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Trio Jazz Ardiente

6328 palabras

Trio Jazz Ardiente

El humo del cigarro se enreda en el aire cargado del club de jazz en la Roma, México City. Tú sientes la vibración del bajo retumbando en tu pecho, como un latido extra que acelera tu pulso. Las luces tenues pintan sombras danzantes en las paredes de ladrillo visto, y el aroma a mezcal ahumado se mezcla con el sudor fresco de los músicos sobre el escenario. Qué chido este lugar, piensas, mientras te acomodas en la barra con un martini helado que quema dulce en tu lengua.

Entonces los ves: el trio jazz que cierra la noche. Javier, el saxofonista alto y moreno con ojos que brillan como obsidiana bajo los reflectores, sopla notas largas y melosas que te erizan la piel. Marco, el bajista, fornido y con una sonrisa pícara que promete travesuras, hace gemir las cuerdas con dedos gruesos y precisos. Y Luis, el baterista, pero esta noche solo son ellos dos los que capturan tu mirada, improvisando un dúo que se siente como un trío invisible, envolviéndote. Neta, su química es magnética. Tú, con tu vestido negro ceñido que roza tus muslos cada vez que cruzas las piernas, sientes un cosquilleo traicionero entre ellas.

¿Y si me acerco? Wey, ¿por qué no? La noche está para quemarse viva.

Al final del set, aplaudes con ganas, y tus ojos se cruzan con los de Javier. Él baja del escenario, sudado y radiante, y se acerca a la barra. "Órale, güerita, ¿te gustó el trio jazz?" pregunta con voz ronca, aún agitada por el esfuerzo. Tú sonríes, ladeando la cabeza. "Estuvo cañón, carnal. Ese saxo me dejó temblando." Marco se une, pidiendo tres tequilas reposados. Charlan, ríen de anécdotas del under de la ciudad, de noches en que el jazz se mezclaba con el pulque en cantinas olvidadas. Su roce casual —el brazo de Javier rozando tu hombro, la rodilla de Marco contra la tuya— enciende chispas. No hay prisa, solo esa tensión deliciosa que se cuece a fuego lento.

El club se vacía, pero ellos te invitan a quedarse para una jam privada. "Ven, prenda, improvisemos algo chingón." Tu corazón martillea como el bombo de Luis ausente. Subes con ellos al pequeño backstage, un cuartito con sofás raídos, posters de Miles Davis y un amplificador zumbando bajito. Javier enciende una lamparita roja que baña todo en un glow íntimo. Marco afina el bajo, y el primer rasgueo vibra directo en tu vientre. Tú te sientas entre ellos, el calor de sus cuerpos cercanos, oliendo a colonia especiada y esfuerzo masculino.

La música arranca de nuevo, un trio jazz imaginario que ahora eres tú quien completa con palmadas suaves y gemidos juguetones. Javier se acerca, su saxo olvidado, y roza tus labios con los suyos en un beso que sabe a tequila y deseo. "¿Quieres unirte al ritmo, preciosa?" murmura. Tú asientes, empoderada, tus manos explorando su pecho firme bajo la camisa desabotonada. Marco observa, su mirada hambrienta, y se une deslizando una mano por tu muslo, subiendo lento hasta donde el vestido se arruga.

Esto es mío. Los quiero a los dos, neta, que me hagan volar como su música.

El beso se profundiza, lenguas danzando como solos de improvisación. Tus dedos desabrochan la camisa de Javier, sintiendo la piel caliente, el vello áspero que te hace jadear. Marco te besa el cuello, mordisqueando suave, mientras sus manos expertas encuentran tus pechos, amasándolos con una presión que te arquea la espalda. "Qué rica estás, mamacita", gruñe él, y tú respondes apretando su verga dura a través del pantalón. El aire se llena del olor a excitación, ese almizcle salado que se pega a la piel.

Te levantan entre los dos, riendo bajito, y te recuestan en el sofá. El vestido vuela por los aires, dejando tu cuerpo expuesto bajo la luz roja: senos erguidos, pezones duros como piedras preciosas, tu panochita ya húmeda y palpitante. Javier se arrodilla entre tus piernas, besando el interior de tus muslos, su aliento caliente anunciando lo que viene. Marco se despoja de la ropa, su polla gruesa saltando libre, venosa y lista. Tú la tocas, saboreándola con la lengua en la punta, salada y viva, mientras Javier lame tu clítoris con maestría, círculos lentos que te hacen retorcerte.

El placer sube como un solo de saxo ascendente. "¡Ay, cabrones, no paren!" gimes, tu voz ronca mezclándose con el zumbido del amplificador. Cambian posiciones fluidas, como en su música: Marco te penetra despacio, llenándote con su grosor que estira delicioso, mientras Javier te besa y pellizca los pezones. Tú cabalgas el ritmo, empalándote en él, el slap de piel contra piel resonando como un contratiempo jazzero. Javier se posiciona detrás, untando lubricante fresco —de su kit de emergencias, dice riendo—, y entra en tu culo con cuidado, centímetro a centímetro, hasta que los sientes a ambos dentro, moviéndose en armonía perfecta.

Es un frenesí sensorial: el roce ardiente de sus vergas frotándose separadas solo por tu carne temblorosa, el sudor goteando en tu espalda, el sabor de Marco en tu boca cuando lo besas sobre el hombro de Javier. Tus uñas se clavan en sus nalgas, urgiéndolos más profundo. "¡Más fuerte, weyes, rómpanme!" suplicas, y ellos obedecen, embistiendo con gruñidos animales, el sofá crujiendo bajo el asalto. El clímax se acerca como un crescendo orquestal: tu coño se contrae, ordeñándolos, olas de placer que te ciegan, te hacen gritar su nombre mientras ellos explotan dentro de ti, chorros calientes que te inundan y gotean por tus muslos.

Colapsan los tres en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas sincronizándose como el final de un tema. Javier acaricia tu cabello, Marco besa tu frente. "Eres el mejor solo que hemos tenido, reina." Tú ríes, saciada, el cuerpo pesado de placer residual. Afuera, la ciudad murmura indiferente, pero aquí, en este afterglow, sientes la melodía del trio jazz latiendo aún en tus venas.

Se visten lento, prometiendo más noches así. Tú sales al fresco de la madrugada, el vestido arrugado pero el alma en llamas.

Chingón. Mañana vuelvo por el encore.
La Roma duerme, pero tú llevas su ritmo grabado en la piel para siempre.

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