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Prueba Sin Censura (1)

6918 palabras

Prueba Sin Censura

Entraste a esa boutique en Polanco con el corazón latiéndote a mil por hora. El aire olía a perfume caro mezclado con el aroma fresco de telas nuevas, y las luces tenues jugaban con los maniquíes vestidos de lencería provocativa. Habías venido a buscar algo especial para esa noche con tu carnal, pero desde que pusiste un pie adentro, los ojos de él te atraparon. Se llamaba Alex, un morro alto, de piel morena y sonrisa pícara que gritaba travesuras. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus músculos y te miró como si ya supiera lo que querías probar.

"¿En qué te ayudo, reina?", dijo con esa voz grave que te erizó la piel. Tú, con tu falda corta y blusa escotada, sentiste un cosquilleo en el estómago. "Busco algo sexy para una ocasión especial", respondiste, mordiéndote el labio sin querer. Él asintió, guiñándote un ojo. "Ven, te muestro lo mejor que tenemos. Algo que te va a hacer sentir como diosa".

Te llevó a la sección de conjuntos de encaje negro, rozando apenas tu brazo con el suyo. El calor de su cuerpo te llegó como una promesa. Te dio un bra y un tanga diminuto. "Prueba esto, y si quieres, te ayudo con el cierre". Reíste, juguetona. "Órale, carnal, no mames". Pero en el fondo, la idea te encendía. Desapareciste en el vestidor amplio, con espejo de cuerpo entero y cortina gruesa que apenas dejaba pasar la luz.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es una prueba sin censura total, pero se siente tan bien el riesgo.

Te quitaste la ropa despacio, sintiendo el aire fresco acariciar tu piel desnuda. El espejo reflejaba tus curvas, pechos firmes y caderas anchas que sabías volvían locos a los hombres. Te pusiste el bra, el encaje rozando tus pezones ya endurecidos. El tanga se ajustó perfecto, marcando tu trasero redondo. Saliste un segundo, llamándolo bajito. "Alex, ven a ver".

Él entró, cerrando la cortina con un movimiento fluido. Sus ojos se devoraron tu cuerpo de arriba abajo. "¡Qué chingona te ves, nena! Eso es prueba sin censura pura". Su voz ronca te vibró en el pecho. Se acercó, fingiendo ajustar la tira del bra, pero sus dedos temblaron al tocar tu hombro desnudo. El olor de su colonia masculina, a madera y cítricos, te invadió las fosas nasales. Sentiste su aliento caliente en tu cuello.

"¿Te gusta?", murmuraste, girándote para que viera todo. Él tragó saliva, su mirada fija en tus tetas. "Me encanta. ¿Quieres probar algo más atrevido?". Asentiste, el pulso acelerado latiéndote en las sienes. Te dio un babydoll transparente, rojo fuego. Dentro del vestidor, el espacio se sentía más pequeño, cargado de electricidad. Te lo pusiste, y él no se fue. "Déjame ayudarte con el lazo", dijo, sus manos grandes en tu espalda baja.

El roce fue eléctrico. Sus dedos bajaron, rozando la curva de tu nalguita. Tú giraste, enfrentándolo. Nuestros ojos se clavaron. "Prueba sin censura, ¿verdad?", susurraste, y él sonrió lobuno. "Exacto, mi reina. Nada de medias tintas". Sus labios capturaron los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo puro. Gemiste contra su boca, tus manos enredándose en su cabello negro azabache.

El beso se profundizó, sus manos explorando tu cuerpo bajo la tela fina. Sentiste su verga endureciéndose contra tu vientre, dura como piedra. El calor entre tus piernas crecía, humedad empapando el tanga. "Alex, esto está cabrón", jadeaste, mordiendo su labio inferior. Él gruñó, bajando las tiras del babydoll para exponer tus pechos. Sus labios bajaron, chupando un pezón con succiones expertas que te arquearon la espalda. El sonido húmedo de su boca en tu piel, mezclado con tus gemidos ahogados, llenaba el vestidor.

No puedo parar. Su lengua es fuego, y yo ardo por dentro. ¿Y si nos cachan? Eso lo hace más rico.

Lo empujaste contra la pared, desabrochando su camisa con dedos ansiosos. Su pecho tatuado, con un águila mexicana estilizada, olía a sudor limpio y hombre. Bajaste la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomaste en tu mano, sintiendo su calor y grosor. "¡Qué mamada de verga, carnal!", exclamaste, y él rio bajito. "Pruébala sin censura, nena". Te arrodillaste, el piso fresco contra tus rodillas, y la lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeó, manos en tu cabeza, guiándote suave.

Chupaste con ganas, garganta profunda, el sonido de succión resonando. Sus gemidos roncos te mojaban más. "¡Sí, así, mi amor! Eres una diosa". Te levantó, girándote frente al espejo. "Mírate mientras te cojo", murmuró, bajando tu tanga. Su dedo entró en tu panocha empapada, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. Gemiste alto, viéndote en el espejo: mejillas sonrojadas, labios hinchados, ojos vidriosos.

Él se posicionó atrás, verga rozando tu entrada. "Dime si quieres", pidió, voz tensa de contención. "¡Sí, chíngame ya!", rogaste. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. El placer te cortó el aliento, su grosor llenándote por completo. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, el slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. El espejo mostraba todo: su cara de éxtasis, tus tetas rebotando, su verga desapareciendo en ti.

Agarró tus caderas, acelerando. El olor a sexo crudo llenaba el aire, sudor perlando nuestras pieles. "¡Más fuerte, pendejo!", gritaste juguetona, y él obedeció, follando con fuerza animal. Tus paredes lo apretaban, orgasmo construyéndose como ola. Tocaste tu clítoris, círculos rápidos, y explotaste primero: grito ahogado, cuerpo temblando, jugos chorreando por tus muslos. Él gruñó, saliendo para correrse en tu espalda, chorros calientes marcando tu piel.

Nos quedamos jadeando, abrazados contra la pared. Su semen chorreaba tibio por tu espina. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue la mejor prueba sin censura de mi vida", murmuró en tu oído, riendo. Tú sonreíste, girándote para besarlo profundo. "Y ni terminamos de comprar".

Salieron del vestidor como si nada, pero con miradas cómplices. Compraste el conjunto entero, más unos extras que él recomendó. En la calle, el sol de la tarde calentaba tu piel aún sensible, recordándote cada roce. Caminaste con piernas flojas, el recuerdo de su verga dentro latiendo en tu centro.

Esto no fue solo sexo. Fue liberación pura, dos cuerpos conectados en el caos perfecto de Polanco. Quiero más pruebas así, sin filtros, sin censura.

De regreso a casa, le mandaste un mensaje: "Gracias por la prueba sin censura, carnal. Mañana repetimos". Su respuesta llegó al instante: "Cuando quieras, mi reina". El deseo no se apagó; solo creció, prometiendo noches de fuego mexicano.

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