Las ASICS Noosa Tri 13 que Encienden el Fuego
El sol de la mañana en Polanco pegaba duro, pero eso no me detenía. Me até las ASICS Noosa Tri 13 con ese ajuste perfecto que me hacía sentir como una diosa del asfalto. Esas tenis triangulares, con su diseño aerodinámico y colores vibrantes, me abrazaban los pies como un amante ansioso. Cada paso en el Bosque de Chapultepec era un roce sensual, el caucho mordiendo el pavimento con un sonido rítmico que aceleraba mi pulso. Sudor ya perlaba mi piel morena, y el olor a tierra húmeda mezclada con mi loción de vainilla me envolvía. Neta, hoy voy a romperla en el entrenamiento, pensé mientras aceleraba el trote.
Ahí estaba él, Marco, el wey que siempre andaba en el circuito de runners. Alto, musculoso, con esa barba recortada y ojos cafés que te desnudaban con una mirada. Llevaba shorts ajustados que marcaban todo, y una playera empapada pegada al pecho. Nuestras miradas se cruzaron cuando pasé a su lado, y sentí un cosquilleo en el estómago.
¿Qué onda, reina? ¿Lista para sudar?me gritó con esa sonrisa pícara. Órale, carnal, este pendejo sabe cómo entrarle.
—Simón, ¿vienes conmigo o qué? —le contesté jadeando, sin parar el paso.
Se unió sin chistar, sincronizando su ritmo con el mío. El aire caliente nos azotaba la cara, y el sonido de nuestras ASICS Noosa Tri 13 —las mías crujiendo suaves contra las suyas— era como un latido compartido. Hablábamos de tonterías: el próximo triatlón en Acapulco, lo chido de las carreras nocturnas, pero debajo de todo eso, la tensión crecía. Sentía su mirada bajando a mis piernas tonificadas, al movimiento de mis nalgas bajo los leggings. Mi corazón latía fuerte, no solo por la carrera. El sudor corría por mi espalda, goteando hasta mis glúteos, y imaginaba sus manos ahí, explorando.
Llegamos a una zona más apartada del bosque, donde los árboles formaban un dosel verde y el bullicio de la ciudad se apagaba. Paramos para estirar, jadeantes. Me agaché, sintiendo el estiramiento en los muslos, y él se acercó demasiado. Su aliento cálido en mi nuca olía a menta y esfuerzo. Ya valió, este wey me prende.
—Tus tenis están cañonas —murmuró, rozando mi pantorrilla con los dedos—. Asics Noosa Tri 13, ¿verdad? Te quedan perfectas, como si fueran parte de ti.
Me enderecé despacio, presionando mi cuerpo contra el suyo por "accidente". —Gracias, carnal. Tú tampoco estás tan pendejo con esos shorts.
Nos reímos, pero la risa se convirtió en silencio cargado. Sus manos subieron a mis hombros, masajeando los músculos tensos. Gemí bajito, el toque era eléctrico, piel contra piel caliente y resbalosa de sudor. Lo miré a los ojos, y ahí estaba la invitación mutua. Nos besamos con hambre, lenguas enredándose con sabor a sal y deseo. Sus labios firmes mordían los míos, y yo clavaba las uñas en su espalda.
Esto es lo que necesitaba, un polvo bien puesto después de tanto correr. Lo empujé contra un árbol grueso, el tronco áspero raspando su playera. Bajé las manos a su entrepierna, sintiendo la verga dura latiendo bajo la tela. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Me arrancó la playera, exponiendo mis tetas al aire libre, pezones erectos por la brisa y la excitación. Los succionó con avidez, lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para hacerme arquear.
Pero no queríamos apuros. —Vamos a mi depa, está cerca —jadeó él, separándose con esfuerzo.
Corrimos de nuevo, riendo como pendejos, el deseo azuzándonos. Llegamos a su penthouse en Reforma, minimalista y fresco con vistas al skyline. La puerta se cerró, y ya estábamos desnudos en segundos. El piso de madera fría bajo mis pies descalzos contrastaba con el calor de su cuerpo. Me levantó en brazos, llevándome a la cama king size. Caímos sobre sábanas de algodón egipcio, suaves como caricia.
Ahí empezó el verdadero fuego. Me besó despacio ahora, trazando un camino por mi cuello, clavícula, hasta mis senos. Cada lamida era un incendio, el sabor de mi piel salada en su boca. Más, wey, no pares, rogaba en silencio. Sus manos expertas masajeaban mis muslos internos, dedos rozando mi panocha húmeda, resbaladiza de jugos. Gemí fuerte cuando introdujo dos dedos, curvándolos justo en el punto G, bombeando lento mientras su pulgar jugaba con el clítoris hinchado.
—Estás chingona mojada, reina —susurró, voz ronca.
—Es por ti, pendejo. Ahora chúpame.
Obedeció como rey. Bajó la cabeza, aliento caliente sobre mi monte de Venus depilado. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga, saboreando todo. El placer era olas: chupadas suaves, succiones firmes, dientes rozando los labios mayores. Olía a sexo puro, almizcle mezclado con mi esencia dulce. Arqueé la cadera, enredando dedos en su pelo revuelto, empujándolo más adentro.
¡Sí, así, cabrón! No pares, órale!
El orgasmo me tomó por sorpresa, un estallido que me dejó temblando, chorros calientes salpicando su barbilla. Él sonrió triunfante, lamiéndose los labios. Ahora mi turno. Lo volteé, poniéndome encima. Su verga era gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La masturbé despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero. Bajé la boca, engulléndola hasta la garganta. Él jadeó, caderas subiendo instintivo. Saboreaba el precum salado, lengua girando en la cabeza sensible. Lo chupaba como lolipop, profunda y húmeda, bolas en mi mano apretando suave.
—Para, o me vengo ya —gruñó.
Me subí a horcajadas, guiando su pinga a mi entrada. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento delicioso. Estábamos empapados, el sonido de carne mojada chapoteando al fondo. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. Él agarraba mis nalgas, guiando el ritmo, pulgares presionando el ano juguetón. El olor a sudor y sexo llenaba la habitación, gemidos mezclándose con el tráfico lejano.
Cambiábamos posiciones como atletas: de lado, él detrás embistiendo profundo, mano en mi clítoris; misionero, piernas en sus hombros para penetración total. Cada thrust era fuego, su pubis chocando mi clítoris, bolas golpeando mi culo. Me vengo otra vez, neta. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, él hinchándose dentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar.
Colapsamos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y brillante. Su corazón tronaba contra mi oreja, respiraciones entrecortadas calmándose. Besos suaves ahora, post-sexo tiernos. —Eso estuvo de a madres —murmuró, acariciando mi espalda.
—Simón, carnal. Gracias por el entreno extra.
Nos quedamos así, mirando el atardecer por la ventana, piernas enredadas. Mis ASICS Noosa Tri 13 tiradas en el pasillo, testigos mudos de la pasión. La vida es chida cuando corres hacia el placer, pensé, acurrucándome más. Mañana, otro kilómetro, otro deseo. Pero hoy, puro afterglow.