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Pasión Desenfrenada con los Integrantes del Tri

6285 palabras

Pasión Desenfrenada con los Integrantes del Tri

El backstage del Palacio de los Deportes olía a cerveza derramada, sudor fresco de rockeros y ese humo dulzón de cigarros que se cuela por todos lados. La música de los integrantes del Tri todavía retumbaba en mis oídos, ese riff pesado de guitarra que te hace vibrar hasta el alma. Yo, Ana, periodista musical de veintiocho tacos, acababa de colarme con mi pase de prensa. Neta, mi corazón latía como tambor de garage rock, no solo por el concierto chingón que acaban de dar, sino porque ahí estaban ellos: Alex, el frontman con esa barba espesa y ojos que te desnudan; Mario, el bajista fornido con tatuajes que cuentan historias; y Beto, el baterista que suda como si el diablo lo persiguiera.

Me acerqué con mi libreta en mano, fingiendo profesionalismo, pero mi piel ya picaba de anticipación. ¿Qué pedo, Ana? Mantén la calma, es solo una entrevista, me dije. Alex me vio primero, con una sonrisa pícara que me erizó los vellos de la nuca.

—Órale, mamacita, ¿vienes a hacernos sudar más?

Su voz ronca, como grava mojada, me caló hasta los huesos. Respondí con una risa nerviosa, cruzando las piernas para disimular el calor que subía por mis muslos. Empezamos la plática: de sus giras por la república, de cómo El Tri sigue rompiendo madres después de tantos años. Mario se acercó, ofreciéndome una chela fría que chorreaba condensación. Su mano rozó la mía al pasármela, un toque eléctrico que me hizo morder el labio.

Los integrantes del Tri siempre dan shows que dejan a la banda con ganas de más —dijo Beto, guiñándome el ojo mientras se secaba el pecho desnudo con una toalla. Olía a hombre puro: salado, intenso, con un dejo de colonia barata que me volvía loca.

La tensión crecía como el solo de guitarra en "Abuso de Autoridad". Mis preguntas se volvían coqueteos, sus respuestas promesas. No seas pendeja, Ana, esto podría ser la noche de tu vida. Alex se paró detrás de mí, su aliento cálido en mi oreja.

—Ven, te mostramos el verdadero after.

Acto seguido, me llevaron a una habitación privada, lejos del bullicio. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación.

Adentro, el aire estaba cargado, espeso como miel. Las luces tenues pintaban sus cuerpos en sombras doradas. Me senté en el sofá de cuero gastado, que crujió bajo mi peso. Alex se arrodilló frente a mí, sus manos grandes subiendo por mis pantorrillas. Sentí el roce áspero de sus callos de guitarrista, enviando chispas directo a mi centro.

¿Quieres saber cómo tocamos fuera del escenario? —murmuró Mario, su voz grave vibrando en mi pecho.

Asentí, el deseo me ahogaba las palabras. Beto se unió, besando mi cuello con labios suaves y barba raspante que me hizo gemir bajito. Olía a él: sudor limpio, rock y libertad. Mis manos exploraron, palpando músculos tensos bajo camisetas empapadas. Quité la de Alex primero, revelando un torso marcado por años de vida nómada. Lo lamí, saboreando la sal de su piel, mientras él desabrochaba mi blusa con dedos impacientes.

Esto es consensual, puro fuego mutuo, pensé, mientras me entregaba. No había prisa; era un ritual lento. Mario me levantó el vestido, sus labios trazando un camino ardiente por mi vientre. Sentí su aliento caliente en mis bragas, ya húmedas de anticipación. Beto masajeaba mis pechos, pellizcando pezones que se endurecían como piedras preciosas.

Eres chingona, Ana —susurró Alex, metiendo la mano entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi calor, deslizándose con maestría. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el de sus cuerpos: almizcle, deseo crudo.

La escalada fue gradual, como un tema que sube de volumen. Me puse de rodillas, desabrochando sus jeans uno a uno. La verga de Alex saltó libre, gruesa y palpitante, con venas que invitaban a ser trazadas con la lengua. La chupé despacio, saboreando su pre-semen salado, mientras Mario y Beto se tocaban mirándome. Neta, soy la reina aquí. Mario se acercó, su miembro más largo, curvado perfecto para complacer. Lo tomé en la boca alternando, sintiendo sus pulsos en mi garganta.

Me levantaron como pluma, acostándome en el sofá. Alex se hundió en mí primero, lento, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso me arrancó un grito ahogado. Sus embestidas eran rítmicas, como su bajo en "Triste Canción de Amor". Mario besaba mi boca, tragándose mis jadeos, mientras Beto lamía mis pechos, mordisqueando con ternura.

Los integrantes del Tri me follaban como diosa, rotando posiciones con una sincronía de banda experimentada. Mario me tomó por detrás, su verga golpeando mi clítoris con cada thrust. Sudábamos juntos, piel contra piel resbaladiza. Beto en mi boca, Alex en mis manos. Los sonidos eran sinfonía: slap de carne, gemidos roncos, mi respiración entrecortada.

El clímax se acercaba como tormenta. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre. Alex aceleró, gruñendo mi nombre. —¡Ven conmigo, pinche rica! Exploté primero, contrayéndome alrededor de él, luces estallando en mi visión. Él se corrió dentro, caliente y abundante. Mario me volteó, penetrándome profundo mientras Beto se masturbaba sobre mis tetas. Otro orgasmo me sacudió, piernas temblando, mientras Mario llenaba mi culo con su leche espesa. Beto terminó en mi boca, su sabor amargo dulce en mi lengua.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes. El cuarto olía a sexo consumado, a victoria compartida. Alex me acarició el pelo, Mario besó mi hombro, Beto trajo agua fría que bebimos riendo.

Eres parte del Tri ahora, carnala —dijo Alex, y reímos todos.

Me vestí con piernas flojas, el cuerpo zumbando de placer residual. Salí al amanecer, el DF despertando con cláxones lejanos. ¿Fue un sueño? Neta no, fue real, empoderador, mío. Los integrantes del Tri me habían dado más que una entrevista: una noche que cambiaría mi forma de sentir el rock, el deseo, la vida. Caminé con sonrisa pícara, lista para más aventuras.

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