Ninfomanía al Estilo Lars von Trier
Me llamo Sofía, tengo treinta y dos años y vivo en un departamento chido en la Roma Norte, con vista a los árboles que se mecen con el viento de la tarde. Esa noche, sola con una copa de mezcal ahumado que sabe a tierra y fuego, decidí ver Ninfomaniac de Lars von Trier. Neta, no sé qué me pasó. La pantalla se llenó de esa mujer insaciable, Joe, contando su vida como un río desbordado de deseo. Sus ojos hambrientos, el sudor brillando en su piel pálida, el sonido de respiraciones agitadas y gemidos que retumbaban en mis oídos como tambores chamánicos. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos, donde el calor se acumulaba como miel derretida.
¿Y si yo fuera así? ¿Y si esta ninfomanía de Lars von Trier me despertara algo que llevo guardado? me dije, mientras mis dedos rozaban el borde de mi blusa de algodón suave, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela. El aroma de mi propia excitación empezó a flotar en el aire, mezclado con el humo del mezcal. Apagué la tele, pero las imágenes seguían bailando en mi cabeza. No aguanté más. Me puse un vestido negro ajustado que marca mis curvas, tacones altos que hacen eco en el piso de madera, y salí a la calle. La noche de la Ciudad de México me recibió con su bullicio: cláxones lejanos, risas de borrachos, el olor a tacos al pastor asándose en la esquina.
Entré al bar La Occidental, ese lugar con luces tenues y jazz suave que me pone de buenas. Pedí un cuba libre, el hielo crujiendo contra el vidrio frío, y ahí lo vi: Diego, sentado en la barra, con una playera negra que deja ver sus brazos tatuados y una sonrisa pícara que dice ven pa'cá, wey. Nuestras miradas se cruzaron como chispas. Se acercó, oliendo a colonia fresca y algo más, como a hombre después de un día largo.
—Órale, qué buena onda verte por aquí —dijo, con voz grave que vibró en mi pecho.
—Neta, la noche está para aventarse una —respondí, lamiendo el borde salado de mi vaso, sintiendo la sal en la lengua como un beso previo.
Hablamos de todo: de la vida loca, de películas que te revuelven el alma. Y entonces, solté lo que traía guardado.
—Acabo de ver Ninfomaniac de Lars von Trier. Esa ninfomanía me dejó pensando... ¿tú qué opinas de eso?
Sus ojos se iluminaron, se acercó más, su rodilla rozando la mía bajo la barra. El toque fue eléctrico, como corriente bajando por mi espina.
—Pues neta, esa peli es fuego puro. Lars von Trier sabe cómo meterte en la cabeza el deseo sin frenos. ¿Quieres que te cuente mi parte?
La charla fluyó como tequila por la garganta: caliente, ardiente, inevitable. Sentí su aliento en mi oreja cuando se inclinó, oliendo a menta y ron. Mi piel se erizó, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Este wey me prende, carajo, pensé, mientras mi mano rozaba su muslo por "accidente", sintiendo el músculo firme bajo el pantalón.
No pares, Sofía, déjate llevar como Joe en esa película.
Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra mi piel caliente. Caminamos hasta su auto, un Tsuru viejo pero chido, con asientos de vinilo que crujen al sentarnos. En el camino a su depa en la Condesa, su mano subió por mi pierna, dedos trazando círculos lentos en mi piel desnuda. Gemí bajito, el sonido ahogado por el rugido del motor. Paró en un semáforo, me jaló hacia él y me besó. Sus labios eran suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con sabor a ron y deseo. Mordí su labio inferior, tirando suave, y él gruñó, un sonido animal que me mojó entera.
Llegamos a su casa, un loft con ventanales enormes que dejan ver las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. Cerró la puerta y me empujó contra la pared, sus manos en mi cintura, subiendo hasta mis senos, amasándolos con urgencia. Quitó mi vestido de un tirón, el aire fresco besando mi piel desnuda. Solo traía un tanga rojo de encaje que ya estaba empapado.
—Estás rica, Sofía. Quiero comerte entera —murmuró, arrodillándose.
Su boca encontró mi panocha a través de la tela, lamiendo lento, el calor de su lengua haciendo que mis rodillas temblaran. El olor a mi excitación lo invadió todo, almizclado y dulce. Me quité el tanga, y él hundió la cara, chupando mi clítoris con maestría, dos dedos dentro de mí curvándose justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Grité, mis uñas en su cabello, tirando fuerte. Sí, cabrón, así, como en esa ninfomanía de Lars von Trier.
Lo jalé arriba, desabroché su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la dureza, el precum salado en mi lengua cuando la lamí desde la base hasta la punta. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome suave. La tragué profunda, garganta relajada, el sabor salado y masculino llenándome la boca. Qué chingona mamada, pensó él en voz alta, y yo sonreí con la boca llena.
Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó a la cama king size con sábanas de satén negro que rozan la piel como caricia. Me puso a cuatro patas, su verga rozando mi entrada, lubricada y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El sonido de piel contra piel empezó: plaf, plaf, rítmico como corazón acelerado. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, profundo, tocando mi cervix con cada embestida. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, salado en mi lengua cuando volteé a lamerlo.
—Más fuerte, Diego, cógeme como si no hubiera mañana —supliqué, voz ronca.
Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando, pezones duros rozando su pecho velludo. Sentía cada vena de su verga dentro de mí, el roce perfecto. Él chupaba mis tetas, mordiendo suave, enviando ondas de placer hasta mi clítoris. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, deseo crudo. Mis gemidos se volvieron gritos, el orgasmo construyéndose como tormenta en el desierto.
Esta es mi ninfomanía, al estilo Lars von Trier, pero chingona y mexicana.
Exploté primero, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él no paró, embistiendo hasta que gruñó fuerte, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. Su corazón latiendo contra el mío, rápido al principio, calmándose juntos.
Nos quedamos así un rato, besándonos lento, lenguas perezosas. Me acurruqué en su pecho, oliendo su piel salada, sintiendo la paz después de la tormenta. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo estábamos nosotros, satisfechos.
—¿Ves? Esa ninfomanía de Lars von Trier nos pegó a los dos —dijo riendo bajito.
—Neta, wey, pero la nuestra es mejor. Mañana repetimos —respondí, mordiéndole el hombro juguetona.
Me dormí con su brazo alrededor, soñando con más noches así: libres, calientes, sin culpas. Al despertar, el sol filtrándose por las cortinas, su mano ya exploraba de nuevo. Pero esa es otra historia.