Login Ardiente en Tri Counties Bank
El sol de la tarde pegaba duro en mi depa en Redding, California, con ese calor que te hace sudar hasta el alma. Yo, Lupita, estaba sentada en la sala con mi laptop en las piernas, vestida nomás con un shortcito de algodón que se me pegaba a las nalgas por el sudor y una blusita escotada que dejaba ver el encaje de mi brasier negro. Neta, qué pinche calor, pensaba, mientras mis dedos volaban en el teclado tratando de hacer el tri counties bank login. Necesitaba checar mi saldo urgente porque quería comprarme un vestido bien chulo para la cita de esta noche con ese wey del gym que me traía loca.
Pero nada, la página se trababa cada rato. "¡No mames!", grité, golpeando la mesa con la palma. Mi contraseña no entraba, o tal vez era el internet del demonio. Sentía el sudor resbalándome entre los pechos, el olor de mi piel mezclándose con el perfume dulce que me había echado en la mañana. Mi corazón latía rápido, no solo por la frustración, sino porque de repente recordé las piernas musculosas de mi vecino Carlos, el moreno alto que vivía al lado. Ese pendejo siempre me saludaba con una sonrisa que me hacía mojarme las calzones.
De pronto, un golpe en la puerta.
¿Quién vergas será ahora?pensé, levantándome con las tetas rebotando un poco. Abrí y ahí estaba él, Carlos, con una playera ajustada que marcaba sus pectorales y un short de gym que dejaba poco a la imaginación. Olía a jabón fresco y a hombre sudado del entrenamiento, un aroma que me dio un calambre en la panocha.
"¿Todo bien, Lupita? Oí tus madrazos desde mi depa", dijo con esa voz grave, chilanga pero con acento norteño por vivir aquí. Sus ojos cafés bajaron un segundo a mi escote, y sentí un cosquilleo en las chichis.
"Ay, wey, no manches. No puedo hacer el tri counties bank login. Se me trabó la página y necesito ver mi lana ya", le contesté, abanicándome con la mano para que notara mi piel brillante de sudor.
Él sonrió, esa sonrisa pícara. "Déjame ayudarte, carnala. Soy bueno con esas madres tecnológicas". Entró sin que lo invitara, como si supiera que lo quería adentro. Se sentó en el sofá a mi lado, tan cerca que su muslo rozó el mío. El calor de su cuerpo me envolvió, y olí su loción con notas de madera y cítricos. Puse la laptop en sus piernas, y mientras él tecleaba, su brazo me apretó contra él accidentalmente. Chingado, qué duro está su bíceps, pensé, mordiéndome el labio.
La pantalla cargaba el tri counties bank login, pero nosotros ya estábamos en otra onda. "Mira, a lo mejor tu contraseña es muy obvia. ¿Qué pusiste?", preguntó, girando la cabeza. Su aliento cálido me rozó la oreja, y sentí mi clítoris palpitar.
"El nombre de mi ex, pendejo total", confesé riendo bajito. Nuestras miradas se cruzaron, y ahí fue. Sus labios se pegaron a los míos en un beso que sabía a menta y deseo puro. ¡Órale! Su lengua invadió mi boca, explorando, chupando, mientras sus manos subían por mis muslos, apretando la carne suave bajo el short.
Me recargué en el sofá, abriendo las piernas instintivamente. Él gruñó bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. "Lupita, estás bien rica, wey. Desde que te vi sudada así, se me paró la verga". Sus palabras me prendieron como gasolina. Le quité la playera de un jalón, revelando su torso tatuado con un águila chida y abdominales que olían a sudor masculino. Lamí su piel salada, saboreando cada gota mientras bajaba la mano a su short. Ahí estaba, dura como piedra, latiendo bajo la tela.
La laptop pitó: login exitoso en Tri Counties Bank. Pero ¿quién vergas le importaba ya? Carlos me cargó como si no pesara, llevándome a mi cuarto. El colchón crujió bajo nuestro peso. Me arrancó el short, exponiendo mi panocha depilada y ya empapada. "Mírate, toda mojada por mí", murmuró, metiendo dos dedos adentro. Gemí fuerte, arqueando la espalda. El sonido de mis jugos chasqueando llenó la habitación, mezclado con su respiración agitada.
Lo empujé para abajo, queriendo saborearlo. Su verga era gruesa, venosa, con un glande rosado que brillaba de precum. La chupé despacio, sintiendo su pulso en mi lengua, el sabor salado y amargo que me volvía loca. "¡Ah, cabrona, qué buena boca!", jadeó él, enredando los dedos en mi pelo negro. Lo mamé hondo, hasta la garganta, mientras mis tetas rozaban sus muslos peludos.
Pero quería más. "Cógeme ya, Carlos, no mames", le rogué, montándome encima. Su verga entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! Sentí cada vena rozando mis paredes, el estirón delicioso. Cabalgaba fuerte, mis nalgas chocando contra sus huevos con palmadas húmedas. Él me amasaba las chichis, pellizcando los pezones duros como piedras. El olor a sexo nos rodeaba: sudor, panocha excitada, semen próximo.
El ritmo subió. Sus caderas embistieron desde abajo, clavándome más profundo. "¡Más duro, wey! ¡Dame verga!", gritaba yo, sintiendo el orgasmo crecer como una ola en mi vientre. Mis uñas se clavaron en su pecho, dejando marcas rojas. Él rugió, volteándome para ponerme a cuatro. Desde atrás, su vientre peludo contra mi espalda, me taladró sin piedad. El sonido de carne contra carne, mis gemidos agudos, su sudor goteando en mi espinazo...
Exploté primero. Mi panocha se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. "¡Me vengo, chingado!", aullé, temblando entera. Él no tardó: con un bramido, se corrió adentro, chorros calientes inundándome, su verga pulsando como un corazón.
Caímos hechos mierda, jadeando. Su brazo me rodeó, piel contra piel pegajosa. Olía a nosotros, a sexo crudo y satisfecho. La laptop seguía en la sala, con el saldo del Tri Counties Bank abierto, pero qué más da. Carlos besó mi cuello. "Eso fue mejor que cualquier login, ¿verdad, mi reina?"
Sonreí, acurrucándome.
Neta, este wey me conquistó sin contraseña. Afuera, el sol bajaba, pero el calor entre nosotros apenas empezaba.