Imágenes con Tra Tre Tri Tro Tru
Estaba en mi depa de la Condesa, tirado en el sillón con una chela fría en la mano, cuando me llegó el mensaje de ella. Lupe, esa morra que conocí en una fiesta en Polanco hace un par de semanas. Neta, desde que la vi con ese vestido ajustado que le marcaba las curvas como si fueran un pecado capital, no pude sacármela de la cabeza. Sus ojos cafés, profundos como pozos de chocolate, y esa sonrisa pícara que prometía travesuras. Me mandó un WhatsApp: "¿Listo para unas imágenes con tra tre tri tro tru?"
¿Qué pedo? Pensé que era un trabalenguas o algún juego chusco, pero abrí el archivo adjunto. La primera imagen: imagen con tra. Ahí estaba Lupe, recargada en la pared de su cuarto, con una blusa transparente que dejaba ver el encaje negro de su brasier. Sus chichis se veían firmes, los pezones apenas insinuados bajo la tela. El olor a su perfume, Jazmín y vainilla, se me imaginó flotando desde la pantalla. Mi verga dio un brinco en los chones. "¿Qué traes ahí, preciosa?" le contesté, el corazón latiéndome como tambor en una comparsa.
Esta morra me va a matar de la pura calentura. ¿Qué vendrá después?
La segunda imagen llegó cinco minutos después: con tre. Ahora con tres dedos jugueteando el borde de su falda corta, levantándola lo justo para mostrar el inicio de sus muslos prietos, bronceados por el sol de Ixtapa donde veranea. Podía oír su risa coqueta en mi mente, ese sonido ronco que me erizaba la piel. Toqué la pantalla, como si pudiera sentir la suavidad de su piel, cálida y sedosa al tacto. El deseo me picaba en el estómago, un nudo apretado que pedía soltar.
Le respondí: "Mamacita, me estás poniendo como loco. Quiero más". Ella: "Calma, carnal, que lo bueno viene con tri". Y pum, la tercera: con tri. Tres botones desabrochados de la blusa, revelando el valle entre sus senos, gotitas de sudor brillando como diamantes bajo la luz tenue de su lámpara. Imaginé el sabor salado de su piel, lamiendo ese surco hasta perder el aliento. Mi mano bajó sola a mi entrepierna, apretando la erección que ya dolía. El ambiente de mi cuarto se cargó de electricidad, el aire espeso con mi propia excitación.
Acto seguido, con tro. Cuatro... espera, tro como cuatro. Lupe de rodillas en la cama, la falda arremangada, mostrando sus nalgas redondas envueltas en un tanga rojo que se perdía entre ellas. El flash capturó el brillo de su humedad, ese aroma almizclado que me hacía salivar. "Ven y tómalas, pendejo", decía el caption. Neta, gemí en voz alta, el sonido rebotando en las paredes. Mi pulso tronaba en los oídos, la piel de mis brazos erizada como si ella ya me estuviera rozando con las uñas.
La última, con tru. Cinco... tru como cinco dedos metidos en su panocha, abiertos en V, labios hinchados y rosados reluciendo. Sus ojos fijos a la cámara, mordiéndose el labio inferior, prometiendo un infierno de placer. El olor a sexo fresco me invadió la nariz en mi imaginación, dulce y pecaminoso. No aguanté más. "¿Dónde estás? Voy para allá ya". Ella: "En mi casa de Coyoacán. Puerta abierta, nomás entra y fóllame".
Acto dos: la escalada
Manejé como endemoniado por Insurgentes, el tráfico de la noche zumbando a mi alrededor, cláxones y risas de borrachos filtrándose por la ventana. Cada semáforo en rojo era una tortura, mi mente repitiendo esas imágenes con tra tre tri tro tru como un mantra caliente. Llegué sudando, el corazón en la garganta. La puerta entreabierta, luz suave saliendo del pasillo.
Entré sigiloso, el olor a ella golpeándome primero: mezcla de sudor fresco, perfume y esa esencia femenina que endurece al instante. La encontré en la sala, sentada en el sofá de piel, con una bata de satén negro que apenas cubría sus muslos. "Al fin llegaste, wey", murmuró, levantándose lenta, felina. Sus tetas se mecían libres bajo la tela, pezones duros como balines.
La abracé, sintiendo su cuerpo caliente pegarse al mío. Sus labios carnosos en mi boca, sabor a tequila y menta, lengua danzando con la mía en un beso húmedo y feroz. Mis manos bajaron a sus nalgas, apretándolas, sintiendo la carne ceder bajo mis dedos. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en mi pecho. "Esas imágenes me mataron, Lupe", le dije al oído, mordisqueando el lóbulo.
La llevé a su cuarto, tirándola en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Le quité la bata de un jalón, revelando su cuerpo desnudo, perfecto: curvas de diosa azteca, piel morena reluciente. Besé su cuello, bajando por el pecho, chupando un pezón rosado que se endureció en mi lengua, salado y dulce. Ella arqueó la espalda, clavándome las uñas en la nuca. "¡Sí, así, cabrón!"
Mis dedos exploraron su entrepierna, húmeda y resbalosa, el calor envolviéndome como lava. La penetré con dos dedos primero, luego tres, imitando la imagen con tri. Ella jadeaba, caderas moviéndose al ritmo, el sonido chapoteante llenando el cuarto. "Más... con tro", suplicó, y agregué el cuarto dedo, estirándola, su panocha apretándome como guante. El aroma de su excitación era embriagador, terroso y floral. Mi verga palpitaba contra el pantalón, rogando libertad.
Me desnudé rápido, ella se arrodilló como en la foto con tro, tomando mi polla en su mano. La miró con ojos hambrientos, lamiendo la punta, sabor pre-semen salado en su lengua. "Con tru ahora", dijo juguetona, y se la tragó hasta la garganta, cinco pulgadas profundas, garganta contrayéndose alrededor. Sentí el calor húmedo, las venas latiendo contra su paladar. Gemí fuerte, agarrando su pelo negro sedoso.
Pero quería más. La puse boca arriba, abrí sus piernas anchas. Mi lengua en su clítoris, chupando suave al principio, luego feroz, saboreando sus jugos dulces como miel de maguey. Ella gritaba, "¡Chíngame ya, no aguanto!", cuerpo temblando, orgasmos acercándose en olas.
Acto tres: la liberación
Me posicioné, la verga dura como acero rozando su entrada. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme, calientes y aterciopeladas. "¡Ay, qué rico!" exclamó ella, piernas envolviéndome la cintura. Empujé profundo, el choque de pelvis sonando como palmadas rítmicas, sudor perlando nuestras pieles.
El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo el embate. La follé misionero, luego de lado, sintiendo cada contracción, cada roce de su clítoris contra mi pubis. Sus uñas rasguñaban mi espalda, dejando surcos ardientes. "Las imágenes no se comparan con esto", le dije, besándola con hambre.
Acercamos el clímax juntos. Ella primero, cuerpo convulsionando, panocha ordeñándome la verga en espasmos, grito gutural escapando su garganta. Yo la seguí, corriéndome dentro con un rugido, chorros calientes llenándola, placer cegador explotando en mi cerebro como fuegos artificiales en el Zócalo.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando círculos en mi piel sudorosa. El olor a sexo y satisfacción impregnaba el aire, mezclado con su perfume. "Fue mejor que tra tre tri tro tru", murmuró riendo bajito.
La besé la frente, sintiendo paz profunda. "Esto apenas empieza, mi reina". Afuera, la ciudad nocturna zumbaba indiferente, pero en ese cuarto, el mundo era nuestro, caliente y eterno.