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Dibujo con Tra Tre Tri Tro Tru

6455 palabras

Dibujo con Tra Tre Tri Tro Tru

El sol de la tarde se colaba por las ventanas altas del taller en la colonia Condesa, tiñendo de dorado las lonas en blanco y los óleos frescos. Tú, un artista callejero que había dejado las exposiciones pretenciosas por algo más chido y personal, acababas de conocerla. Se llamaba Valeria, una morra de ojos café intenso y curvas que gritaban vida. Había llegado buscando clases particulares, con esa sonrisa pícara que decía "neta quiero aprender, pero también algo más".

El aire olía a trementina mezclada con su perfume de jazmín, fresco y tentador. Te sentaste frente a ella, que posaba en un taburete viejo, con una blusa suelta que dejaba ver el encaje de su brasier. "Órale, empecemos con algo sencillo", le dijiste, pero en tu mente ya bullía la idea. Sacaste un carboncillo y una hoja grande. "Hoy te enseño el dibujo con tra tre tri tro tru. Es un truco viejo que aprendí de un carnal en Oaxaca, un ritmo pa' que los trazos fluyan como el deseo, suave al principio y luego... explosivo".

Valeria arqueó una ceja, intrigada.

¿Qué carajos será esto? Suena como trabalenguas de borrachos, pero la forma en que lo dice, con esa voz ronca... me está encendiendo.
Repitió contigo: "Tra... tre... tri... tro... tru". Las palabras rodaban en su lengua, vibrando como un ronroneo. Empezaste el dibujo, el carboncillo rasgando el papel con ese ritmo hipnótico. Tra para la curva de su hombro, tre para el valle entre sus pechos, tri para la línea de su cadera. Sus ojos seguían tus manos, y sentiste su mirada quemándote la piel.

El taller se llenaba de ese susurro rítmico, tuyo y de ella, mientras el trazo ganaba vida. Su respiración se aceleraba con cada sílaba, el pecho subiendo y bajando. Olías su calor, ese aroma almizclado que se escapaba de su piel sudada por la humedad de la ciudad. "Sigue, no pares", murmuró, y su voz era miel caliente. Terminaste el bosquejo: su silueta erguida, poderosa, sensual. Ella se acercó, rozando tu brazo con el dorso de la mano. "Enséñame a hacerlo yo". El deseo ya latía entre ustedes, un pulso compartido.

Pasaron los minutos, pero el tiempo se estiraba como miel. Le diste el carboncillo, y ahora eras tú el modelo. Te quitaste la playera, quedando en torso desnudo, los músculos tensos bajo la luz. Valeria se mordió el labio, pendeja por dentro de emoción. "Tra... tre...", empezó, su mano temblando al trazar tu pecho. El carboncillo era áspero, pero su toque debajo era seda. Sentiste el roce de sus uñas, leve, prometedor. "Tri... tro...", continuó, bajando por tu abdomen, el ritmo acelerando su aliento contra tu piel.

El olor a sudor fresco se mezclaba con el de ella, embriagador.

¡Chingado, qué rico se siente! Cada trazo es como una caricia prohibida, y su calor me moja las piernas.
Tú repetías el chant con voz grave: "Tru", y tu mano cubrió la suya, guiándola más abajo, rozando el borde de tus jeans. Ella soltó una risa nerviosa, pero no se apartó. "Esto no es solo dibujo, ¿verdad?", preguntó, ojos brillantes. "Neta que no, mamacita. Es pa' soltar lo que traes adentro".

La tensión crecía como tormenta en el DF, espesa y eléctrica. Dejaron el papel. Sacaste pinturas corporales, cremosas y comestibles, con sabor a chocolate y chile. "Ahora dibújame en vivo". Valeria se paró, quitándose la blusa con lentitud felina, revelando pechos plenos, pezones oscuros endureciéndose al aire. Tú tragaste saliva, el pulso retumbando en tus oídos. Ella untó pintura en sus dedos y empezó: "Tra" en tu cuello, el dedo resbalando fresco y tibio. "Tre" bajando por tu pecho, círculos lentos que erizaban tu piel.

Sentiste cada trazo como fuego líquido. Su aliento olía a menta y deseo, cálido en tu oreja. "Tri", rozó tu pezón, y gemiste bajito. El taller resonaba con susurros húmedos de pintura y respiraciones jadeantes. Tus manos no aguantaron: la jalaste suave, besándola. Sus labios eran suaves, sabían a gloss de fresa y sal. La lengua danzaba, "tro", murmuró contra tu boca, mientras sus caderas se pegaban a las tuyas, sintiendo tu verga endureciéndose contra su vientre.

La acostaste en la mesa grande, rodeada de telas suaves. "Tru", dijiste, quitándole la falda. Su panocha depilada brillaba húmeda, olor almizclado y dulce invadiendo todo. Ella abrió las piernas, empoderada, guiando tu cabeza. Lamiste despacio, sabor a miel y mar, su clítoris hinchado bajo tu lengua. "¡Ay, wey, qué chingón!", gritó, uñas en tu pelo. El ritmo volvió: "Tra tre tri tro tru", lo decían entre gemidos, tus dedos entrando en ella, resbalosos, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquearse.

La intensidad subía, corazones galopando al unísono. Te quitaste los jeans, tu verga saltando libre, venosa y lista. Valeria la tomó, trazando con pintura: "Tra... tre...", masturbándote lento, el grip perfecto, resbaloso.

Mierda, nunca sentí algo tan vivo. Quiere esto tanto como yo, y eso me vuelve loco.
Te montó ella primero, controlando, hundiéndose en ti con un "triii" largo. Su calor te envolvió, apretado y húmedo, paredes pulsando. Cabalgó con ritmo salvaje, pechos rebotando, sudor goteando en tu pecho.

Cambiaron: tú encima, embistiéndola profundo, piel contra piel chapoteando. Olía a sexo puro, chile fantasma en la pintura picando delicioso. Sus piernas te aprisionaban, "¡Más fuerte, carnal! Tro... tru...", su voz ronca. Sentías cada contracción, el orgasmo construyéndose como volcán. Ella llegó primero, gritando "¡Traaa!", cuerpo convulsionando, jugos calientes mojándote. Tú la seguiste, explotando dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo el chant completo.

Colapsaron juntos, jadeos calmándose en el silencio del taller. Su piel pegada a la tuya, sudor enfriándose, pintura smeared en arcoíris eróticos. La besaste suave, saboreando el afterglow salado. "Neta que el dibujo con tra tre tri tro tru es lo máximo", rio ella, acurrucándose. Tú asentiste, mano en su curva.

Esto no fue solo un polvo. Fue arte vivo, conexión pura. Quién sabe, capaz repetimos el ritmo mil veces.

El sol se ponía, tiñendo sus cuerpos de rojo pasión. Se vistieron lento, promesas en miradas. Salieron del taller, el chant aún resonando en sus cabezas, un secreto compartido que los unía más allá del papel.

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