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Trio en Carro Ardiente

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Trio en Carro Ardiente

Era una noche de esas que te prenden el alma, con el aire caliente de la carretera pegándose a la piel como una promesa sucia. Yo, Ana, iba en el asiento del copiloto del viejo Tsuru de Marco, mi carnal desde hace dos años. Atrás, Sofia, mi compa de la uni, la que siempre anda con esa vibra de pinche diosa que hace que los vatos se les queden viendo. Veníamos de una peda chida en Cuernavaca, rumbo a Acapulco pa'l amanecer, con el radio tronando cumbias rebeltas que nos tenían bailando sentados.

El carro olía a mezcal y a sudor fresco, mezclado con el perfume dulce de Sofia que se colaba por las ventanillas entreabiertas. Marco manejaba con una mano en el volante y la otra rozándome el muslo, subiendo poquito a poco bajo mi falda corta. ¿Qué onda, nena? ¿Ya te picó el bicho? me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Reí, sintiendo el calor subir por mis piernas. Sofia se asomó desde atrás, su aliento cálido en mi cuello. ¿Y yo qué, cabrones? No me dejen fuera.

Ahí empezó todo. La neta, siempre habíamos platicado de fantasías locas, de un trio en carro como en esas pelis prohibidas que vemos a escondidas. Pero esa noche, con la luna llena reflejándose en el asfalto y el zumbido de los grillos rompiendo el silencio, se sintió real. Mi corazón latía como tamborazo, un pulso que se me subía hasta la garganta.

¿Y si lo hacemos? ¿Y si dejo que el deseo me gane? Marco me mira con esos ojos que dicen córrete toda, y Sofia... ay, Sofia, con sus labios carnosos y esa sonrisa pícara que promete pecados.

Marco estacionó el carro en un claro al lado de la carretera, lejos de los reflectores lejanos de algún pueblito. El motor se apagó con un suspiro, y el silencio nos envolvió como una sábana tibia. Órale, ¿listos pa'l desmadre? soltó Sofia, trepándose al asiento delantero con agilidad de gata. Sus tetas rozaron mi hombro, firmes bajo la blusa escotada, y olí su aroma a vainilla y deseo crudo.

Me volteé y la besé primero, suave, probando sus labios salados por el mezcal. Su lengua se coló juguetona, danzando con la mía en un ritmo que me mojó de golpe. Marco nos veía, su verga ya dura marcándose en el pantalón. Pinches ricas, murmuró, bajándose el cierre con urgencia. Extendí la mano y la envolví, sintiendo el calor palpitante, las venas gruesas latiendo bajo mi palma. Sofia se unió, lamiendo la punta con un slurp que me puso los vellos de punta.

El carro se llenó de jadeos, del crujido de los asientos viejos que se quejaban bajo nuestro peso. Bajé mi falda, exponiendo mi panocha depilada, ya chorreando. Sofia metió dos dedos, girándolos lento, mientras yo chupaba a Marco con hambre, saboreando el precum salado que goteaba como miel prohibida. ¡Qué rico, wey! No pares, gemí contra su piel, el olor almizclado de su excitación invadiéndome las fosas nasales.

Nos movimos como en un baile ensayado. Sofia se quitó la ropa, quedando en tanga roja que Marco le arrancó con los dientes. La acostamos en el asiento trasero, yo arriba chupándole las tetas, mordisqueando los pezones duros como caramelos. Ella arqueaba la espalda, sus uñas clavándose en mis caderas, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Marco se posicionó atrás de mí, frotando su verga contra mi entrada húmeda. Dime si quieres, mi reina, ronroneó en mi oído, su aliento caliente erizándome la nuca.

Sí, métela toda, pendejo, le supliqué, empujando contra él. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, ese estirón glorioso que me hace ver estrellas. Empecé a cabalgarlo, el carro meciéndose como en un terremoto suave, mientras lamía a Sofia, bajando hasta su clítoris hinchado. Su sabor era ácido y dulce, como tamarindo maduro, y la sentía temblar bajo mi lengua, sus muslos apretándome la cabeza.

Esto es el paraíso, carajo. Su verga pulsando dentro de mí, el coño de Sofia en mi boca, sus gemidos mezclándose con los míos. ¿Cómo carajos llegamos aquí? No importa, solo fóllame más fuerte.

La intensidad subió como la marea. Marco me cogía con embestidas profundas, sus bolas chocando contra mi culo con un plaf plaf rítmico que retumbaba en el carro. Sofia se corrió primero, gritando ¡Me vengo, cabronas!, su jugo inundándome la cara, caliente y pegajoso. Ese sabor me empujó al borde; apreté a Marco con mis paredes, ordeñándolo, y exploté en un orgasmo que me dejó temblando, las piernas flojas como gelatina.

Pero no paramos. Cambiamos posiciones en ese espacio chueco del carro, riendo entre jadeos por lo torpe y chido que era todo. Sofia se montó en Marco, rebotando con fuerza, sus nalgas redondas aplastándose contra su pelvis. Yo me senté en su cara, frotándome contra su lengua ansiosa, viendo cómo su verga desaparecía en ella una y otra vez. El sudor nos pegaba la piel, brillando bajo la luz de la luna que se colaba por las ventanas. Olía a sexo puro: esperma, coños mojados, piel caliente.

Marco gruñó, Me voy a venir, nenas, y Sofia aceleró, ordeñándolo con maestría. Él explotó dentro de ella con un rugido gutural, el sonido de su placer vibrando en mi clítoris. Bajé y lamí el desastre, saboreando la mezcla de sus jugos cremosos, mientras Sofia me besaba, compartiendo el sabor en un beso sucio y eterno.

Al final, nos derrumbamos en un enredo de cuerpos exhaustos, el carro quieto ahora, solo el tic-tac del motor enfriándose y nuestras respiraciones entrecortadas. Marco me acariciaba el pelo, Sofia trazaba círculos en mi vientre. Pinche trio en carro épico, ¿no? dijo él, riendo bajito. Asentí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico.

Nunca pensé que un viaje así nos uniría tanto. No es solo el sexo, es la confianza, el dejarse ir sin miedos. Estos dos son míos, y yo de ellos. Qué chingón.

Nos vestimos despacio, besándonos perezosos, prometiendo más aventuras. Arrancamos de nuevo, la carretera devorándose bajo las llantas, con sonrisas tontas y el recuerdo ardiendo en la piel. Esa noche, el trio en carro no fue solo un desmadre; fue el inicio de algo más grande, más caliente, más nuestro.

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