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Trío en la Calle Ardiente

6689 palabras

Trío en la Calle Ardiente

La noche en la Condesa estaba viva, con ese bullicio que solo México City sabe armar un viernes. Tú y tu carnal, Alex, caminaban tomados de la mano por la calle Amsterdam, el aire cargado de olor a tacos al pastor y jazmín de los puestos florales. La música de un bar cercano retumbaba bajito, ritmos de cumbia rebajada que te hacían mover las caderas sin querer. Alex te apretaba la mano, su palma cálida contra la tuya, y de vez en cuando te daba un beso en el cuello que te erizaba la piel.

Órale, qué chido está esto, pensabas, sintiendo el cosquilleo en el estómago. Habían tomado un par de chelas en un antro, nada pesado, solo lo suficiente para que el mundo se sintiera más jugoso. De repente, lo viste. Un wey alto, moreno, con camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos ojos negros que brillaban bajo las luces de neón. Estaba recargado en una pared, fumando un cigarro con esa pose de galán de telenovela. Sus miradas se cruzaron, y neta, fue como chispas. Él sonrió, esa sonrisa pícara que dice tengo algo para ti.

Sí, míralo, qué rico se ve. Alex lo notó también, porque te apretó más la mano y murmuró: "¿Ves a ese pendejo? Te está comiendo con los ojos".

Tú reíste, el corazón latiéndote fuerte. "Pues que se acerque, ¿no?". Alex, siempre el aventurero, te guiñó el ojo. "Si tú quieres, mami". Y así, como si el universo conspirara, el wey tiró el cigarro y se acercó con paso seguro. "Buena noche, ¿qué onda? ¿Vienen a conquistar la calle o qué?", dijo con voz grave, acento chilango puro.

Se llamaba Diego, estudiaba diseño en la UIA, y en minutos ya platicaban como viejos cuates. El flirteo era obvio: él te rozaba el brazo al reír, Alex le palmeaba la espalda. El aire se cargaba de electricidad, ese olor a colonia masculina mezclada con el sudor ligero de la noche caliente. Tus pezones se endurecían bajo la blusa delgada, y sentías la humedad creciendo entre las piernas. Trío en la calle, se te pasó por la mente como un relámpago prohibido, excitándote más.

La charla escaló rápido. "Neta, ustedes dos son fuego", dijo Diego, mirándote las curvas. Alex, con esa confianza que te volvía loca, soltó: "Y tú no te quedas atrás, carnal. ¿Quieres unirte a la fogata?". Tú asentiste, la boca seca de anticipación. "Sí, vamos a ver qué pasa". Caminaron unos metros hacia una calle lateral más oscura, pero no desolada: luces de faroles amarillos, risas lejanas de parejas paseando, el zumbido de un coche pasando. Ahí, entre dos muros grafiteados con arte callejero chido, se detuvieron. El corazón te martilleaba en los oídos.

Diego te tomó la cara con manos firmes pero tiernas, y te besó. Sus labios eran suaves, con sabor a menta y algo de tequila. Tú gemiste bajito, abriendo la boca para su lengua, mientras Alex se pegaba a tu espalda, besándote el cuello y sobándote las nalgas por encima del jeans. Dios mío, esto es real, pensabas, el vello de la nuca erizado. Sus manos olían a limón de jabón, y sentías sus erecciones presionando contra ti: la de Alex dura contra tu culo, la de Diego rozando tu muslo.

¿Estamos locos? Sí, pero qué chingón se siente. Consiente, todo consiente, y el deseo nos quema.

Las manos volaron. Tú desabrochaste la camisa de Diego, exponiendo su pecho lampiño y musculoso, oliendo a piel caliente. Él te quitó la blusa con urgencia, lamiendo tus chichis expuestas al aire fresco de la noche. "Qué ricas tetas, mamacita", murmuró, chupando un pezón mientras Alex te bajaba el pantalón. Tus bragas estaban empapadas, el olor a tu excitación flotando en el aire como perfume pecaminoso. Alex se arrodilló, besando tus muslos internos, su aliento caliente haciendo que tiemblen tus rodillas.

"Déjame probarte", dijo Diego, y tú te recargaste en la pared áspera, que raspaba tu espalda de forma deliciosa. Él se hincó junto a Alex, y juntos lamieron tu panocha. Lenguas expertas: la de Diego girando en tu clítoris hinchado, la de Alex metiéndose profundo, saboreando tus jugos. Gemías sin control, el sonido ahogado por la música distante. "¡Ay, cabrones, qué rico! No paren". Tus manos en sus cabezas, dedos enredados en cabello húmedo de sudor. El placer subía como ola, pulsos acelerados, piel electrizada.

Pero querías más. "Cojamos ya", exigiste, voz ronca. Diego se levantó, sacó su verga gruesa y venosa, palpitante bajo la luz tenue. Alex hizo lo mismo, la suya conocida y adorada. Tú te volteaste, manos en la pared, nalgas al aire. "Yo primero", dijo Alex, penetrándote de un empujón suave. Su grosor te llenó, estirándote deliciosamente, mientras Diego te besaba la boca y sobaba tus tetas colgantes. El slap-slap de carne contra carne resonaba bajito, mezclado con tus jadeos.

Cambiaron. Diego entró, más largo, tocando spots profundos que te hacían ver estrellas. "¡Sí, así, pendejo, dame duro!". Alex se ponía enfrente, y tú lo chupabas con ganas, saboreando el precum salado, su verga dura en tu garganta. El olor a sexo impregnaba todo: sudor, fluidos, la ciudad respirando alrededor. Tus piernas temblaban, orgasmos acercándose. Uno pequeño te sacudió primero, contrayendo tu coño alrededor de Diego, quien gruñó: "Me vengo si sigues así".

"Adentro, los dos", ordenaste, empoderada en tu lujuria. Alex se metió en tu boca más profundo, explotando con chorros calientes que tragaste ansiosa, sabor amargo y adictivo. Diego te follaba fuerte, sus bolas golpeando tu clítoris, hasta que se tensó y llenó tu interior con su leche tibia, gimiendo tu nombre inventado en el calor. Tú explotaste entonces, un orgasmo brutal que te dejó sin aliento, piernas flojas, visión borrosa. El mundo se redujo a pulsos, temblores, el eco de placer en cada nervio.

Se separaron despacio, respiraciones agitadas. Tú te vestiste con manos temblorosas, sintiendo el semen escurrir por tus muslos, marca caliente de la noche. Besos suaves: Diego en labios, Alex en frente. "Neta, lo máximo", dijo él, sonriendo. "Trío en la calle inolvidable". Se despidió con un abrazo grupal, desapareciendo en la oscuridad con promesa de números de teléfono.

Tú y Alex caminaron de vuelta a la avenida principal, tomados de la mano otra vez. El cuerpo aún zumbaba, piel sensible al roce del viento. Qué pedo, pero qué chido, reflexionabas. La confianza entre ustedes se había profundizado, un secreto ardiente uniéndolos más. La Condesa seguía vibrando, indiferente a su momento salvaje, pero tú sabías: esa calle ahora era suya, grabada en piel y memoria con olor a sexo y promesas de más noches locas.

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