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Compartiendo a Mi Esposa en Trío

6902 palabras

Compartiendo a Mi Esposa en Trío

Todo empezó una noche cualquiera en nuestro depa en la Roma, con Ana y yo echados en la cama, sudando un poquito por el calor de la ciudad. Ella, mi morra de ojos café intensos y curvas que me volvían loco, traía puesto un baby doll negro que apenas cubría sus chichis firmes y su culo redondo. Yo la abrazaba por la espalda, mi verga ya medio parada rozándole las nalgas, mientras veíamos una peli porno en la tele. Órale, carnal, pensé, esto se va a poner bueno.

Ana se giró de repente, con esa sonrisa pícara que me derrite. "Wey, ¿y si probamos algo nuevo?" me dijo, su voz ronca como si ya estuviera mojada. Le conté de mi fantasía de compartiendo a mi esposa en trío, de verla gozar con otro vato mientras yo la miro y me uno. Ella se mordió el labio, sus pezones endureciéndose bajo la tela fina. "Neta, güey, me prende un chorro esa idea. ¿Con quién?" Hablamos de Carlos, nuestro compa de la uni, alto, musculoso, con esa mirada de lobo que siempre le echaba a Ana cuando nos veíamos en fiestas. Era guapo, soltero, y siempre había habido esa química cabrona entre ellos. Llamamos al pendejo esa misma noche. "Ven pa'cá, carnal, tenemos un plan chingón", le dije. Llegó en menos de media hora, oliendo a colonia cara y con una sonrisa de oreja a oreja.

Nos sentamos en la sala, con chelas frías en la mano y luces tenues que pintaban sombras sexys en las paredes. Ana se veía como diosa, con un vestido corto rojo que subía por sus muslos morenos cada vez que se movía. Carlos no le quitaba los ojos de encima, y yo sentía un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos calientes y excitación pura. "¿Qué onda, wey? ¿De qué se trata esto?" preguntó él, su voz grave retumbando en el aire cargado. Ana se acercó, rozando su pierna con la de él, y le explicó todo sin pelos en la lengua. "Queremos un trío, carnal. Tú, yo y mi viejo. ¿Le entras?" Carlos tragó saliva, su pantalón ya abultándose. "¡Claro que sí, pinche loca! He soñado con esto mil veces."

Mi corazón latía como tambor en desfile, viendo cómo mi esposa coqueteaba con otro. ¿Estaba listo para esto? Neta, sí, porque la veía empoderada, brillando con deseo propio.

El aire se llenó de ese olor a hormonas, a piel caliente y perfume mezclado. Ana se paró entre nosotros, besándome primero con lengua profunda, su saliva dulce como miel, mientras su mano bajaba a la entrepierna de Carlos. Él gemía bajito, tocándole el culo con permiso, apretando esa carne suave que yo conocía tan bien. La tensión crecía como tormenta, cada roce eléctrico, cada mirada un fuego.

La llevamos a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón fresco. Ana se quitó el vestido despacio, revelando su cuerpo desnudo, tetas perfectas balanceándose, su concha ya reluciente de jugos. "Vengan, cabrones, no se hagan", nos retó, recostándose con las piernas abiertas, invitándonos con los ojos. Carlos y yo nos desvestimos rápido, mis huevos pesados de anticipación, su verga gruesa y venosa apuntando al techo. Me acerqué primero, lamiéndole el cuello, oliendo su aroma a vainilla y sudor sexy, mientras Carlos le chupaba un pezón, succionando con hambre.

Ella arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, sí, pinches machos!", sus uñas clavándose en mi brazo. Bajé mi boca a su entrepierna, saboreando su coño salado y dulce, lengua metiéndose en pliegues hinchados. Carlos la besaba, sus lenguas chocando con sonidos húmedos que me ponían más duro. Sentí su mano en mi verga, masturbándome lento, el tacto áspero de sus dedos contrastando con la suavidad de Ana.

La volteamos para que se pusiera a cuatro patas, su culo en pompa como ofrenda. Carlos se puso atrás, frotando su pija en su raja mojada, pidiendo permiso con la mirada. Yo asentí, el pulso retumbándome en las sienes. "Entra despacio, carnal", le dije, y él obedeció, empujando centímetro a centímetro. Ana gritó de placer, "¡Qué chingona tu verga, Carlos! ¡Más adentro!". El sonido de carne chocando empezó, chapoteos rítmicos, su concha tragándosela entera. Yo me arrodillé enfrente, metiéndole mi verga en la boca. Sus labios carnosos la envolvieron, chupando con maestría, lengua girando en la cabeza sensible. Olía a sexo puro, a sudor masculino y femenino mezclado, el cuarto lleno de jadeos y "¡órale!".

Verla así, compartiendo a mi esposa en trío con mi compa, era mejor que cualquier porno. Sus gemidos vibraban en mi pija, y el calor de su garganta me volvía loco.

La intensidad subía como volcán. Cambiamos posiciones: Ana encima de mí, cabalgándome con furia, sus chichis rebotando en mi cara, yo lamiéndolas con sal en la piel. Carlos se paró detrás, untando saliva en su ano apretado. "¿Quieres por atrás también, mi amor?" le pregunté. Ella asintió frenética, "Sí, wey, fóllame los dos agujeros". Él entró lento en su culo, el doble estiramiento haciéndola convulsionar. Sentía su verga a través de la delgada pared, frotándose contra la mía en un vaivén sincronizado. El cuarto apestaba a sexo crudo, pieles chocando con palmadas fuertes, sus jugos chorreando por mis huevos. Ana gritaba sin control, "¡Me vengo, cabrones! ¡No paren!", su cuerpo temblando en orgasmo brutal, concha apretándome como puño.

Nosotros aguantamos, sudando ríos, músculos tensos. La puse de lado, yo en su concha, Carlos en la boca, turnándonos para no explotar. Sus ojos vidriosos nos miraban con gratitud lujuriosa. "Córrete adentro, amor", me rogó, y no pude más. Mi semen caliente la llenó en chorros potentes, mientras Carlos se vaciaba en su garganta, ella tragando todo con deleite, labios brillando de leche.

Caímos exhaustos en un enredo de cuerpos pegajosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Ana en medio, besándonos alternadamente, su piel tibia y húmeda contra la nuestra. "Pinche trío de la chingada", murmuró Carlos, riendo bajito. Yo la abracé fuerte, oliendo su cabello revuelto, sintiendo el corazón latiéndole tranquilo ahora. Esto nos unió más, güey, pensé, la vi más mía que nunca, empoderada en su placer.

Nos duchamos juntos después, jabón resbalando por curvas y músculos, risas y caricias suaves. Carlos se fue con un abrazo fraterno, prometiendo repetir. Ana y yo nos echamos en la cama limpia, ella acurrucada en mi pecho. "Te amo, pendejo", susurró, su aliento cálido en mi piel. "Yo más, mi reina. Esto fue épico." El afterglow duró días, miradas cómplices en la cocina, toques eléctricos recordando esa noche. Compartir no quitó nada; lo multiplicó, dejando un fuego eterno en nosotros.

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