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XXX Caseros Tríos en Llamas de Pasión

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XXX Caseros Tríos en Llamas de Pasión

Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el cuerpo a la sábana como si el aire acondicionado se hubiera rendido. Yo, Alex, acababa de llegar del jale, sudado y con ganas de una chela fría. Mi morra, Ana, ya estaba en la sala de nuestra departamentito en Polanco, con las luces bajas y música de reggaetón suave sonando bajito. Olía a su perfume de vainilla mezclado con el aroma de las enchiladas que había calentado para cenar. Ella me sonrió con esa mirada pícara que siempre me pone la verga dura al instante.

"Ven wey, siéntate", me dijo tirándome de la camisa. Justo entonces sonó el timbre. Era Luisa, la amiga de Ana del gym, esa morra de curvas asesinas, con el pelo negro largo y unos labios que pedían beso a gritos. Traía una botella de tequila reposado y un short tan corto que se le veían las nalgas redondas cada vez que se movía. Las dos se abrazaron como si no se hubieran visto en meses, riéndose y contándose chismes.

Nos sentamos en el sofá grande, abrimos las chelas y el tequila. El aire se llenó del olor fresco de la cerveza y el ahumado del licor. Hablamos de todo: del pinche tráfico, del jefe pendejo que tengo, de cómo Luisa acababa de terminar con su novio culero. Ana, con sus tetas perfectas apretadas en una blusa escotada, se recargó en mí y empezó a acariciar mi muslo disimuladamente. Sentí su mano subir despacito, rozando mi paquete que ya se hinchaba.

"¿Y si grabamos un xxx caseros tríos pa' nosotros? Como los que vimos el otro día en el cel", soltó Ana de repente, con los ojos brillando de travesura.

Luisa se sonrojó un poquito, pero sonrió. "¿En serio? ¿Aquí en tu casa? Chido, pero nomás pa' nosotros, ¿eh? Nada de subirlo a internet como pendejos". Yo sentí un cosquilleo en el estómago, la sangre bombeando fuerte. El corazón me latía como tamborazo en la cabeza. ¿Un trío casero? Joder, siempre había fantaseado con eso, pero nunca pensé que pasaría con estas dos diosas mexicanas.

El deseo empezó a crecer como fuego lento. Ana se paró, prendió la cámara del iPhone en un trípode improvisado con libros en la mesa. La luz suave del foco iluminaba sus siluetas, haciendo que su piel morena brillara como chocolate derretido. Luisa se mordió el labio, nerviosa pero excitada. Yo las miré, oliendo ya el leve aroma a excitación que empezaba a flotar: ese olor almizclado, dulce, que te hace salivar.

Acto de escalada: Ana se acercó a Luisa primero, como si yo no existiera. Le rozó los labios con los suyos, un beso suave al principio, explorador. Escuché el chasquido húmedo de sus lenguas encontrándose, el jadeo bajito de Luisa. Sus manos se enredaron en el pelo de la otra, tirando suave. Yo me quedé sentado, con la verga latiendo contra el pantalón, el pulso acelerado en las sienes. El calor de la habitación subía, mezclado con su sudor fresco.

"Ven Alex, no te quedes ahí como pendejo", murmuró Ana, rompiendo el beso. Me levanté, la cabeza ligera por el tequila. Me acerqué y besé a Luisa, su boca sabía a chela y a menta, cálida y hambrienta. Ana nos rodeó por detrás, besando mi cuello, sus tetas presionando mi espalda. Sentí sus pezones duros como piedritas a través de la tela. Bajé las manos a las nalgas de Luisa, firmes y redondas, amasándolas mientras ella gemía en mi boca.

Nos fuimos quitando la ropa despacio, como en un ritual. Primero las blusas: las tetas de Ana saltaron libres, grandes y pesadas, con areolas oscuras. Luisa tenía unas más chiquitas pero puntiagudas, perfectas para morder. Olía a su loción de coco, embriagador. Yo me quité la playera, sintiendo el aire fresco en mi pecho sudoroso. Ellas me bajaron el pantalón juntas, riendo cuando mi verga saltó erecta, venosa y palpitante. "¡Mira qué rica verga tienes wey!", exclamó Luisa, lamiéndose los labios.

Ana se arrodilló primero, tomando mi verga en su mano suave, el tacto cálido y firme. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Luisa se unió, sus lenguas bailando alrededor de mi glande, chupando alternadamente. El sonido era obsceno: slurps húmedos, gemidos ahogados. Yo metí las manos en sus cabelleras, oliendo su shampoo de frutas. El placer subía en oleadas, mis huevos apretándose, pero me contuve. Quería que durara.

Las llevé al cuarto, la cama king size crujiendo bajo nuestro peso. El olor a sábanas limpias se mezcló con el de sus coños húmedos. Ana se recostó, abriendo las piernas: su concha rosada y depilada brillaba de jugos. "Chúpame primero", suplicó. Me hundí entre sus muslos, lamiendo su clítoris hinchado, sabor ácido y dulce como tamarindo. Ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte: "¡Sí cabrón, así! ¡No pares!". Luisa se sentó en la cara de Ana, frotando su concha peluda contra su boca. Escuchaba los lametones, los "ahhhs" sincronizados.

Mi verga dolía de ganas. Cambiamos posiciones: yo penetré a Luisa doggy style, su culo en pompa recibiendo cada embestida. Estaba tan mojada que chapoteaba al entrar, apretándome como guante caliente. Ana debajo de ella, lamiendo mis huevos y su clítoris. El sudor nos chorreaba, pieles resbalosas chocando: plaf plaf plaf. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en ebullición. Luisa gritó primero, temblando: "¡Me vengo wey! ¡Chíngame más!". Su concha se contrajo, ordeñándome.

La tensión crecía, mis músculos tensos, el corazón retumbando. Saqué y metí en Ana, misionero profundo, sus piernas envolviéndome. Luisa nos besaba a los dos, pellizcando pezones. "Este xxx caseros tríos es lo mejor que hemos hecho", jadeó Ana. Yo aceleré, sintiendo el orgasmo subir como volcán. Ellas se tocaron mutuamente, dedos en clítoris, gemidos en estéreo.

Clímax y cierre: No aguanté más. Gruñí como animal, descargando chorros calientes dentro de Ana, que se vino conmigo, arañándome la espalda. Luisa se masturbó viéndonos, explotando en un grito ronco. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas llenando el cuarto. El aire olía a semen, a coños satisfechos, a pieles calientes.

Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. Ana apagó la cámara con una sonrisa. "Este video de xxx caseros tríos va a ser nuestro tesoro". Luisa besó mi pecho: "Gracias por hacerme sentir tan rica". Yo las abracé, el cuerpo pesado de placer, el alma en paz. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestro hogar, habíamos creado algo eterno: pasión compartida, sin culpas, puro amor carnal.

Al día siguiente, desayunamos huevos con chorizo, riéndonos de la noche. No hubo arrepentimientos, solo promesas de más. Porque en la vida, wey, los mejores tríos son los caseros, los que encienden el alma antes que el cuerpo.

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