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Sprint Tri de Sudor y Deseo

7365 palabras

Sprint Tri de Sudor y Deseo

El sol pegaba como pendejo esa mañana en la playa de Puerto Vallarta, con el Pacífico rompiendo olas suaves contra la arena dorada. Yo, Ana, había entrenado meses para este sprint tri: 750 metros de nado, 20 kilómetros en bici y 5 de carrera. No era pro, pero mi cuerpo curtido por el gym y las sesiones de CrossFit se sentía listo. El aire olía a sal, crema solar y ese sudor fresco de los competidores que ya calentaban. Me ajusté el traje de neopreno, sintiendo cómo se pegaba a mis curvas como una segunda piel, apretando mis tetas y mi culo de forma que me hacía sentir poderosa, sexy.

Entre la multitud de atletas, lo vi. Alto, moreno, con piernas de ciclista que gritaban fuerza y un torso marcado bajo la lycra ajustada. Se llamaba Marco, lo supe después, pero en ese momento solo era ese güey que me quitó el aliento. Nuestras miradas se cruzaron mientras él se estiraba, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el deseo ya estuviera compitiendo conmigo. "Órale, nena, ¿lista para sudar?", me gritó con una sonrisa pícara, su voz ronca cortando el bullicio. Le contesté con un guiño: "Más que tú, carnal". El corazón me latía fuerte, no solo por la adrenalina del sprint tri, sino por esa chispa que ya ardía.

¿Por qué carajos me pongo así con un desconocido? Es el reto, el cuerpo en movimiento, el olor a macho listo para explotar.

La sirena sonó y nos lanzamos al agua. El Pacífico estaba fresco, casi frío, chocando contra mi piel expuesta. Nadaba con brazadas potentes, el salitre en la boca, el sonido amortiguado de las olas y respiraciones agitadas. Sentía mi corazón bombeando, los músculos ardiendo, pero en mi mente, la imagen de Marco nadando a mi lado, sus brazos cortando el agua como cuchillos. Salí primera de mi grupo, jadeando, con el agua chorreando por mi cuerpo, el traje pegado mostrando cada gota resbalando por mi escote.

En la transición, me quité el neopreno a toda madre, sintiendo el aire caliente secar mi piel húmeda. Marco estaba ahí, cambiándose la lycra, su paquete marcado sin pena. Nuestros ojos se engancharon otra vez. "Estás volando, chula", murmuró, y su mirada bajó por mi cuerpo desnudo un segundo antes de subirse a la bici. Pedaleé furiosa por la carretera costera, el viento azotándome la cara, el olor a mar y asfalto caliente llenando mis pulmones. Mis muslos ardían con cada pedalada, el sudor brotando, goteando entre mis pechos. Lo alcancé en una curva, nuestras bicis casi rozándose. "¡No te me escapes!", gritó él, riendo, y sentí esa electricidad, como si el roce de las llantas fuera un preámbulo de piel contra piel.

La carrera a pie fue el infierno dulce. El sol quemaba, la arena caliente bajo los pies al inicio, luego el asfalto rugoso. Cada zancada hacía rebotar mis tetas, el sudor resbalando por mi espalda hasta mi culo. Marco corría cerca, su respiración pesada sincronizándose con la mía. "¡Vamos, pinche sprint tri!", jadeaba yo para mí misma. En la última vuelta, me adelantó, pero volteó con esa sonrisa: "Te espero en la meta para celebrar". Mi coño se contrajo con la promesa, el pulso acelerado no solo por el esfuerzo.

Crucé la meta exhausta, eufórica, el locutor gritando mi nombre. Marco llegó segundos después, empapado en sudor, su camiseta pegada mostrando abdominales duros como piedra. Nos abrazamos en el área de recuperación, cuerpos calientes chocando, su pecho ancho contra mis tetas sensibles. Olía a hombre puro: sudor salado, testosterona, un toque de su colonia mezclada con el mar. "Joder, qué carrera", susurró en mi oído, su aliento caliente erizándome la piel. "Pero esto apenas empieza". Mi mano bajó por su espalda húmeda, sintiendo los músculos tensos. "Chíngame, güey, no pierdas tiempo", le dije bajito, con la voz ronca de deseo.

Nos escabullimos a las regaderas portátiles detrás de las carpas, lejos de las miradas. El agua fría nos golpeó, lavando el sudor pero avivando el fuego. Sus manos grandes me giraron, presionándome contra la pared plástica. Sentí su verga dura contra mi culo, gruesa y palpitante bajo la lycra. "Te vi todo el rato, mamacita, moviendo ese culazo en la bici", gruñó, mordisqueándome el cuello. Gemí, el agua resbalando por mi piel, mis pezones endurecidos rozando la tela mojada. Le bajé el short con urgencia, liberando su polla venosa, caliente al tacto, goteando precum que probé con la lengua: salado, masculino, adictivo.

Esto es lo que necesitaba después de un sprint tri: liberación total, su cuerpo contra el mío como la meta final.

Me arrodillé en el suelo húmedo, el agua salpicando, y me la metí a la boca profunda. Él jadeó, sus manos enredadas en mi pelo mojado, follando mi garganta con embestidas controladas. "¡Qué chingona chupas, nena!", rugió, su voz ahogada por el chorro de agua. Saboreaba cada vena, el olor a sexo crudo mezclándose con el jabón. Me levantó, me pegó a la pared y separó mis piernas. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, resbaladiza de jugos, no solo del agua. "Estás chorreando por mí", dijo, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G. Grité, las rodillas temblando, el placer subiendo como una ola.

Me penetró de un solo empujón, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El agua caía sobre nosotros como lluvia tropical, amplificando cada roce: su pelvis chocando mi culo, piel resbalosa, el slap-slap rítmico ahogado por el agua. Me follaba duro, profundo, mis tetas rebotando, uñas clavadas en la pared. "Más fuerte, cabrón", le supliqué, y él obedeció, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos. Sentía su aliento en mi oreja, gruñidos animales, el olor a sexo invadiendo todo. Mi orgasmo llegó como un sprint final: explosivo, cegador, mi coño contrayéndose alrededor de su polla, chorros de placer mojando sus bolas.

Se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos ahí, jadeando bajo el agua, sus brazos rodeándome posesivos. "Eres una diosa del sprint tri", murmuró, besándome el hombro salado. Salimos envueltos en toallas, riendo como pendejos, el sol secándonos la piel aún sensible.

Después, en un cafecito playero, con cervezas frías y tacos de pescado fresco, hablamos. Él era de Guadalajara, entrenador personal, yo diseñadora gráfica con pasión por el triatlón. No fue solo sexo; fue conexión, el subidón del evento amplificando todo. Su mano en mi muslo bajo la mesa prometía más rondas. "¿Repetimos en el próximo sprint tri?", preguntó con ojos brillantes. Sonreí, saboreando el picor del limón en mi boca, el afterglow calentándome por dentro.

Esto no termina aquí. El sudor, el deseo, la carrera... todo se funde en algo adictivo.

Regresé a mi hotel con las piernas flojas, no del cansancio, sino del placer. Me duché de nuevo, sintiendo su semen resbalando aún, un recordatorio íntimo. Esa noche soñé con olas, pedaladas y su polla dura. El sprint tri no solo fue una victoria física; fue el inicio de algo salvaje, consensual, puro fuego mexicano.

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