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El Trio Mhm Serviporno

6694 palabras

El Trio Mhm Serviporno

Era una noche calurosa en Cancún, de esas que te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de llegar a la playa privada de un resort chido con mis dos compas de la uni, Marco y Luis. Habíamos planeado unas vacaciones relax, pero la neta, desde que los vi llegar en shorts ajustados, con sus torsos bronceados brillando bajo las luces de las fogatas, supe que la cosa iba a ponerse interesante. Marco, el moreno de ojos verdes y sonrisa pícara, siempre había sido el que me hacía reír con sus chistes culeros. Luis, más serio, con esa barba recortada y músculos que se marcaban cuando se movía, me ponía la piel chinita cada vez que me rozaba accidentalmente.

Estábamos sentados en la arena tibia, bebiendo chelas frías que chorreaban condensación. El sonido de las olas rompiendo suave, mezclado con la música ranchera lejana de algún antro cercano, creaba un ambiente perfecto. Olía a sal marina y a coco de los protectores solares. ¿Qué pedo, Ana? ¿Estás pensando en lo que creo? me dije a mí misma mientras veía cómo Marco me pasaba la cerveza, sus dedos gruesos rozando los míos. Un escalofrío me recorrió la espalda, directo a mi entrepierna.

—Órale, Ana, ¿ya te animas a bailar o qué? —dijo Marco, poniéndose de pie y extendiendo la mano.

—Sí, wey, no seas fresa —agregó Luis, con esa voz grave que me hacía mojarme sin querer.

Acepté, y pronto los tres estábamos moviéndonos al ritmo de un cumbia rebajada que retumbaba en el aire. Sus cuerpos cerca del mío, el sudor mezclándose, el roce de piel contra piel. Sentía el calor de sus pechos contra mi espalda cuando Marco me pegaba por detrás, y la mano de Luis en mi cintura, firme pero suave.

Esto es un trio mhm serviporno en vivo, carajo
, pensé, recordando esos videos calientes que veía a escondidas. Mi corazón latía como tambor, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.

La tensión creció cuando volvimos a sentarnos. Marco me miró fijo, con esa mirada de te quiero comer. —Ana, neta que estás cañona esta noche —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Luis no se quedó atrás. —Sí, mhm, como en esos tríos de serviporno que tanto te gustan, ¿verdad, Ana? —dijo juguetón, y yo me sonrojé, pero la excitación me traicionó con un gemido bajito: mhm.

Ahí fue cuando todo escaló. Nos fuimos a mi suite del resort, un lugar con vista al mar, cama king size y jacuzzi burbujeante. La puerta apenas cerró y Marco me besó, sus labios carnosos devorando los míos, lengua juguetona saboreando a cerveza y deseo. Luis se pegó por detrás, besándome el cuello, sus manos grandes subiendo por mis muslos, levantando mi falda ligera. Olía a sus colonias mezcladas con sudor masculino, un aroma que me volvía loca.

Chingado, qué rico —susurré, mientras Marco me quitaba la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco del AC. Sus bocas atacaron: Marco chupando un pezón duro como piedra, Luis lamiendo el otro, mordisqueando suave. Sentía sus lenguas calientes, ásperas, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris hinchado. Mis manos bajaron, palpando sus vergas duras a través de los shorts. Grandotas y listas, pensé, apretándolas con ganas.

Me tumbaron en la cama, yo en medio, como reina de mi propio trio mhm serviporno. Marco se quitó la ropa, su verga morena saltando libre, venosa y palpitante. Luis igual, la suya más gruesa, con el prepucio retraído mostrando el glande rosado. Me miraban hambrientos, y yo abrí las piernas, mostrando mi panocha depilada, ya chorreando jugos.

—Mhm, sí, chúpemela primero —les rogué, y obedecieron como dioses del sexo. Marco se hincó entre mis piernas, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando mi miel salada. Luis me besaba la boca, metiéndome dedos en la garganta para que mamara. El sonido era obsceno: lamidas chapoteantes, mis gemidos ahogados, sus respiraciones jadeantes. Olía a sexo puro, a coño mojado y vergas sudadas.

La intensidad subió cuando intercambiaron posiciones. Luis ahora lamía mi concha como si fuera el postre más chido, metiendo la lengua adentro, chupando mis labios mayores. Marco se arrodilló en mi cara, restregando su verga en mis labios. —Abre, mamacita —gruñó, y yo lo engullí, sintiendo el sabor salado de su precum, la textura aterciopelada llenándome la boca. Lo chupaba con hambre, haciendo círculos con la lengua en la cabeza, mientras mis caderas se movían solas contra la boca de Luis.

Ya no aguanto, weyes, pensé, el orgasmo building como ola gigante. Pero querían más. Marco se bajó y se posicionó en mi entrada, frotando su verga contra mi raja empapada. —¿Quieres que te coja, Ana? —preguntó, voz ronca.

—Sí, pendejos, cójanme ya —contesté, arqueándome.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentía cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Luis se masturbaba viéndonos, luego se acercó y metió su verga en mi boca de nuevo. Era un sándwich perfecto: follada profunda por Marco, mamada intensa a Luis. El colchón crujía, piel contra piel slap-slap-slap, mis gemidos mhm mhm vibrando alrededor de la polla de Luis.

Cambiaron. Luis ahora me penetraba, su grosor abriéndome más, golpeando mi punto G con cada embestida. Marco lamió mis tetas, luego se movió atrás, untando saliva en mi ano.

¿Doble penetración? ¡Sí, carajo!
—Tranquilo, mi amor —murmuró, presionando suave. Entró despacio, el ardor inicial convirtiéndose en placer explosivo. Los dos dentro, moviéndose alternados, me hacían sentir repleta, estirada al límite. El olor a lubricante natural, sudor y sexo impregnaba la habitación. Mis uñas clavadas en sus espaldas, sus gruñidos en mis oídos: —¡Qué chingona eres, Ana!

El clímax llegó como tsunami. Primero yo, gritando sueltos mis jugos, contrayéndome alrededor de sus vergas, mhm mhm mhm incontrolable. Marco se corrió dentro de mi culo, chorros calientes inundándome. Luis salió y eyaculó en mis tetas, leche espesa goteando tibia. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones entrecortadas, risas cansadas.

Después, en la ducha compartida, el agua caliente lavando el sudor, nos besamos suaves, caricias tiernas. —Eso fue el mejor trio mhm serviporno de mi vida —dijo Marco, guiñando.

—Neta, wey, repetimos —agregó Luis, abrazándome.

Yo solo sonreí, sintiendo el afterglow en cada músculo relajado. Afuera, el mar susurraba promesas de más noches locas. Esto es vida, cabrones, pensé, sabiendo que nuestro lazo se había forjado en éxtasis puro.

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