Prueba Jesús
Estás en un bar de Polanco, con el aire cargado de risas y el tintineo de vasos chocando. Tus amigas, unas cabronas totales, te han arrastrado hasta aquí después de una semana de puro estrés en la chamba. Tú, con tu cruz de plata colgando del cuello, siempre la santa del grupo, sorbés tu michelada con hielo que cruje entre tus dientes. El limón ácido te hace fruncir los labios, y el chile en polvo pica en la lengua.
"Órale, mija, ya suéltate el pelo", dice Lupita, tu compa de toda la vida, mientras agita su margarita. "Mira al güey de allá, el de la camisa negra. Ese es Jesús, el vecino nuevo del depa de al lado. Prueba Jesús, wey. Déjate de tantas misas y prueba algo que te haga gritar aleluya de verdad".
Las risas estallan, y tú sientes el calor subiendo por tus mejillas. Miras de reojo. Jesús está en la barra, alto, moreno, con músculos que se marcan bajo la tela ajustada. Sus ojos oscuros te atrapan por un segundo, y un escalofrío recorre tu espina. ¿Qué no debería pensar en esto? Dios me perdone, pero ese hombre huele a problemas... y a deseo puro.
¿Y si lo hago? Solo una vez, para saber. Mi cuerpo arde, como si el Espíritu Santo se hubiera equivocado de fuego.
Él se acerca, como si hubiera oído el reto invisible. "Buenas noches, señoritas", dice con voz grave, ronca como el tequila reposado. "Me llamo Jesús. ¿Puedo invitarlas a una ronda?". Sus amigas chillan, te empujan. "¡Sí, carnal! Mi amiga aquí necesita que la convenzas de probar Jesús". Tú ríes nerviosa, el corazón latiéndote como tambor en fiesta patronal.
Hablan toda la noche. Él es constructor, manos callosas que huelen a tierra fresca y metal caliente. Te cuenta de su rancho en Jalisco, de cómo extraña el olor de las tortillas recién hechas. Tú confiesas tu lucha interna: la iglesia los domingos, pero los viernes soñando con pecados. "No hay pecado en sentir, mija", murmura, su aliento cálido rozando tu oreja. "Prueba... solo prueba".
Al cerrar el bar, te ofrece llevarte a casa. "Solo hasta tu depa", dices, pero el taxi huele a su colonia, madera y hombre. En el elevador del edificio, el silencio es espeso, cargado de electricidad. Sus dedos rozan los tuyos accidentalmente –o no– y tu piel se eriza como si miles de hormiguitas bailaran.
Acto dos: la escalada
En tu puerta, vacilas. "¿Quieres pasar por un café?", preguntas, voz temblorosa. Él sonríe, dientes blancos reluciendo. "Solo si prometes no arrepentirte". El departamento es chiquito pero acogedor, luces tenues, velas de vainilla que enciendes rápido. El aroma dulce llena el aire mientras preparas el café, tus manos temblando al servir.
Se sientan en el sofá, piernas rozándose. Hablan de todo y nada: de la CDMX caótica, de cómo el tráfico te pone de malas, de sueños postergados. Su mano cae en tu rodilla, cálida, pesada. No la quitas. "Eres preciosa cuando dudas", dice, ojos clavados en los tuyos. Inclina la cabeza, labios cerca. Esto es el pecado, pero huele tan bien...
Mi fe grita no, pero mi coño palpita sí. Prueba Jesús, me dijo Lupita. Ya valga.
El primer beso es suave, exploratorio. Sus labios saben a sal de las papas del bar y a promesas. Tus lenguas se encuentran, húmedas, danzando con un ritmo que acelera tu pulso. Gimes bajito cuando su mano sube por tu muslo, arrastra la falda. La tela raspa tu piel sensible, y sientes la humedad creciendo entre tus piernas, un calor pegajoso que empapa tus calzones.
"¿Estás segura?", pregunta, voz ronca, deteniéndose. Asientes, feroz. "Sí, cabrón. Quiero probarte". Lo jalas hacia ti, desabrochas su camisa. Su pecho es duro, vello oscuro que pincha tus palmas. Lo besas ahí, saboreas el sudor salado, mezclado con su olor natural, almizclado, que te marea de lujuria.
Te recuestas en el sofá, él encima, peso delicioso. Sus manos expertas quitan tu blusa, exponen tus tetas al aire fresco. Los pezones se endurecen al instante, rosados y ansiosos. Los chupa, lengua girando, dientes rozando suave. Gruñes, arqueas la espalda. "¡Chingao, Jesús!", jadeas. El sonido de succión húmeda llena la habitación, junto a tu respiración agitada.
Desabrochas su pantalón, liberas su verga. Gruesa, venosa, palpitante. La tocas, piel aterciopelada sobre acero. Él gime, caderas empujando en tu mano. "Así, mamacita", murmura. La acaricias, arriba-abajo, sintiendo el precúm resbaloso en tu pulgar. Su olor es intenso aquí, macho puro, que te hace salivar.
Te quita los calzones, dedos hurgando tu panocha empapada. Encuentra tu clítoris, lo masajea en círculos. Explosiones de placer te recorren, como chispas. "Estás chingón de mojada", dice, riendo bajito. Mete un dedo, luego dos, curvándolos adentro. El sonido chapoteante es obsceno, erótico. Tu jugo corre por sus nudillos, olor almizclado subiendo.
Lo montas, guiando su verga a tu entrada. Lentamente, centímetro a centímetro, te llena. Estiras, quema delicioso. "¡Ay, wey!", gritas, uñas clavándose en sus hombros. Empiezas a moverte, caderas girando. Su pubis roza tu clítoris con cada embestida, chispas de éxtasis. Sudor perla vuestras pieles, resbaloso, facilitando el roce. El sofá cruje rítmicamente, eco de vuestros gemidos.
Cambia posiciones: te pone a cuatro, entra desde atrás. Manos en tus caderas, polleando duro. Cada golpe sacude tus tetas, slap-slap de carne contra carne. Su aliento caliente en tu nuca, mordisquea tu oreja. "Eres mía esta noche", gruñe. Tú respondes empujando hacia él, panocha apretando su verga como vicio.
Esto es mejor que cualquier oración. Prueba Jesús... valió la pena cada segundo de tentación.
La tensión crece, ovillos en tu vientre. Él acelera, bolas golpeando tu culo. "Me vengo, cariño", avisa. "¡Dentro!", pides, y explota. Calor líquido inunda tu interior, empujándote al borde. Tu orgasmo llega como ola, contracciones ordeñando su leche, grito ahogado en la almohada. Estrellas detrás de tus párpados, cuerpo temblando.
Acto tres: el regocijo
Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas que arrastraron del cuarto. Su semen gotea de ti, pegajoso en tus muslos. Lo limpias con lengua juguetona, sabor salado-amargo en tu boca. Él te besa la frente, manos acariciando tu espalda en círculos suaves.
"¿Arrepentida?", pregunta, voz perezosa. Ríes, acurrucándote en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. "Ni madres. Prueba superada con honores". El aroma de sexo impregna el aire, mezclado con vainilla de las velas. Afuera, la ciudad ronronea: cláxones lejanos, risas nocturnas.
Hablan en susurros hasta el alba. De fe no como cadenas, sino alas. "Dios entiende el fuego humano", dice él, besando tu cruz. Tú sientes paz, no culpa. Un capítulo nuevo: sensual, libre, empoderada.
Se va al amanecer, promesa de más "pruebas". Tú te quedas en la cama, piel aún hormigueando, sonrisa pícara. Amén a eso.
El sol entra por la ventana, dorado, cálido como su abrazo. Cierras los ojos, saboreando el recuerdo: su peso, su sabor, su entrega. Ya no hay tensión, solo plenitud resonante.