Poringa Trios en Carne Propia
Neta que esa noche en el antro de Polanco todo pintaba chido. Yo, Jorge, andaba con mis dos comadres de toda la vida, Ana y Carla. Las dos son unas poringas de campeonato, con curvas que matan y una risa que te hace babear. Ana, morena chaparrita con tetas firmes que se marcan bajo la blusa escotada, y Carla, güera alta con un culo redondo que hipnotiza cuando baila. Estábamos en la barra, chelas en mano, la cumbia retumbando en los parlantes y el aire cargado de sudor y perfume barato.
"Wey, ¿has visto esos poringa trios que andan en la red? ¡Pura madre, cómo se avientan!", le dije a Ana mientras le pasaba la chela helada, rozando su mano suave y tibia.
Ella se rió, echando la cabeza pa'trás, su cabello negro cayendo como cascada. "¡No mames, Jorge! Esos videos me prenden cañón. Imagínate uno en vivo, ¿no?". Carla se acercó, pegando su cadera a la mía, su piel oliendo a vainilla y algo más, como deseo crudo. "Yo sí me apunto, neta. ¿Por qué nomás verlos en Poringa?". Sus ojos verdes brillaban con picardía, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el trago se me hubiera subido de golpe.
La tensión ya estaba ahí, flotando como el humo de los cigarros electrónicos. Bailamos pegaditos, sus cuerpos rozando el mío al ritmo de la música. El sudor de Ana me mojaba la camisa, su aliento caliente en mi cuello cuando me susurraba tonterías al oído. Carla me apretaba la mano contra su cintura, guiándola bajito, casi rozando el borde de su falda. ¿Esto va en serio o nomás es el pedo?, pensé, pero mi verga ya respondía por mí, endureciéndose contra el pantalón.
Salimos del antro pasadas las dos, riéndonos como pendejos, subiendo a mi vocho tuneado. El viento fresco de la noche mexicana nos azotaba la cara mientras manejaba rumbo a mi depa en la Roma. "Vamos a seguir la fiesta en tu casa, ¿va?", dijo Carla desde el asiento de atrás, su voz ronca, juguetona. Ana iba de copiloto, su mano descansando en mi muslo, subiendo y bajando despacito, como probando el terreno. El pulso se me aceleraba, el corazón latiéndome en los oídos por encima del motor ronroneando.
En el depa, prendí las luces tenues, puse reggaetón bajito y saqué unas chelas del refri. Nos echamos en el sofá grande de cuero negro, las tres piernas enredadas. Ana sacó su cel, buscó en Poringa. "Mira este poringa trios, wey. La chava en medio se lo goza vergas". La pantalla iluminaba sus caras, los gemidos saliendo del altavoz, crudos y reales. Vi cómo se mordían los labios, sus pechos subiendo y bajando rápido. El aire se llenó de ese olor a excitación, mezcla de piel caliente y entrepierna húmeda.
Carla se recargó en mí, su mano bajando por mi pecho, desabotonando mi camisa. "Esto es mejor que cualquier video, ¿no?". Su boca rozó mi oreja, lengua tibia lamiendo el lóbulo. Ana apagó el cel, se volteó y me besó, sus labios suaves y jugosos, saboreando a tequila y menta. ¡Qué chingón! Su lengua bailó con la mía, mientras Carla me quitaba la camisa, sus uñas arañando mi espalda ligera, enviando chispas por todo mi cuerpo.
La cosa escaló rápido pero con calma, como buena fiesta mexicana. Me paré, jalándolas conmigo al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Ana se quitó la blusa, liberando esas tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos. "Tócame, Jorge", murmuró, guiando mi mano. Su piel era seda caliente, suave como mango maduro. La apreté, sintiendo su peso, su gemido vibrando en mi palma.
Carla se desvistió atrás de mí, pegando su cuerpo desnudo al mío. Su verga... no, su coño peladito rozaba mi nalga mientras me besaba el cuello. "Quiero verte con ella primero", dijo, voz temblorosa de ganas. La recosté a Ana, bajando la boca a sus tetas, chupando un pezón mientras mi mano bajaba por su panza lisa hasta su tanga empapada. Olía a mar y miel, ese aroma que te enloquece. Metí los dedos, resbalosos, ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, sí!".
Carla se unió, besando a Ana con hambre, sus lenguas enredándose audiblemente, saliva brillando. Yo me quité el resto, mi verga saltando libre, dura como piedra, venosa y palpitante. Ana la miró, lamiéndose los labios. "Ven pa'cá, pendejo". Me arrodillé entre sus piernas, lamiendo su clítoris hinchado, sabor salado dulce, sus jugos cubriéndome la barbilla. Carla montó la cara de Ana, restregando su coño mojado, gemidos ahogados saliendo de ambas.
El cuarto se llenó de sonidos: piel chocando húmeda, respiraciones jadeantes, el colchón crujiendo. Sudor nos pegaba, el olor a sexo puro invadiendo todo. Cambiamos posiciones, Ana encima de mí, empalándose despacio en mi verga. ¡Qué apretadita, cabrona! Su calor me envolvió, paredes pulsando, subiendo y bajando con ritmo experto. Carla se sentó en mi cara, su culo redondo abriéndose, coño chorreando en mi lengua. La lamí voraz, dedos en su ano apretado, ella gritando "¡Más, Jorge, no pares!".
Ana rebotaba fuerte, tetas saltando, uñas clavadas en mi pecho. "¡Te sientes chingón adentro!". Sentí el orgasmo construyéndose, bolas tensas, pero aguanté, volteándolas. Ahora Carla de perrito, yo embistiéndola por atrás, cachetes ondulando con cada choque. Ana debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mis huevos y su clítoris. El placer era eléctrico, venas latiendo, piel erizada.
Esto es mejor que cualquier poringa trios, neta. Sus cuerpos, sus gemidos, todo mío.
Carla vino primero, cuerpo temblando, coño contrayéndose alrededor de mi verga, chorro caliente salpicando. "¡Me vengo, cabrón!". Ana se corrió después, frotándose contra la boca de Carla, piernas rígidas. Yo no aguanté más, sacando la verga, eyaculando chorros espesos sobre sus tetas y caras, ellas abriendo la boca para atrapar, lamiendo con deleite.
Nos derrumbamos, jadeando, cuerpos enredados en sudor pegajoso. El aire olía a semen, jugos y paz. Ana me besó la frente, "Eso fue épico, wey". Carla rió bajito, trazando círculos en mi pecho. "De ahora en adelante, nada de videos. Nomás nosotros".
Me quedé ahí, entre sus calores, pensando en lo puta chingonería de la vida. Esa noche, los poringa trios se quedaron en el olvido. Lo nuestro era real, crudo, inolvidable. El sol salió filtrándose por las cortinas, pintando sus pieles doradas, y supe que esto apenas empezaba.