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No Hay Intento Solo Hazlo

6858 palabras

No Hay Intento Solo Hazlo

La noche en Playa del Carmen vibra con el ritmo de las olas rompiendo en la orilla y el eco lejano de mariachis en el malecón. El aire huele a sal marina mezclada con el dulzor de las piñas coladas y el humo de los cigarros electrónicos que flotan como niebla tropical. Estás sentado en la barra de un bar playero, con una cerveza fría sudando en tu mano, cuando la ves entrar. Ana, con su piel morena brillando bajo las luces de neón, el cabello negro suelto cayendo como cascada sobre sus hombros desnudos. Lleva un vestido rojo ceñido que marca cada curva de su cuerpo atlético, como si estuviera hecho para pecar. Sus ojos cafés te atrapan de inmediato, juguetones, con esa chispa que dice ven por mí.

Se acerca con un contoneo que hace que todos los cabrones en el bar giren la cabeza. ¡Órale, guapo! te dice con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, mientras se sube al taburete a tu lado. Pides otra ronda, y la charla fluye como tequila reposado: fácil, ardiente. Hablan de la vida, de cómo en México todo es pasión o nada. Ella es instructora de yoga en un resort chido, de esas que enseñan a soltar el control.

—Mira, carnal —te susurra, inclinándose tanto que sientes el calor de su aliento en tu oreja, oliendo a menta y ron— en la vida no hay intento, solo hazlo. Como dijo ese enano verde en las películas. ¿Tú qué, vas a intentarlo o lo vas a hacer?
Su mano roza tu muslo por "accidente", y un escalofrío sube por tu espina. El deseo se enciende como fogata en la playa: lento al principio, pero listo para devorarlo todo.

Media hora después, ya están en su departamento en la Quinta Avenida, un loft luminoso con vistas al mar Caribe. Las cortinas de lino blanco ondean con la brisa nocturna, trayendo el sonido rítmico de las olas y el aroma salobre que se pega a la piel. Cierran la puerta y no hay palabras innecesarias. Ana te empuja contra la pared, sus labios carnosos aplastándose contra los tuyos. Sabe a coco y a aventura, su lengua danzando con la tuya en un beso que te deja sin aire. Tus manos recorren su espalda, sintiendo la suavidad de su piel bajo el vestido, el latido acelerado de su corazón contra tu pecho.

Esto es real, no un sueño de pendejo, piensas mientras bajas la cremallera de su vestido. El rojo cae al suelo como una promesa rota, revelando sus senos firmes, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco. Ella gime bajito, un sonido gutural que vibra en tu verga ya dura como piedra. ¡Ay, qué rico! murmura, mientras te quita la camisa con urgencia, uñas rozando tu torso, dejando rastros de fuego. Hueles su perfume mezclado con el sudor incipiente de excitación, ese olor almizclado que grita quiero más.

La llevas a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra vuestras pieles calientes. Se tumba de espaldas, abriendo las piernas con una sonrisa pícara. No hay intento, solo hazlo, repites en tu mente como mantra, mientras besas su cuello, bajando por el valle de sus senos. Chupas un pezón, lo muerdes suave, y ella arquea la espalda, clavándote las uñas en los hombros. ¡Sí, así, cabrón! No pares, jadea, su voz entrecortada por el placer. Tus manos exploran su vientre plano, tonificado por horas de downward dog, hasta llegar a su tanga de encaje negro, empapada ya.

La quitas despacio, saboreando el momento. Su concha depilada brilla con jugos, hinchada y lista. El olor es embriagador: dulce, salado, puro sexo mexicano. Metes un dedo, luego dos, sintiendo cómo se aprieta alrededor, caliente y resbaladiza. Ella gime fuerte, caderas moviéndose al ritmo de tus embestidas digitales.

—No intentes, hazlo —te ordena con ojos entrecerrados, mordiéndose el labio inferior.
Obedeces, bajando la cabeza. Tu lengua lame su clítoris hinchado, saboreando su esencia: agria como limón tahití, adictiva. La chupas, la succionas, mientras tus dedos follan adentro. Sus muslos tiemblan, apretándote la cabeza, y grita ¡Me vengo, pinche chingón! Su orgasmo la sacude como terremoto, jugos brotando en tu boca, cuerpo convulsionando.

Pero no paras. La volteas boca abajo, nalgotas redondas perfectas alzándose como ofrenda. Le das una nalgada juguetona, el sonido seco resonando en la habitación, piel enrojeciéndose al instante. Qué chingón se ve, piensas, mientras sacas tu verga palpitante, venosa, goteando precum. Te pones un condón —siempre seguro, siempre chido— y te posicionas. La punta roza su entrada, resbalando en su humedad. Empujas despacio al principio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndote, apretándote como guante de terciopelo húmedo.

Ana empuja hacia atrás, impaciente. ¡No hay intento, solo hazlo ya! gruñe, y te hundes hasta el fondo. El placer es cegador: su coño succionándote, paredes internas masajeando tu tronco. Empiezas a bombear, lento y profundo, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus gemidos y el zumbido del ventilador de techo. Sudas, gotas cayendo en su espalda, oliendo a hombre excitado. Ella se gira un poco, mirándote con ojos vidriosos. Ella es fuego, yo soy gasolina, sientes en cada embestida.

La tensión sube como marea alta. Cambian posiciones: ella arriba, cabalgándote como amazona salvaje. Sus senos rebotan hipnóticos, pezones duros rozando tu pecho. Agarras sus caderas, guiándola, sintiendo sus músculos contraerse alrededor de tu verga. ¡Más fuerte, pendejito! exige, clavándote las uñas. Aceleras, polla golpeando su fondo, clítoris frotándose contra tu pubis. El aire huele a sexo crudo: sudor, fluidos, pasión desatada. Tus bolas se aprietan, el orgasmo acechando.

La volteas de nuevo, misionero intenso. Piernas sobre tus hombros, follándola profundo, besos salvajes.

—No intentes aguantar, hazlo, córrete dentro —jadea ella, sabiendo que el látex lo contiene todo.
Eso te rompe. Un rugido sale de tu garganta, verga hinchándose, y explotas en oleadas de placer infinito. Chorros calientes llenan el condón, mientras ella se corre otra vez, coño ordeñándote hasta la última gota. Cuerpos temblando, pegados, pulsos latiendo al unísono.

Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas. La brisa marina enfría vuestras pieles febriles, trayendo el canto de grillos y olas lejanas. Ana se acurruca contra ti, dedo trazando círculos en tu pecho. ¿Ves? No hay intento, solo se hace, susurra con risa suave. Sientes paz profunda, el afterglow envolviéndote como manta tibia. Su aroma persiste en tu piel, su calor en tu alma. Mañana será otro día en el paraíso, pero esta noche, lo hiciste todo. Perfecto, completo, sin remordimientos.

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