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La Dolo Bedoyecta Tri que Despertó Mi Fuego

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La Dolo Bedoyecta Tri que Despertó Mi Fuego

Tenía un pinche dolor de espalda que no me dejaba ni respirar bien. Después de unas clases intensas en el gym, mis músculos gritaban como si los hubiera apaleado. Neta, pensé, tengo que hacer algo rápido. Mi compa del trabajo, que siempre anda con sus remedios caseros, me dijo: "Órale, Ana, píllate una Dolo Bedoyecta Tri, eso te va a dejar como nueva, carnala". No lo pensé dos veces. Saqué el cel y marqué a un servicio de enfermería a domicilio. Vivía en un depa chido en la Condesa, con vista al parque, nada de dramas ni pobreza, solo yo queriendo sentirme bien para salir a conquistar la noche.

Media hora después, sonó el interfón. Bajé a abrir y ahí estaba él: Marco, el enfermero. Alto, moreno, con brazos que parecían tallados en gimnasio y una sonrisa que me hizo mojar de solo verlo. Llevaba su bata blanca ajustada, oliendo a jabón fresco y un toque de colonia masculina que me invadió las fosas nasales como un afrodisíaco. "Buenas tardes, ¿Ana?", dijo con voz grave, como ronroneo de león. "Simón, pasa, wey, mi espalda está hecha mierda". Lo guié escaleras arriba, sintiendo sus ojos en mi short de yoga que apenas cubría mis nalgas firmes.

En la sala, con la luz suave del atardecer filtrándose por las cortinas, preparó todo sobre la mesa de centro. La jeringa relucía bajo la lámpara, el frasco de Dolo Bedoyecta Tri verde y prometedor. "Es una vitamina B potente, te va a relajar los nervios rapidito", explicó mientras llenaba la aguja. Me senté en el sofá, nerviosa pero excitada. "¿Dónde te duele más?", preguntó, su mano rozando mi hombro. "En la lumbar, pero inyéctamela en la nalga, pa' que pegue fuerte". Se rio bajito. "Órale, pues bájate el short y ponte de lado".

¿Qué chingados estoy haciendo? Este vato me ve las pompas y yo aquí temblando como quinceañera. Pero su toque... ay, su toque prometía más que una simple inyección.

Me acomodé, bajando el short hasta las rodillas, exponiendo mi piel suave y bronceada. El aire fresco besó mi trasero, erizándome la piel. Marco se arrodilló detrás de mí, su aliento cálido cerca de mi carne. Limpió el sitio con alcohol, el frío líquido evaporándose con un cosquilleo. "Relájate, güey, va a picar un poquito pero luego puro placer". Su dedo grande trazó un círculo para desinfectar, y juro que sentí un chispazo directo a mi clítoris. "Listo", murmuró, y la aguja entró. Un ardor agudo, como fuego líquido, se expandió desde el músculo. Gemí bajito, no de dolor puro, sino de algo más profundo, una mezcla que me aceleró el pulso.

"Ya está, mírate, qué fuerte eres", dijo retirando la aguja con cuidado. En vez de irse, sus manos grandes empezaron a masajear el sitio de la inyección, amasando mi nalga con movimientos firmes y lentos. El calor de sus palmas se filtraba en mi piel, disipando el dolor mientras despertaba algo salvaje. Olía su sudor limpio mezclado con mi aroma de mujer excitada. "Esto ayuda a que se absorba mejor", justificó, pero su voz ronca delataba el deseo. Volteé la cara, nuestros ojos se clavaron. Los suyos, oscuros y hambrientos. "¿Te gusta?", pregunté juguetona. "Mucho, carnala, tienes un culo de infarto".

La tensión creció como tormenta. Me giré despacio, aún semidesnuda, y lo jalé por la bata. Nuestros labios chocaron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a menta de su chicle y mi gloss de fresa. Sus manos subieron por mi espalda, ahora sin dolor gracias a la Dolo Bedoyecta Tri, masajeando mientras me quitaba la blusa. Gemí en su boca, sintiendo sus músculos duros contra mis tetas suaves. "Eres un pendejo tentador", le susurré, mordiéndole el labio. "Y tú una diosa, Ana, me traes loco desde que te vi".

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Su verga ya dura presionaba contra mi entrepierna a través del pantalón. La froté despacio, oyendo su gruñido gutural que vibró en mi pecho. Desabroché su bragueta, liberándola: gruesa, venosa, palpitante con olor almizclado a macho listo. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, mientras él enredaba dedos en mi pelo. "Chúpamela, rey", jadeó. La engullí profunda, mi garganta acomodándose a su tamaño, saliva chorreando mientras succionaba con hambre. Sus caderas se movían, follándome la boca con ritmo creciente, sonidos húmedos llenando la habitación.

La Dolo Bedoyecta Tri corría por mis venas como elixir, pero esto... esto era el verdadero fuego, el que me hacía arder entera.

No aguanté más. Me quité el short del todo, empapada, mi coño brillando de jugos. "Fóllame ya, Marco, no seas mamón". Se puso de pie, me levantó como pluma y me recargó en la pared, mis piernas envolviéndolo. Entró de un embiste, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, sus embestidas potentes golpeando mi clítoris con cada roce. El sudor nos unía, piel resbaladiza, olores intensos de sexo crudo: su almizcle, mi dulzor, el aire cargado. "¡Más duro, cabrón!", exigí, uñas clavadas en su espalda. Él obedecía, gruñendo "Eres tan apretada, tan rica", mordiendo mi cuello mientras me penetraba sin piedad.

Cambié de posición, queriendo control. Lo tiré al piso, alfombra suave bajo nosotros, y lo cabalgué salvaje. Mis tetas rebotaban, él las chupaba con lengua experta, pinchando pezones duros. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos agudos, su respiración entrecortada: sinfonía erótica. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el calor acumulándose en mi vientre. "Me vengo, pendeja deliciosa", avisó tenso. "Dentro, lléname", rogué. Explosión simultánea: mi coño convulsionando ordeñándolo, chorros calientes inundándome, olas de éxtasis sacudiéndome hasta las yemas.

Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados en charco de sudor y fluidos. Su mano acariciaba mi nalga inyectada, ahora solo placer residual. "La Dolo Bedoyecta Tri fue lo de menos, el verdadero remedio fuiste tú", murmuró besándome la frente. Reí suave, oliendo su pelo húmedo. "Neta, wey, vuelve cuando quieras con otra dosis". El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, mientras el dolor era recuerdo lejano y mi cuerpo vibraba en afterglow perfecto. Sabía que esto no acababa aquí; el fuego apenas empezaba.

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