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Tríos de Famosos Calientes

8097 palabras

Tríos de Famosos Calientes

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa sucia. Yo, Carla, acababa de entrar al antro exclusivo donde se armaba la fiesta postestreno de la nueva novela de Diego Salazar, el galán que todas las morras soñaban con morder. Vestida con un vestido negro ceñido que me marcaba las curvas como si fueran un mapa del tesoro, sentía el pulso acelerado mientras el aroma a tequila reposado y perfumes caros me invadía las fosas nasales. Órale, Carla, no te achicopales, me dije, ajustándome el escote que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera.

Ahí estaba él, Diego, rodeado de fans y pendejos que querían su foto. Alto, con esa mandíbula cuadrada y ojos que prometían pecados. Pero lo que me dejó con la boca seca fue verla a ella: Sofía Reyes, la cantante que la neta armaba con sus caderas en el escenario. Su vestido rojo fuego se movía como una llama viva, y su risa era un sonido ronco que se me colaba hasta los huesos. Las dos eran famosas de esas que salen en revistas, pero yo solo era la modelo emergente que posaba para marcas chiquitas. Sin embargo, algo en el aire me decía que esta noche iba a cambiar todo.

Me acerqué a la barra, pidiendo un margarita con sal gruesa que me raspó la lengua como un beso áspero. De repente, sentí una mano cálida en mi cintura.

—Ey, morra, ¿vienes sola o qué?
Era Diego, su aliento a whisky puro rozándome el oído. Su toque era firme, pero suave, como si supiera exactamente dónde presionar para que el calor se me subiera por la espalda.

—Simón, pero ya no —le contesté con una sonrisa pícara, girándome para que nuestros cuerpos se rozaran. Sofía apareció al instante, como si lo hubieran planeado.

—Diego no miente, ¿eh? Tú eres la nueva que anda en las pasarelas. Carla, ¿verdad? Neta que luces chida.
Su voz era miel caliente, y cuando me rozó el brazo con sus uñas pintadas de rojo, un escalofrío me recorrió la piel.

La charla fluyó como el tequila: risas sobre el mundo de los famosos, chismes de tríos de famosos que nadie se atrevería a contar en las portadas. ¿Tríos? ¿De verdad? pensé, mientras el deseo empezaba a bullir en mi vientre. Diego me contaba anécdotas jugosas, su mano subiendo por mi muslo bajo la mesa, y Sofía se inclinaba tanto que su perfume floral me mareaba. El sonido de la música reggaetón retumbaba, vibrando en mi pecho, y el sudor empezaba a perlar sus cuellos, haciendo que sus pieles brillaran bajo las luces neón.

Acto uno cerrado: la tensión era palpable.

—¿Y si nos vamos a un lugar más privado? —propuso Sofía, sus ojos clavados en los míos con una promesa que me mojó las bragas al instante.

Subimos a la suite presidencial del hotel contiguo, el ascensor oliendo a cuero nuevo y excitación contenida. Apenas cerramos la puerta, Diego me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos con un hambre que sabía a sal y deseo. Su lengua exploraba mi boca, áspera y demandante, mientras sus manos grandes me amasaban los senos por encima del vestido. Qué rico se siente esto, carajo, gemí en mi mente, el corazón latiéndome como tambor en fiesta.

Sofía no se quedó atrás. Se pegó a mi espalda, sus tetas suaves presionando contra mí, y mordisqueó mi cuello con dientes que pinchaban justo lo necesario.

—Déjame probarte, Carla —susurró, su aliento caliente bajando por mi espina dorsal.
Deslicé el vestido por mis hombros, quedando en lencería negra que contrastaba con mi piel morena. El aire acondicionado nos erizaba la piel, pero el calor de sus cuerpos lo contrarrestaba todo.

Diego se arrodilló, besando mi ombligo mientras bajaba mis calzones. Su nariz rozó mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado.

—Hueles a pecado, morra.
Su lengua lamió mi clítoris despacio, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda y soltar un ¡ay, wey! ronco. Sofía meanwhile me quitó el brasier, chupando mis pezones duros como piedras, succionando con un pop húmedo que resonaba en la habitación. El sabor salado de su saliva en mi piel, el roce de sus labios carnosos... todo era una sinfonía de sensaciones que me nublaba la razón.

Pero no era solo físico. En mi cabeza bullían pensamientos:

Esto es un trío de famosos de esos que se rumoran en los pasillos de la farándula, pero yo soy parte. Neta que no lo puedo creer, pero se siente tan correcto, tan mío.
Diego metió dos dedos en mi panocha empapada, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras Sofía me besaba con lengua juguetona, compartiendo mi sabor en su boca. El sonido de mis jugos chorreando, sus respiraciones agitadas, el crujir de la cama cuando nos movimos... todo se intensificaba.

Escalada gradual: los cambié de posición. Empujé a Diego al sofá de cuero, que crujió bajo su peso. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre puro, a sudor y colonia cara. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Sofía se unió, nuestras lenguas bailando alrededor de su glande, mirándonos con ojos lujuriosos.

—Qué chingón se siente eso —gruñó Diego, sus caderas embistiendo suave.

La intensidad subía. Sofía se quitó el vestido, revelando un cuerpo tonificado de gym y shows, con tetas perfectas y un culo que invitaba a palmadas. Me acosté en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Diego me penetró despacio, su verga estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo con un thrust que me arrancó un grito. Pum pum pum, el ritmo de sus caderas chocando contra las mías, piel contra piel, sudor mezclándose. Sofía se sentó en mi cara, su concha depilada rozando mis labios. La probé: dulce, salada, con un toque de su excitación pura. Mi lengua danzaba en su botón, lamiendo mientras ella gemía alto,

¡Sí, Carla, así, no pares, pendeja rica!

El clímax psicológico: momentos de duda fugaz. ¿Y si esto sale en las chismosas? ¿Pero qué más da? Esto es nuestro, consensual, puro fuego. Cambiamos: Sofía debajo de mí en 69, sus dedos en mi culo mientras yo la devoraba. Diego nos follaba alternando, su verga saliendo reluciente de una y entrando en la otra. El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclado con el jazmín de sus perfumes. Sudor goteando, pulsos acelerados latiendo en sienes y gargantas.

Acto dos culminando en la cresta: Diego aceleró, su verga hinchándose dentro de mí.

—Me vengo, morras —avisó, y lo hizo, chorros calientes llenándome mientras yo temblaba en mi propio orgasmo, olas de placer que me contraían los músculos, gritando su nombre. Sofía se corrió segundos después en mi boca, su cuerpo convulsionando, jugos inundándome la lengua.

El afterglow fue como caer en una nube suave. Nos derrumbamos en la cama, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Diego me besó la frente, su barba raspándome tierno.

—Eso fue épico, Carla. Un trío de famosos para recordar.
Sofía rio bajito, acurrucándose en mi pecho, su mano trazando círculos perezosos en mi vientre.
—Neta que hay que repetirlo, ¿no?

El sol empezaba a filtrarse por las cortinas pesadas, tiñendo la habitación de oro suave. Olía a sexo satisfecho, a promesas de más noches locas. Me quedé ahí, entre ellos, sintiendo sus respiraciones calmadas sincronizarse con la mía. De simple modelo a parte de los tríos de famosos. Qué chingón giro le dio la vida. No había remordimientos, solo una paz ardiente, un vínculo forjado en éxtasis mutuo. Salí de esa suite transformada, con el sabor de ellos en mi piel y el eco de sus gemidos en mi alma.

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