Bedoyecta Tri Inyectable Farmacia Guadalajara La Picada que Despierta el Fuego
Estaba hecha un trapo esa mañana. Después de una semana de chamba interminable en la oficina del centro de Guadalajara, mi cuerpo pedía tregua. Sentía las piernas como gelatina y un cansancio que me calaba hasta los huesos. Mi carnal, Javier, me vio llegar arrastrando los pies y soltó un ¡Órale, nena, te ves peor que yo después de un pedo con los cuates! Se rió, pero en sus ojos había preocupación. Llevábamos tres años juntos, viviendo en un departamentito chido en Providencia, y él siempre andaba pendiente de mí.
—Mira, amor —me dijo mientras me servía un café bien cargado—, ¿por qué no te echas una Bedoyecta Tri inyectable? Dicen que es la neta para recargar pilas. La venden en Farmacia Guadalajara, a la vuelta.
El aroma del café me subió por la nariz, fuerte y terroso, mezclándose con el olor a jabón de su piel después de la regadera. Asentí, porque la idea me latió. Javier era de esos que siempre tenía un remedio casero o de farmacia para todo. Me vestí con unos jeans ajustados que me marcaban las curvas y una blusita escotada, porque aunque estuviera muerta de sueño, no iba a salir como pordiosera.
Salimos tomados de la mano, el sol de Guadalajara pegando duro en la calle, con el ruido de los cláxones y los vendedores ambulantes gritando sus elotes. Farmacia Guadalajara estaba a dos cuadras, con su letrero verde chillón brillando como faro. Adentro, el aire acondicionado me dio en la cara como una caricia fría, oliendo a desinfectante y medicinas. La farmacéutica, una morra guapa de unos treinta, con bata blanca ceñida, me sonrió.
—¿Bedoyecta Tri inyectable? —preguntó, como si leyera mi mente.
—Sí, güey, la de las tres vitaminas —respondí, sintiendo ya un cosquilleo de anticipación.
Javier pagó y me jaló a una salita privada atrás del mostrador. La farmacéutica nos dejó solos con la jeringa lista, el líquido ámbar brillando bajo la luz fluorescente. Esto va a doler un poquito, pero luego te sientes como nueva, me advirtió ella antes de irse.
¿Y si esto no funciona? ¿Y si sigo siendo un zombie? No, carnal, confía. Javier me cuida como nadie.
Javier tomó la jeringa con manos firmes, sus dedos callosos rozando mi brazo. Me remangué la blusa, exponiendo la piel suave de mi nalga. —Relájate, mi reina —susurró, su aliento cálido en mi oreja. El pinchazo fue rápido, un ardor agudo que se expandió como fuego líquido por mi vena. Gruñí bajito, pero él me besó el hombro, su lengua saboreando mi sal. Luego, el calor. Un calor que subía desde mi cadera, recorriendo mi espinazo, haciendo que mi corazón latiera como tamborazo en fiesta.
Salimos de la farmacia y el mundo se sentía diferente. Los colores más vivos, el sol como caricia en vez de quemadura. Mi piel hormigueaba, sensible a cada roce de la mano de Javier. Caminamos de vuelta, pero yo ya no arrastraba los pies; brincaba casi, con una energía que me hacía sentir invencible. ¡La Bedoyecta Tri inyectable de Farmacia Guadalajara es la buena!, pensé, riendo para adentro.
Acto uno cerrado, pero el deseo ya bullía. En el depa, tiré las llaves sobre la mesa con un ruido seco. Javier me miró, arqueando la ceja. —Órale, ¿ya te pegó?
—Más que pegarme, me prendió —respondí, acercándome con caderas balanceantes. Lo empujé contra la pared del pasillo, mis manos en su pecho ancho, sintiendo los músculos tensarse bajo la playera. Olía a él, a sudor limpio y colonia barata que me volvía loca. Nuestros labios se chocaron, besos hambrientos, lenguas enredándose con sabor a café y promesas.
Acto dos: la escalada. Lo jalé al cuarto, la luz del mediodía filtrándose por las cortinas, pintando rayas doradas en la cama king que habíamos comprado a plazos. Me quité la blusa de un tirón, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras por el roce del aire. Javier jadeó, sus ojos devorándome. —Eres una diosa, pinche reina, murmuró, quitándose la ropa con prisa torpe.
Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretando donde aún ardía la picada. El dolor se mezclaba con placer, un recordatorio punzante de la inyección que me había transformado. Caí de rodillas, el piso fresco contra mis rodillas, y desabroché su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, oliendo a macho excitado. La tomé en la boca, saboreando la piel salada, la cabeza suave pulsando contra mi lengua. Javier gruñó, enredando dedos en mi pelo. —¡Ay, cabrona, qué rica chupas!
Me levantó como pluma, tirándome a la cama. Las sábanas frescas me recibieron, crujiendo bajo mi peso. Se abalanzó, besando mi cuello, mordisqueando hasta dejar marcas rojas. Sus manos bajaron, dedos hurgando mi panocha ya empapada, resbalosa de jugos. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. —Métemela ya, pendejo, no me hagas sufrir, supliqué, arqueando la espalda.
Pero él jugaba, lamiendo mis tetas, succionando pezones con vacuums que me hacían ver estrellas. El olor a sexo llenaba el aire, almizclado y dulce. Mi clítoris palpitaba, rogando. Finalmente, se posicionó, su verga rozando mi entrada, caliente y dura. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo.
Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando sudor. El colchón gemía con nosotros, el ventilador zumbando arriba como testigo. Aceleramos, mis uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos. —Más fuerte, Javier, rómpeme, gritaba, perdida en el fuego que la Bedoyecta había avivado. Él obedecía, embistiendo como toro, bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas.
Esto es vida. Energía pura, deseo puro. Gracias, Farmacia Guadalajara, por esa pinche inyección mágica.
La tensión crecía, espiral infinita. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas botando, pelo volando. Sus manos en mis caderas guiando, ojos fijos en los míos, conexión profunda más allá de lo físico. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sentí el orgasmo venir, olas desde el estómago, apretando su verga como puño.
—Voy a venirme, amor, avisó él, voz ronca.
—Adentro, lléname —rogué, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo en espasmos, leche caliente inundándome, chorros que me empapaban. Grité, él rugió, el mundo blanco y negro fundiéndose en placer puro.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos enredados, pechos agitados, piel pegajosa. El sol bajaba, tiñendo la habitación de naranja. Javier me besó la frente, suave. —Te ves radiante, mi vida. Esa Bedoyecta Tri inyectable de Farmacia Guadalajara fue lo mejor que pudimos hacer.
Reí bajito, acurrucándome en su pecho, escuchando su corazón calmarse. El ardor en la nalga era un trofeo dulce, recordatorio de cómo una simple picada había reavivado nuestro fuego. Afuera, Guadalajara bullía con su caos alegre, pero aquí, en nuestra cama, todo era paz y promesas. Mañana, más vida, más pasión. Porque con él, y esa energía nueva, nada nos paraba.