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1 Try to MXN

7482 palabras

1 Try to MXN

La noche en el rooftop de ese bar en Polanco estaba chida de verdad. El skyline de la CDMX brillaba con luces multicolores, y el viento traía olor a tacos al pastor de la calle y a margaritas frescas con sal de gusano. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, acababa de cerrar un trato heavy en mi curro de marketing y me merecía soltarme la melena. Vestida con un vestido negro ceñidito que me marcaba las curvas, me pedí un tequilita y escaneé el lugar con la mirada. Ahí lo vi: alto, moreno, con playera ajustada que dejaba ver unos brazos tatuados y una sonrisa pícara que gritaba trouble.

Me sonaba de algún lado. Saqué el cel rapidito y abrí Tinder. ¡Bingo! Su perfil saltó: foto del mismo galán, usuario 1 try to mxn.

¿Qué pedo con eso? ¿Un gringo wannabe mexicano?
pensé, riéndome sola. Su bio decía: "One try to live like a real mexicano. ¿Te animas a enseñarme?". Neta, me picó la curiosidad. Caminé hacia él con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

—Órale, güey, ¿1 try to mxn? ¿Qué mamada es esa? —le solté, parándome a su lado en la barra.

Se giró, sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis. —Neta, me cachaste. Soy Alex, de Texas, pero llevo dos años aquí y quiero mexicanizarme al cien. Esta es mi filosofía: un intento para todo lo mexicano. Tequila, tacos... y quién sabe qué más —guiñó, con voz grave que me erizó la piel.

La tensión empezó ahí. Pedimos shots de Don Julio, el líquido ardiente bajando por mi garganta como fuego vivo, mezclándose con su colonia que olía a madera y limón mexicano. Bailamos pegaditos al ritmo de cumbia rebajada que pusieron de surprise. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, el calor de su cuerpo contra el mío. Sentía su verga semi-dura rozándome el culo, y mi panochita ya palpitaba, mojándose bajo las bragas de encaje.

Este pendejo sabe lo que hace, pero yo le voy a dar clases de cómo se chinga en México.

La química explotaba. Me susurró al oído: —Tienes unas nalgas que matan, Karla. ¿Quieres ver mi depa? Vive a dos cuadras, vista al Reforma. —Su aliento caliente con toques de sal y tequila me hizo temblar las rodillas.

—Va, pero no creas que soy fácil, carnal —le contesté, mordiéndome el labio. Caminamos por las calles iluminadas, el aire fresco contrastando con el calor entre mis muslos. Su mano en mi espalda baja, dedos rozando el borde del vestido, mandándome chispas por la espina.

Acto dos: su depa era la neta, minimalista con arte callejero de los Dos Fridas en la pared y una terraza con jacuzzi. Entramos y de volada nos besamos como hambrientos. Sus labios gruesos sabían a margarita y deseo puro, lengua explorando mi boca con hambre. Lo empujé al sofá, me subí a horcajadas. Strong sus pectorales bajo mis palmas, piel morena sudorosa oliendo a hombre rudo mezclado con jabón de lavanda. Le arranqué la playera, lamiendo sus tetillas duras, oyendo su gemido ronco: —¡Fuck, Karla, eres fuego!

—Aquí se dice chingona, pendejo —reí, bajando la mano a su pantalón. Desabroché el zipper y saqué su verga gruesa, venosa, ya parada como bandera. Olía a limpio con un toque almizclado de excitación. La acaricié despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma, la piel aterciopelada estirándose. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo negro largo.

Esta es mi noche para dominar, neta me siento poderosa chingándole a este gringo-mexicano.

Me arrodillé, el piso de madera fría contra mis rodillas, y la metí a la boca. Sabía salado, con perla de precum dulce. Chupé lento al principio, lengua girando en la cabeza hinchada, oyendo sus gruñidos animales. —¡Ay, wey, qué rico mamas! —gimió, arqueando la cadera. Aceleré, mamándola profunda, saliva chorreando, mis labios hinchados de tanto esfuerzo. Mi clítoris latía impaciente, panocha chorreando jugos que mojaban el piso.

No aguantó mucho. —Me vengo, Karla... —avisó. Lo apreté con la mano, tragándome su corrida caliente, espesa, con sabor a nuez y sal. Se convulsionó, gritando mi nombre, venas del cuello hinchadas. Yo me relamí, empoderada, viéndolo jadeante, ojos vidriosos.

Pero no paró ahí. Me levantó como pluma, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio suavecitas. Me quitó el vestido de un jalón, besando mi cuello, lamiendo el sudor entre mis chichis grandes y firmes. Sus manos ásperas masajeaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne blanda. Bajó a mi panocha depilada, oliendo a miel y excitación. Lamió mi botoncito hinchado, lengua experta girando, chupando mis labios mayores jugosos. Gemí fuerte,

¡Pinche lengua mágica, me va a matar de placer!
caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso.

La intensidad subía. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras succionaba el clítoris. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba la habitación, mixto con mis alaridos: —¡Sí, Alex, no pares, chíngame con la boca! Mi cuerpo temblaba, pezones duros como piedras rozando sus mechones rubios teñidos. El orgasmo me pegó como rayo, piernas rígidas, chorro caliente salpicando su barbilla. Grité, uñas clavadas en sus hombros, olas de placer recorriendo cada nervio.

Aún palpitando, lo jalé arriba. —Ahora métemela, haz tu 1 try to mxn de verdad —bromeé, abriendo las piernas. Se puso condón rapidito —responsable el güey— y empujó su verga dura de nuevo, estirándome delicioso. Lento al inicio, sintiendo cada centímetro llenándome, paredes vaginales apretándolo. Olía a sexo puro, sudor nuestro mezclándose, pieles chocando con palmadas rítmicas. ¡Qué chingón! sus embestidas profundas, roce en mi cervix mandando descargas.

Cambié a vaquera, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos amasando mis tetas rebotando, pellizcando pezones sensibles. Yo controlaba el ritmo, moliendo mi clítoris contra su pubis peludito, gemidos sincronizados. Él desde abajo: —¡Eres una diosa mexicana, Karla! — Sudor perlando su frente, músculos contraídos. La tensión crecía, mis paredes apretándolo más, su verga hinchándose dentro.

Acto final: volteamos a misionero, piernas en sus hombros, penetración brutal y profunda. El colchón crujía, cabezas chocando la pared. —¡Vente conmigo, pendejo! —ordené. Él aceleró, gruñendo, y explotamos juntos. Mi coño convulsionó ordeñándolo, chorros de placer infinito, su corrida llenando el condón caliente. Gritos mudos, cuerpos temblando pegados, pulsos latiendo al unísono.

Desenredados en la cama revuelta, pieles pegajosas de sudor y fluidos, el cuarto olía a orgasmo y sábanas calientes. Me acurruqué en su pecho ancho, oyendo su corazón desacelerarse. —Eso fue más que un 1 try to mxn, carnal —le dije, besando su piel salada.

—Neta, Karla, me convertiste en mexicano de hueso colorado —rió bajito, acariciándome el pelo.

Me quedé pensando en el techo estrellado desde la ventana, sintiendo un glow profundo, empoderada y satisfecha. Esa noche no fue solo sexo; fue conexión, liberación, un intento perfecto que valió cada gemido.

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