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Estaba en esa cantina de la Condesa, con el ruido de las risas y el clink de las chelas chocando, cuando los vi entrar. Marco y Luis, dos morros bien plantados, con camisetas ajustadas que marcaban sus pechos duros y pantalones que dejaban poco a la imaginación. Yo, Alex, acababa de llegar de un día de pinche oficina, sudado y con ganas de algo que me sacara el estrés. Me senté en la barra, pedí una Pacífico helada, y de reojo los espiaba. Chingón, pensé, esos weyes están para comérselos.
Marco era el alto, con barba recortada y ojos negros que te taladraban, piel morena como el chocolate que te derrite en la boca. Luis, más delgado pero con un culo que parecía esculpido, sonrisa pícara y tatuajes asomando por el cuello de la camisa. Se sentaron cerca, pidieron tequilas, y no pasó ni media hora cuando Marco me guiñó el ojo.
«¿Qué onda, carnal? ¿Vienes solo o buscas compañía?»Su voz ronca me erizó la piel, como si ya me estuviera tocando.
Nos platicamos de todo: del tráfico en Reforma, de lo caro que está todo en la CDMX, y de cómo los tres éramos unos calientes empedernidos. Esto va para largo, me dije mientras sentía el calor subiendo por mi verga, que ya se ponía dura bajo los jeans. Luis se acercó, su muslo rozando el mío, y olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que te pone a mil. Ya valió, pensé, esta noche no duermo solo. Terminamos las chelas y nos fuimos a su depa en Polanco, un lugar chido con terraza y luces tenues que pintaban todo de rojo pasión.
Adentro, pusieron reggaetón bajito, de ese que te hace mover las caderas sin querer. Marco me sirvió un trago de mezcal ahumado, el humo picante llenándome la nariz mientras sus dedos rozaban los míos. Luis se sentó a mi lado en el sofá de cuero negro, su mano en mi rodilla, subiendo despacito. Siento su calor, como fuego lento. Hablamos de fantasías, y de repente Luis sacó su cel:
«Mira, wey, aquí hay porno gay gratis trios que te vuela la cabeza. ¿Lo vemos?»Puse play, y en la pantalla grande apareció un trío igual de calientes: dos vergas duras frotándose, gemidos que retumbaban en el cuarto.
El aire se cargó de electricidad. Vi cómo Marco se acomodaba la entrepierna, su bulto enorme tensando la tela. Yo no aguanté y le puse la mano encima, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma. Dios, qué dura, qué gruesa. Luis apagó la tele de un jalón y nos besó a los dos, su lengua juguetona probando mi boca primero, salada de tequila, luego la de Marco, profunda y húmeda. Nuestros cuerpos se pegaron, sudores mezclándose, el olor a hombre puro invadiendo todo: axilas frescas, piel caliente, vergas palpitando.
Me quitaron la camisa con prisa, sus bocas en mi pecho, chupando pezones que se pusieron como piedras. ¡Ay, cabrones, me van a matar! Marco bajó a mi abdomen, lamiendo el sudor salado, mientras Luis me desabrochaba el cinto. Mi verga saltó libre, goteando pre-semen que Luis lamió de inmediato, su lengua caliente rodeándola como un anillo de fuego. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras Marco se desnudaba: torso definido, verga venosa de 20 centímetros apuntando al techo, huevos pesados balanceándose.
Nos movimos al piso, alfombra suave bajo mis rodillas. Yo mamaba a Marco, tragándomela hasta la garganta, sintiendo venas gruesas pulsando contra mi lengua, sabor a sal y almizcle. Luis se metía la mía, succionando con fuerza, sus dientes rozando lo justo para erizarme. Esto es el paraíso, weyes. Marco jadeaba:
«Sí, así, pendejo, trágatela toda», su voz entrecortada por el placer. Cambiamos posiciones; yo en el centro, ellos lamiéndome el culo, lenguas hurgando mi ano, húmedas y calientes, oliendo a deseo crudo.
El calor subía, el cuarto olía a sexo: semen fresco, sudor agrio, lubricante que Luis sacó de un cajón. Me untaron el culo, dedos entrando y saliendo, preparándome. Siento cada nudillo, estirándome, abriéndome para ellos. Primero Marco, su verga empujando despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Dolor placentero que se volvió éxtasis puro. Luis me besaba, tragándose mis gemidos, mientras yo le pajeaba la verga, resbaladiza de saliva.
Marco me taladraba con ritmo, sus caderas chocando contra mis nalgas, plaf plaf, sonido húmedo y obsceno. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente como lava. Cambiamos: ahora Luis en mi culo, más delgado pero rápido, follándome como loco, sus bolas golpeando las mías. Marco se la metí en la boca, follándome la cara, gargantas profundas que me ahogaban en placer.
«Estás bien rico, carnal, no pares», gruñía Luis, sus uñas clavándose en mis caderas.
La tensión crecía, como resorte a punto de romperse. Me puse de rodillas entre ellos, mamándolos alternadamente: verga de Marco en mi boca, la de Luis en mi mano, luego al revés. Sus gemidos se mezclaban con los míos, el piso vibrando con nuestros movimientos. Olía a todo: polla sudada, culo lubricado, bocas jadeantes. Me voy a venir, no aguanto más. Marco primero, explotando en mi boca, chorros calientes y espesos que tragué con avidez, sabor amargo dulce que me volvió loco.
Luis se corrió en mi pecho, semen tibio salpicando mi piel, mientras yo eyaculaba entre ellos, mi leche blanca manchando sus muslos. Colapsamos en un enredo de cuerpos, respiraciones agitadas, corazones latiendo como tambores. El aire pesado de post-sexo, pieles pegajosas, besos suaves ahora, lenguas perezosas.
Nos quedamos así un rato, riendo bajito. Marco me pasó un cigarro –mentiras, puro jugo de frutas, nada de eso–, y platicamos de lo chingón que había sido. Esto no es solo un polvo, hay química aquí, pensé, viendo sus ojos brillar. Luis me acarició el pelo:
«¿Repetimos el porno gay gratis trios, pero en vivo la próxima?»Sonreí, sabiendo que sí. Salí al amanecer, con el cuerpo adolorido pero el alma llena, el sol de México calentándome la piel como sus manos. Inolvidable, weyes. Chingónamente inolvidable.