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Aunque Intentemos Resistir

7309 palabras

Aunque Intentemos Resistir

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que invitaba a quitarse la ropa. Yo, Ana, había llegado con mis amigas para un fin de semana de relajo, pero ahí estaba él, Diego, el carnal de mi mejor cuate Lupe. Lo vi recargado en la barra del chiringuito, con esa camisa guayabera medio abierta dejando ver el pecho moreno y marcado por horas en el gym. Sus ojos cafés me clavaron en el sitio cuando nuestras miradas se cruzaron. Pinche Diego, siempre con esa sonrisa pícara que me hace las piernas de gelatina, pensé mientras el olor a sal y coco del protector solar me envolvía.

—¡Órale, Ana! ¿Qué onda, güey? —me gritó, levantando su chela Michelob fría, gotas de condensación resbalando por el vidrio como promesas húmedas.

Me acerqué, sintiendo la arena caliente entre los dedos de los pies descalzos, el viento juguetón levantando mi pareo ligero contra las caderas. —¡Diego! No sabía que venías. ¿Qué pedo con Lupe? —le pregunté, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca, traicionándome.

Nos sentamos en unas sillas de mimbre bajo una palapa, el sonido de las olas rompiendo suave de fondo, como un ritmo que aceleraba mi pulso. Hablamos de la vida, de chamba en la Ciudad de México, de lo cañón que estaba el tráfico. Pero entre líneas, el aire se cargaba. Recordamos esa noche hace dos años, en una fiesta en Polanco, cuando nos besamos como locos en el balcón, sus manos firmes en mi cintura, mi lengua saboreando la suya con sabor a tequila reposado.

«Aunque intentemos resistir, carnal, esto entre nosotros es inevitable»
, me había dicho entonces, y ahora esas palabras flotaban como el humo de su cigarro.

La tensión crecía con cada trago. Su rodilla rozó la mía accidentalmente —o no—, enviando chispas por mi piel. El sol se ponía, pintando el cielo de rosas y naranjas, y el ambiente se volvía más íntimo. Lupe y las demás se fueron a cenar al pueblo, dejándonos solos. —¿Bailamos? —propuso él, extendiendo la mano, su palma callosa por el trabajo en construcción de hoteles de lujo.

La música de un mariachi lejano sonaba, rancheras con ese tumbao sensual. Me levanté, mi cuerpo respondiendo antes que mi cabeza. Sus brazos me rodearon, fuerte pero tierno, mi pecho contra el suyo, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa. Olía a hombre, a sudor limpio mezclado con loción de sándalo. Aunque intentemos, no podemos parar esto, pensé, mientras sus caderas se mecían contra las mías, la fricción despertando un calor húmedo entre mis piernas.

La noche avanzaba, y terminamos en mi cabaña rentada, una choza de palapa con hamaca y cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. Estábamos solos, el ventilador zumbando perezoso, el aroma a mar filtrándose por las ventanas abiertas.

—Ana, we, sabes que no deberíamos... Lupe nos mataría —dijo él, su voz grave, pero sus ojos devorándome mientras yo me quitaba el pareo, quedando en bikini negro que acentuaba mis curvas.

—¿Y qué? Somos adultos, Diego. Aunque intentemos ignorarlo, la química está aquí —respondí, acercándome, mis dedos trazando la línea de vellos en su abdomen. Su piel ardía, suave como terciopelo bajo mis uñas.

Se rindió con un gruñido, jalándome contra él. Nuestros labios chocaron, hambrientos, su lengua invadiendo mi boca con urgencia, saboreando a sal y cerveza. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por la cintura, sintiendo su verga dura presionando contra mi centro a través de la tela delgada.

Me depositó en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Qué rico se siente su boca, pinche caliente, pensé, arqueándome. Desató mi bikini con dientes, exponiendo mis tetas llenas, pezones endurecidos como piedras. Los lamió, succionó, el sonido obsceno de su saliva mezclándose con mis jadeos. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y almizclado que llenaba la habitación.

—Estás tan mojada, Ana... tan pinche rica —murmuró contra mi piel, su aliento caliente mientras bajaba más. Sus dedos enganchados en mi bikini inferior lo jalaron, revelando mi sexo depilado, hinchado de deseo. Me abrió las piernas, su mirada fija en mí como si fuera un tesoro. Lamio despacio, desde el clítoris hasta la entrada, su lengua plana y áspera enviando ondas de placer que me hicieron retorcer. Grité su nombre, el sabor salado de mi humedad en su boca mientras chupaba, introduciendo un dedo grueso que curvaba justo ahí, en mi punto G.

El build-up era tortuoso. Yo quería más, lo jalé hacia arriba, desabrochando su short. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, piel sedosa sobre acero, bombeándola lento mientras él gemía, «¡Carajo, Ana, me vas a volver loco!» La guié a mi entrada, resbaladiza y lista. Entró de un empujón suave, llenándome por completo, estirándome deliciosamente. Nuestros cuerpos se unieron en un ritmo primal, piel contra piel chapoteando sudorosos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

Cabalgamos la ola juntos. Él embestía profundo, mis uñas clavándose en su espalda ancha, dejando marcas rojas. Cambiamos posiciones: yo encima, mis caderas girando, tetas rebotando mientras él las amasaba, pellizcando pezones. El sonido de nuestros cuerpos chocando, mis gemidos altos —«¡Más duro, Diego, no pares!»—, su respiración entrecortada. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo. El clímax se acercaba, tensión enroscada en mi vientre como un resorte.

—Aunque intentemos parar, no podemos... ¡Ven conmigo! —gruñó él, sus manos en mis nalgas apretándome contra él. Exploté primero, paredes convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando, un grito gutural escapando de mi garganta mientras olas de éxtasis me barrían. Él siguió, hinchándose dentro, chorros calientes llenándome, su rugido animal vibrando contra mi cuello.

Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa enfriándose al viento nocturno. Su corazón latía contra mi oreja, un tambor satisfecho. Besos suaves post-coito, lenguas perezosas explorando. Aunque intentemos fingir que no pasa nada, esto nos cambia, reflexioné, trazando círculos en su pecho.

La luna iluminaba la playa afuera, olas susurrando secretos. Hablamos en voz baja, planes locos para vernos en la CDMX, lejos de ojos curiosos. Lupe nunca sabría, o al menos eso creíamos. Pero en ese momento, en el afterglow, con su brazo alrededor de mí y el olor a nosotros en las sábanas, nada importaba. Era puro, consensual, nuestro. Diego me besó la frente. — Eres lo máximo, Ana. Aunque intentemos resistir, siempre volvemos.

Nos dormimos así, cuerpos enredados, el mar de fondo como banda sonora de nuestra rendición.

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