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Noche de Trías Ardientes

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Noche de Trías Ardientes

La brisa salada del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Estaba en la terraza de la casa que rentamos con mis carnales de toda la vida, Marco y Luis. Habíamos llegado ese mediodía, mochilas al hombro, listos para desconectarnos del pinche estrés de la ciudad. Yo, Ana, con mis 28 años, curvas que volvían locos a los güeyes y un vestido ligero que se pegaba a mi cuerpo por la humedad del aire. Marco, el alto y moreno con esa sonrisa pícara que prometía problemas, y Luis, el más delgado, de ojos verdes que te desnudaban con la mirada. Neta, desde que éramos chamacos en la prepa, siempre hubo esa chispa, pero nunca la habíamos prendido del todo.

Wey, este lugar está chingón —dijo Marco, abriendo unas chelas frías del refri—. ¿Qué pedo, Ana? ¿Ya te metiste al mar o qué?

Me reí, sintiendo el cosquilleo en el estómago. El olor a sal y coco de mi crema bronceadora flotaba alrededor. —Todavía no, pero con este calor, me voy a lanzar en un rato. ¿Vienen o se van a quedar de fresas?

Luis se acercó por detrás, su mano rozando mi hombro apenas, lo suficiente para que un escalofrío me recorriera la espina. —Yo te acompaño, mija. No vaya a ser que te coma un tiburón.

Su aliento cálido en mi cuello olía a menta y cerveza. ¿Qué carajos? pensé, mi pulso acelerándose. No era la primera vez que jugábamos así, coqueteos inocentes que se quedaban en eso. Pero esa noche, con el ronroneo de las olas rompiendo en la playa y el calor pegajoso envolviéndonos, todo se sentía diferente. Cenamos tacos de mariscos que compramos en el mercado, jugosos y picantes, el limón chorreando por mis dedos mientras lamía el exceso. Nuestras miradas se cruzaban, cargadas de promesas mudas.

¿Y si esta vez no paramos? ¿Y si les digo que los quiero a los dos, aquí mismo?

El deseo empezó como un hormigueo en mis muslos, subiendo lento mientras charlábamos de pendejadas. Marco contó una anécdota de cuando nos escapamos a la playa en la uni, y Luis soltó una carcajada que vibró en mi pecho. Me serví otro trago de tequila con hielo, el líquido quemándome la garganta, avivando el fuego interno.

Después de la comida, nos fuimos a la playa. La arena tibia se metía entre mis dedos de los pies, y el agua nos lamía las piernas como una lengua ansiosa. Nos salpicamos, riendo como idiotas, sus cuerpos mojados brillando bajo la luna. Marco me cargó en brazos, su pecho duro contra mis tetas, y Luis nos siguió, salpicando agua fría que me erizó la piel. Regresamos empapados, riendo, y en la ducha compartida de la casa —porque pinche casa playera con una sola regadera grande—, el vapor nos envolvió.

—Pásame el jabón, carnal —pedí a Marco, pero fue Luis quien lo tomó, frotándolo en mis hombros. Sus manos grandes, callosas de tanto gym, resbalaban por mi espalda, bajando hasta mi cintura. No me moví. El jabón olía a coco y algo más primitivo, su piel contra la mía, resbaladiza y caliente.

¿Qué onda? —susurró Marco, uniéndose, su cuerpo presionando por delante. Mi corazón latía como tambor en un antro. Sentí sus erecciones contra mis caderas, duras y palpitantes a través de los trajes de baño. Neta, esto era una tría en potencia, y mi cuerpo la pedía a gritos.

Salimos de la regadera sin secarnos del todo, gotas rodando por nuestras pieles tostadas. En la sala, con las luces bajas y música de cumbia rebajada sonando bajito, nos sentamos en el sofá grande. Marco me jaló a su regazo, sus labios rozando mi oreja.

—Ana, we, siempre he querido esto —murmuró, su voz ronca como grava.

Luis se arrodilló frente a mí, sus manos subiendo por mis muslos. —Dinos que sí, reina. Queremos hacerte volar.

Asentí, el consentimiento saliendo en un gemido. —Sí, cabrones. Los quiero a los dos.

Acto dos: la escalada fue como una ola creciendo. Marco me besó primero, sus labios gruesos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y sal. Mordisqueó mi labio inferior, tirando suave, mientras Luis besaba mi cuello, lamiendo la curva de mi clavícula. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo crudo. Sus manos expertas desataron mi vestido, dejándome en brasier y tanga, mis pezones endurecidos apuntando a ellos.

Me recostaron en el sofá, Marco chupando un pecho, su boca caliente succionando, dientes rozando lo justo para doler rico. Luis se dedicó al otro, alternando lamidas largas y succiones profundas. Gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. ¡Qué chingón! El sonido de sus lenguas húmedas, mis jadeos, la música de fondo, todo se mezclaba en una sinfonía erótica.

Esto es una tría de las buenas, de las que te marcan pa' siempre. No pares, pinches dioses.

Bajaron juntos, besos mojados por mi vientre, deteniéndose en mi ombligo para lamerlo. Luis apartó mi tanga, su aliento caliente en mi coño ya empapado. —Mira qué rica estás, Ana —gruñó, antes de hundir la lengua. Lamió mi clítoris en círculos lentos, saboreándome como si fuera el mejor postre. Marco se unió, su lengua explorando mis labios internos, chupando mis jugos que sabían a miel salada. Dos bocas en mi sexo, lenguas turnándose, dedos entrando y saliendo, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mis caderas se movían solas, frotándome contra ellos, el sofá crujiendo bajo nosotros.

Los jalé arriba, queriendo darles. Marco se quitó el short, su verga gruesa saltando libre, venosa y reluciente de pre-semen. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y almizclada. Luis igual, su polla más larga, curva perfecta. Las chupé a turnos, metiéndomelas hasta la garganta, gargantas profundas que los hicieron gemir como animales. ¡Qué rico su sabor, su pulso en mi boca!

Marco me penetró primero, de rodillas en el sofá, embistiéndome lento al principio, su grosor estirándome delicioso. Cada thrust hacía un sonido chapoteante, mi humedad facilitándolo. Luis me besaba, tragándose mis gritos, mientras yo lo masturbaba. Cambiaron: Luis desde atrás, doggy style, sus bolas golpeando mi clítoris, Marco en mi boca. El ritmo aceleró, sudor goteando, pieles chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, a feromonas y mar.

La tensión creció, mis músculos internos apretándolos, orgasmos construyéndose como tormenta. Más fuerte, weyes, supliqué. Me voltearon, yo encima de Marco, cabalgándolo mientras Luis entraba por atrás en mi culo, lubricado con saliva y nuestros jugos. Doble penetración, llenándome por completo, fricción exquisita. Grité, el placer doliendo tan rico, pulsos sincronizados.

Acto tres: el clímax nos golpeó como ola gigante. Mi orgasmo explotó primero, coño y culo contrayéndose, chorros calientes mojando a Marco. Él gruñó, llenándome de semen caliente que se sentía como lava. Luis siguió, eyaculando profundo en mi trasero, su calor desbordándose. Colapsamos, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, risas ahogadas.

Nos arrastramos a la cama king size, sábanas frescas oliendo a lavanda. Marco me acunó por un lado, Luis por el otro, sus manos acariciando mi cabello, mi espalda. —Esa tría fue épica, Ana —dijo Marco, besando mi frente.

La mejor —agregó Luis, su dedo trazando mi espina.

Sí, una noche de trías ardientes que nos unió más. Mañana repetimos, carnales.

El mar cantaba afuera, testigo de nuestro afterglow. Dormí entre ellos, satisfecha, empoderada, sabiendo que esto era solo el principio de muchas trías inolvidables.

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