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La Banda HRM Tri Garmin que Despierta el Deseo

6756 palabras

La Banda HRM Tri Garmin que Despierta el Deseo

El sol de Puerto Vallarta me quemaba la piel mientras me preparaba para el entrenamiento. Me coloqué la banda HRM Tri Garmin alrededor del pecho, sintiendo cómo el material elástico se pegaba a mis tetas, ajustándose perfecto como un amante posesivo. El pitido del reloj Garmin en mi muñeca confirmó que todo estaba listo: frecuencia cardíaca en reposo, 65 latidos por minuto. Neta, esa chingadera tecnológica me hacía sentir invencible, lista para nadar, pedalear y correr como si el mundo fuera mío.

Ahí estaba Diego, mi entrenador personal, un morro alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me ponía la piel chinita cada vez que me veía. "¿Lista, Ana? Hoy vamos a sincronizar las bandas HRM Tri Garmin pa' ver quién aguanta más", me dijo con esa voz ronca que me erizaba los vellos. Él ya traía la suya puesta, el pecho ancho reluciendo de sudor anticipado bajo el sol caribeño. Asentí, tragando saliva, porque desde hace semanas sentía esa tensión entre nosotros, como un cable vivo a punto de chispear.

Empezamos con la natación en la playa. El agua salada me abrazó fría, contrastando con el calor de mi cuerpo. Nadé fuerte, braza tras braza, oyendo el chapoteo rítmico y mi respiración agitada. La banda HRM Tri Garmin vibraba sutil, enviando datos a mi reloj: 150, 160 latidos. Miré de reojo a Diego, cortando el agua como un tiburón, sus músculos flexionándose bajo la piel bronceada. Pinche hombre, ¿por qué me pones así? pensé, mientras un cosquilleo subía por mis muslos.

"¡Aguanta el ritmo, carnala! Tu HRM está volando", gritó él desde el agua, riendo.

Salimos empapados, arena pegándose a las piernas. Subimos a las bicis, pedaleando por el malecón. El viento me azotaba el pelo mojado, y el olor a mar mezclado con su sudor me llegaba directo al cerebro. Mi corazón latía desbocado, no solo por el esfuerzo: 170 pulsaciones. La app del Garmin mostraba nuestros datos sincronizados; los de él subían igual. "Estás on fire, Ana", jadeó, su pierna rozando la mía al parar en un semáforo. Ese toque fue eléctrico, como si la banda HRM Tri Garmin midiera no solo el corazón, sino el deseo que bullía debajo.

La carrera a pie fue el detonante. Corrimos por la orilla, pies hundiéndose en la arena húmeda, el sol poniéndose en un naranja ardiente. Sudor chorreaba por mi espalda, entre mis pechos, goteando hasta mi ombligo. Diego corría a mi lado, su respiración entrecortada sincronizándose con la mía. "Neta, tu banda HRM Tri Garmin marca 185. ¿Estás excitada o qué?", bromeó, guiñándome el ojo. Me reí, pero mi cuerpo gritaba . Cada zancada hacía rebotar mis tetas contra la banda, un roce constante que me ponía la panocha húmeda.

Terminamos exhaustos en la zona de descanso, un palapa con hamacas y cervezas frías. Nos desplomamos en la arena, pechos subiendo y bajando. Saqué el reloj Garmin: "Mira, carnal, nuestros corazones latieron al mismo ritmo todo el entrenamiento". Él se acercó, su mano rozando mi brazo. Olía a sal, sudor y hombre puro. "No solo en el Garmin, Ana. Lo siento aquí", murmuró, tocándose el pecho sobre su banda HRM Tri Garmin.

El beso llegó natural, como el oleaje. Sus labios salados se pegaron a los míos, lengua invadiendo con hambre. Gemí bajito, saboreando el sabor a mar y cerveza en su boca. Sus manos bajaron por mi espalda sudada, desatando el nudo de mi top deportivo. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras rozando el aire fresco. "Pinche Diego, me tienes loca desde el primer día", le susurré, mordiéndole el labio.

Nos metimos a la palapa, medio escondidos por las cortinas de palma. Él se quitó la banda HRM Tri Garmin, pero yo me dejé la mía, sintiendo cómo mi corazón tronaba: 120 aún, de pura adrenalina sexual. Diego me recostó en una hamaca, besando mi cuello, lamiendo el sudor de mi clavícula. Sus manos grandes amasaron mis tetas, pulgares girando los pezones hasta que arqueé la espalda. Chingado, qué rico, pensé, mientras un calor líquido se acumulaba entre mis piernas.

"Quítate el short, güey", le ordené, voz ronca. Él obedeció, su verga saltando erecta, gruesa y venosa, apuntándome como un arma. La tomé en la mano, piel caliente y sedosa, latiendo al ritmo de su pulso. La banda HRM Tri Garmin en mi muñeca pitó bajito, recordándome lo viva que estaba. Me arrodillé en la arena, arena tibia bajo las rodillas, y la metí en mi boca. Sabía a sudor limpio, a sal del mar. Lo chupé despacio, lengua rodeando la cabeza, oyendo sus gemidos guturales: "¡Neta, Ana, eres una diosa!".

Él me levantó, volteándome contra la hamaca. Bajó mis leggings, exponiendo mi culo redondo y mi panocha empapada. Sus dedos exploraron primero, dos adentro, curvándose contra mi punto G, mientras su pulgar masajeaba el clítoris. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce. "Estás chorreando, carnala", gruñó, y yo solo pude jadear: "Métemela ya, pendejo". Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. Su verga estiraba mis paredes, cada embestida un choque de pelvises sudorosos.

Nos movíamos al unísono, como en el entrenamiento. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando mi clítoris, mis gemidos mezclándose con el rumor de las olas. Sudor goteaba de su pecho al mío, lubricando el roce. La banda HRM Tri Garmin marcaba 160, pero ya no importaba; mi corazón latía por él. Lo volteé, montándolo a horcajadas. Reboté sobre su verga, tetas saltando, manos en su pecho peludo. Él me agarró las nalgas, guiándome más hondo.

"¡Sí, así, cabrón! ¡Más fuerte!"
, grité, sintiendo el orgasmo subir como una ola gigante.

Exploté primero, panocha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por sus muslos. Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y semen. El sol se había puesto, dejando un cielo estrellado. Saqué el Garmin: "Mira, bajamos a 90 juntos otra vez". Él rio, besándome la frente. "Esta banda HRM Tri Garmin no miente, pero lo nuestro es más que números".

Nos quedamos ahí, enredados, oliendo a sexo y mar. El viento fresco secaba nuestro sudor, y por primera vez en meses, sentí paz total. Diego era más que un entrenador; era el que aceleraba mi corazón de verdad. Mañana otro entrenamiento, pero ahora sabía que cada latido sincronizado nos uniría más. Neta, la vida es chida cuando el deseo y la pasión van al mismo ritmo.

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