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El Buzón Tri de Placeres Ocultos

6517 palabras

El Buzón Tri de Placeres Ocultos

Era una tarde calurosa en el corazón de la colonia Roma, con ese sol de México que te pega en la piel como un beso ardiente. Yo, Ana, acababa de mudarme a un depa chido en una casa vieja pero con onda, llena de detalles art nouveau que me ponían la piel chinita. Al salir al patio trasero, lo vi: el buzón tri, un cacharro de metal oxidado con tres ranuras pintadas de rojo, negro y dorado. Nadie sabía de dónde venía, pero los vecinos cuchicheaban que era para deseos prohibidos, para tríos que se armaban sin compromisos. Neta, ¿y si lo pruebo? pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos.

La curiosidad me ganó. Esa noche, con una falda corta que rozaba mis muslos suaves y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de mi brasier, escribí una nota: "Busco dos almas gemelas para un buzón tri inolvidable. Mujer de 28, lista para todo con respeto y pasión. ¿Se animan?" La metí en la ranura roja, la del fuego, decían. El corazón me latía fuerte, como tambores de cumbia en una fiesta clandestina. Olía a jazmín del patio mezclado con mi perfume de vainilla, y el aire húmedo me hacía sudar justo donde no quería.

Al día siguiente, encontré una respuesta en la ranura negra. "Somos Marco y Lupe, pareja abierta, 30 y 29. Foto adjunta. Mañana 8pm en el café de la esquina. Si vibra, seguimos al buzón tri." La foto mostraba a un morro guapísimo, moreno con ojos cafés intensos y sonrisa pícara, y a ella, una chava curvilínea con pelo negro largo y labios carnosos. Mi pulso se aceleró, imaginé sus manos en mi cuerpo, sus bocas explorando.

Órale, Ana, esto va en serio. ¿Estás lista para volar?
Me duché con agua tibia que resbalaba por mis pechos, tocándome suave, preparándome mentalmente.

El café estaba lleno de hipsters y olor a café de chiapas tostado. Llegué puntual, nerviosa pero empoderada, con jeans ajustados que marcaban mi culo redondo y una camiseta que se pegaba a mis tetas por el calor. Marco y Lupe ya estaban ahí, él con camisa guayabera abierta mostrando pecho velludo, ella en vestido floreado que dejaba ver sus piernas torneadas. Nos dimos la mano, pero el roce fue eléctrico, como chispas en la piel.

"¿Vienes por el buzón tri?" preguntó Marco con voz grave, ronca como tequila reposado. Lupe sonrió, sus ojos brillando. "Sí, carnales. Neta que pintan chido." Charlamos de todo: de la vida en la CDMX, de fantasías compartidas, de límites claros. Todo consensual, todo con respeto. La tensión crecía con cada mirada, cada risa. Sentí su perfume, él a madera y ella a flores silvestres, mezclándose con el mío. Mi clítoris palpitaba bajo la tela, húmeda ya de anticipación.

Decidimos ir a mi depa. En el camino, Lupe me tomó de la mano, sus dedos cálidos entrelazados con los míos. Marco iba atrás, su aliento en mi nuca. Entramos al patio, y ahí estaba el buzón tri, testigo mudo. "Es mágico, ¿verdad?" dije. Nos besamos primero suave, los tres en un círculo. Los labios de Marco eran firmes, con sabor a menta; los de Lupe suaves, dulces como tamarindo. Sus lenguas danzaron, explorando bocas, y yo gemí bajito, sintiendo sus cuerpos pegarse al mío.

Adentro, en mi recámara con luz tenue de velas que olían a canela, la cosa escaló. Me quitaron la camiseta despacio, besando mi cuello, mis hombros. Pinche calor, sus manos queman, pensé mientras Marco lamía mi oreja y Lupe desabrochaba mi brasier. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Lupe los chupó suave, succionando con labios húmedos, mientras Marco bajaba mi zipper, sus dedos rozando mi monte de Venus. "Estás mojada, preciosa", murmuró él, y yo solo pude asentir, jadeando.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel. El aire estaba cargado de nuestro aroma: sudor salado, excitación almizclada. Marco era grande, su verga erecta gruesa y venosa, palpitando. Lupe tenía un coño depilado, labios rosados hinchados. Yo, con mi vello recortado, me sentía reina. Nos acostamos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Primero, besos en cadena: yo a Marco, él a Lupe, ella a mí. Lenguas enredadas, saliva tibia goteando.

Marco se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con manos fuertes pero tiernas. Su lengua lamió mi clítoris lento, círculos perfectos, mientras Lupe besaba mis tetas, pellizcando pezones. ¡Ay, wey, qué rico! grité, arqueando la espalda. El sonido de succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos. Sentía el pulso en mi coño, latiendo, chorreando jugos que Marco bebía con gusto. Lupe se subió a mi cara, su coño rozando mis labios. La probé: salada, dulce, con olor a deseo puro. La lamí ansiosa, metiendo lengua profundo, mientras ella se mecía, gimiendo "¡Sí, así, nena!"

Cambiaron posiciones. Yo monté a Marco, su verga entrando en mí centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Pinche verga enorme, me parte en dos de placer. Reboté despacio al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el glande golpeando mi cervix. Lupe se pegó a mi espalda, besando mi cuello, sus tetas suaves contra mí, dedos en mi clítoris. El slap-slap de carne contra carne era hipnótico, sudor goteando por nuestras espaldas. Marco gruñía, manos en mis caderas, guiándome más rápido.

Lupe se acostó al lado, y Marco la penetró mientras yo lo besaba, lamiendo sus bolas pesadas. Luego, un triángulo perfecto: yo chupando a Lupe, ella a Marco, él a mí. Lenguas y dedos everywhere, orgasmos acercándose como tormenta. "¡Voy a venir!" exclamé, y exploté, coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando. Marco se corrió después, llenándome de leche tibia, espesa, que goteaba por mis muslos. Lupe vino con mis dedos adentro, gritando, cuerpo temblando.

Nos quedamos jadeando, enredados en un montón sudoroso y satisfecho. El olor a sexo impregnaba todo: semen, jugos, sudor. Marco me acarició el pelo, Lupe besó mi frente. "Gracias por el buzón tri", dijo ella. Sonreí, exhausta pero plena.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, pura química mexicana.
Se fueron al amanecer, prometiendo más notas. Yo, mirando el buzón desde la ventana, supe que mi vida acababa de cambiar. El deseo no se guarda en cajones; se vive, se comparte, se repite.

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