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Videos Pornos de Tríos que Despiertan Pasiones

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Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el calor de la noche de julio pegándome como una chinga. El ventilador zumbaba pendejo en el techo, moviendo el aire caliente que olía a tacos de la esquina y a mi perfume dulzón de vainilla. Me tiré en la cama con la laptop, aburrida hasta la madre después de un día de pinche oficina. ¿Qué chingados hago para distraerme? pensé, mientras mis dedos volaban por el teclado. Busqué videos pornos de tríos, porque últimamente esas weas me traían loca. No sé por qué, pero la idea de tres cuerpos enredados, sudados y gimiendo, me hacía mojarme nomás de imaginarlo.

El primer video que saltó fue uno con una morra güera, dos vatos musculosos y piel bronceada como la nuestra. Los gemidos salían del parlante, roncos y urgentes, como si me estuvieran hablando directo a mí. Vi cómo las manos de uno se perdían entre las piernas de ella, mientras el otro le chupaba las tetas con hambre de lobo. Mi mano bajó sola a mi short, rozando la tela húmeda de mi calzón.

¡Carajo, Ana, esto está muy cabrón!
me dije en voz baja, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris. El olor a mi propia excitación empezó a llenar la habitación, ese aroma almizclado y salado que me volvía loca.

Apagué la laptop de un jalón cuando oí la llave en la puerta. Era Sofía, mi roomie, con su risa escandalosa y el pelo revuelto de la peda con sus compas. ¿Y si le digo? pensé, con el corazón latiéndome como tambor. Sofía era una chava de veintiocho, curvas de infarto, ojos cafés que te desnudaban con una mirada. Detrás de ella entró Marco, su carnal de la prepa, alto, tatuado en el brazo con un águila chida y sonrisa pícara. Los tres nos miramos un segundo eterno, con el aire cargado de algo que no era solo chela.

—Órale, Ana, ¿qué pedo? Tienes cara de que viste un fantasma —dijo Sofía, tirándose en el sofá y abriendo una cerveza fría que sacó de la hielera.

—Nada, wey... Estaba viendo unas porquerías —confesé, riéndome nerviosa. Marco se acercó, oliendo a colonia barata y sudor fresco, y me miró con curiosidad.

—¿Qué porquerías? Enséñanos, no seas fresa —insistió él, sentándose a mi lado. Su muslo rozó el mío, cálido y firme, y sentí un chispazo directo a mi entrepierna.

En el segundo acto de la noche, la tensión se armó como tormenta. Les conté de los videos pornos de tríos, y en lugar de burlarse, sus ojos se iluminaron. Sofía sacó su cel y buscó uno rapidito, poniéndolo en la tele grande. Los tres nos amontonamos en el sofá, con las luces bajas y el ventilador ahora como cómplice. En la pantalla, una pareja y otra morra se comían a besos, lenguas enredadas, saliva brillando bajo las luces del video. El sonido de succiones húmedas y jadeos llenaba el depa, mezclándose con nuestras respiraciones pesadas.

Mi mano temblaba al tocar la de Sofía, suave como seda, y ella no la quitó. Al contrario, la entrelazó con la mía mientras Marco nos veía, su verga ya marcada bajo los jeans. Esto va a pasar, ¿verdad? ¿Estamos listos? pensé, con el estómago revuelto de nervios y deseo. Sofía giró la cara hacia mí, sus labios carnosos a centímetros, oliendo a menta de chicle. —Ana, ¿quieres que hagamos como en el video? —susurró, su aliento caliente en mi oreja.

Asentí, muda, y ella me besó. Fue lento al principio, labios suaves probando, lenguas tímidas rozándose con sabor a cerveza y fruta. Marco gimió bajito, su mano grande bajando por mi espalda, desabrochando mi bra con maestría. Sentí sus dedos ásperos en mi piel, erizándola toda, mientras Sofía me quitaba la blusa y lamía mi cuello, dejando un rastro húmedo que olía a su perfume floral mezclado con sudor.

Nos paramos, tambaleantes de pura adrenalina, y nos fuimos al cuarto. La cama king size crujió bajo nuestro peso. Marco se desnudó primero, su cuerpo fibroso brillando bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Su verga erecta, gruesa y venosa, palpitaba al ritmo de su pulso. Sofía lo miró con hambre y se arrodilló, chupándosela despacio, la boca llena haciendo sonidos obscenos de succión. Yo observaba, mis pezones duros como piedras, tocándome la panocha empapada, el jugo resbalando por mis muslos.

—Ven, ricura —me dijo Marco, extendiendo la mano. Me uní, besándolo mientras Sofía nos lamía a los dos, su lengua alternando entre mi clítoris hinchado y la base de su verga. El sabor salado de su piel en mi boca, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Mis gemidos se mezclaban con los de ella, roncos y suplicantes. Los videos pornos de tríos no se comparaban con esto: era real, caliente, nuestro.

La intensidad subió como fiebre. Marco me penetró primero, lento, abriéndome centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente. Grité, clavándole las uñas en la espalda, mientras Sofía me besaba los pechos, mordisqueando los pezones con dientes suaves. El slap-slap de su cadera contra la mía resonaba, sudor goteando, mezclándose en charcos en las sábanas. Ella se subió a mi cara, su panocha depilada rozando mis labios, jugosa y dulce como mango maduro. La lamí con ganas, sorbiendo su clítoris, oyendo sus alaridos: —¡Sí, Ana, así, cabrona!

Cambiábamos posiciones como en un baile salvaje. Sofía encima de Marco, rebotando con tetas saltando, yo lamiéndole el culo mientras él me metía los dedos. El aire olía a semen preeyaculatorio, a coños calientes y pieles frotadas. Mi orgasmo vino primero, un tsunami que me hizo convulsionar, chorros mojando las sábanas, el grito ahogado en la almohada. Marco gruñó como bestia, llenándome de leche caliente que se desbordaba, mientras Sofía se corría en su cara, temblando y arañándonos a todos.

En el afterglow, el tercero acto se desplegó suave como caricia post-sexo. Nos tendimos enredados, pieles pegajosas enfriándose, respiraciones calmándose. Marco nos abrazaba a las dos, su pecho ancho subiendo y bajando. Sofía trazaba círculos en mi vientre con el dedo, oliendo aún a nuestro jugo compartido.

Esto no fue solo un polvo, fue conexión pura, wey
, pensé, con una sonrisa boba.

—Pinches videos pornos de tríos... Nos inspiraron chido —dijo Sofía, riendo bajito.

—Y no fue la última vez —agregó Marco, besándonos las frentes.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, saboreando el eco de placeres compartidos. Mi cuerpo dolía rico, marcado por mordidas y chupones, pero el alma flotaba. En la Condesa, entre el bullicio matutino de coches y vendedores, habíamos encontrado nuestro propio trío perfecto, consensual y ardiente como chile en nogada.

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