No pares, cabrón, suplicabas en silencio, mordiéndote el labio mientras él manejaba con una mano, la otra torturándote con caricias leves.

Llegaron a su depa en la Narvarte, un lugar chido con posters de rock en las paredes y una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerraron la puerta, sus bocas se encontraron en un beso hambriento. Saboreaste la cerveza en su lengua, salada y áspera, mientras sus manos te arrancaban la blusa con urgencia. Tus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él gruñó de placer, chupándolos con hambre, mordisqueando lo justo para hacerte gemir alto.

Estás rica, pinche diosa —murmuró contra tu piel, bajando por tu vientre, oliendo tu excitación que ya inundaba el aire.

Tú lo empujaste a la cama, queriendo el control. Le bajaste los jeans, y ahí estaba: su verga tiesa, venosa, goteando pre-semen que lamiste con deleite, salado y musgoso en tu lengua. ¡Qué chingón! La mamaste despacio, saboreando cada vena, oyendo sus jadeos roncos que te ponían más mojada. Él te jaló el pelo suave, guiándote, pero tú mandabas el ritmo, chupando hasta la garganta mientras tus manos masajeaban sus huevos pesados.

La escalada fue brutal. Te quitó el short, enterró la cara en tu panocha lampiña, lamiendo tu clítoris hinchado con maestría. Sentiste su lengua caliente, áspera, hurgando tus labios mayores, succionando tus jugos dulces y cremosos. ¡Ay, wey, no pares! gritaste, tus caderas moliéndose contra su boca, el sonido chapoteante mezclándose con tus gemidos y el tráfico lejano de la avenida. Tus paredes internas se contraían, el orgasmo building como un solo de guitarra interminable.

Pero querías más. Lo volteaste, montándote encima, frotando tu raja mojada contra su pija dura. El roce era eléctrico, piel contra piel resbalosa, olores mezclados de sexo crudo y sudor fresco. Lentamente, te hundiste en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote deliciosamente.

Es enorme, me parte en dos y lo amo
. Empezaste a cabalgar, tetas rebotando, uñas clavándose en su pecho tatuado. Él te agarraba las nalgas, azotándolas suave, el slap resonando en la habitación.

—¡Córrete, puta rica! ¡Dame todo!

Sus palabras sucias te encendieron más, y aceleraste, el friction quemando, pulsos latiendo en sincronía. Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, verga golpeando tu punto G con cada embestida. Sudor goteaba de su frente a tu boca, salado; olías su axila masculina cuando te levantó las piernas. Gemías sin control, paredes apretándolo, hasta que el clímax te explotó: ondas de placer cegador, jugos chorreando, cuerpo convulsionando bajo el suyo.

Él se corrió segundos después, gruñendo como bestia, llenándote con chorros calientes que sentiste palpitar dentro. Se derrumbó a tu lado, respiraciones agitadas, pieles pegajosas unidas. El cuarto olía a sexo puro, a victoria rockera.

Después, recostados, fumando un cigarro compartido, él te contó más chismes: "De verdad, cuanto cobra El Tri por concierto es un chingo, pero esta noche no cobré nada... valió cada segundo gratis". Reíste, trazando sus músculos con el dedo, sintiendo el afterglow cálido en tu vientre lleno. No era solo un polvo; era conexión, roquera, mexicana hasta los huesos. Te quedaste a dormir, su brazo alrededor de tu cintura, soñando con más conciertos, más noches así. Al amanecer, un beso lento selló la promesa de repetición. El Tri había sido el pretexto perfecto.

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