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El Tri de Mis 25 Años

6804 palabras

El Tri de Mis 25 Años

Era mi cumpleaños número 25 y la casa de mi carnal Alex estaba prendida como nunca. Luces tenues de colores bailaban por las paredes del depa en Polanco, música de cumbia rebajada retumbaba en los parlantes y el olor a tequila reposado se mezclaba con el humo dulce de unos cigarros electrónicos que pasábamos de mano en mano. Yo, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, reía con mis cuates mientras el calor de la noche me subía por las piernas. Alex, mi novio de dos años, alto moreno con esa sonrisa pícara que me derretía, no me quitaba la vista de encima. Y ahí estaba también Marco, su mejor amigo desde la prepa, un wey fornido con tatuajes en los brazos y ojos que prometían travesuras.

¿Qué pedo con esta química que siento? pensé mientras Marco me pasaba un shot y su mano rozaba la mía, enviando chispas por mi piel. Habíamos platicado antes de la fiesta, en la cama de Alex, sobre fantasías. "Imagínate el tri para tus 25 años", me dijo Alex una noche, con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta. Yo me reí, pero en el fondo la idea me mojaba las panties. Neta, a mis 25, quería algo épico, algo que me hiciera sentir viva, poderosa, dueña de mi cuerpo.

La fiesta avanzaba y el alcohol nos soltaba las lenguas. Bailamos los tres pegaditos en la sala, mis caderas moviéndose al ritmo, sintiendo el bulto de Alex contra mi culo y la mano de Marco en mi cintura. Sudor fresco, mezclado con su colonia amaderada, me invadía las fosas nasales. "Estás cañona esta noche, Ana", murmuró Marco al oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Alex se acercó por delante, besándome el cuello. Esto va en serio, pensé, el corazón latiéndome como tambor en un desfile. "¿Seguimos o qué?", preguntó Alex, mirándonos a los dos con ojos brillantes de deseo.

"¡Órale, cabrones! Vamos por el tri de mis 25 años", grité yo, riendo, tomando la iniciativa. Me sentía invencible.

Nos escabullimos al cuarto de Alex, dejando atrás el ruido de la fiesta. La puerta se cerró con un clic suave y el mundo se redujo a nosotros tres. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Me senté en el borde, piernas cruzadas, observándolos quitarse las camisas. Alex, con su pecho definido y ese vientre plano que tanto me gustaba lamer; Marco, más musculoso, con cicatrices de fútbol que contaban historias. El aire se cargó de electricidad, mi piel erizándose ante la anticipación.

Alex se arrodilló frente a mí primero, subiendo mis piernas a sus hombros. Sus labios besaron mis muslos internos, lentos, dejando un rastro húmedo que me hacía gemir bajito. "Qué rica hueles, mi amor", susurró, inhalando mi aroma de excitación mezclado con perfume. Marco se unió, besándome la boca con hambre, su lengua danzando con la mía, sabor a tequila y menta. Mis manos exploraban sus pechos, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas. Neta, esto es lo que necesitaba, dos vergas duras solo para mí, pensé mientras Alex me bajaba las panties, exponiendo mi concha ya empapada.

La tensión crecía como una ola. Alex lamió mi clítoris con maestría, círculos suaves que me hacían arquear la espalda, el sonido de su succión húmeda llenando la habitación. Marco chupaba mis tetas, mordisqueando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. "¡Ay, wey, qué chido!", jadeé, mis caderas moviéndose solas contra la boca de Alex. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, almizclado y adictivo. Sentía sus vergas presionando contra mis piernas, gruesas y palpitantes, listas para mí.

¿Estoy lista para esto? Sí, carajo, a mis 25 años soy la reina. Les pedí que se pararan y me arrodillé frente a ellos, admirando sus vergas erectas. La de Alex, larga y curva, la de Marco más gruesa, venosa. Las tomé en mis manos, piel suave sobre acero duro, el calor subiéndome por los brazos. Las lamí alternadamente, saboreando el precum salado, sus gemidos roncos como música. "Mamacita, eres una experta", gruñó Marco, enredando sus dedos en mi pelo.

La intensidad subía. Me recosté en la cama, abriendo las piernas en invitación. Alex se colocó entre ellas primero, frotando su verga contra mi entrada resbalosa. "Dime si quieres", murmuró, siempre atento. "¡Métela ya, pendejo!", respondí juguetona, y él empujó lento, llenándome centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso me sacó un grito ahogado, mis paredes apretándolo como guante. Marco se posicionó a mi lado, ofreciéndome su verga para mamarla mientras Alex me cogía con ritmo creciente, sus bolas chocando contra mi culo con palmadas húmedas.

Cambiaron turnos. Marco me penetró ahora, su grosor abriéndome más, un dolor placentero que se volvía éxtasis. "¡Qué apretada, Ana!", jadeó, sudando sobre mí. Alex besaba mi boca, sus manos masajeando mis tetas. El cuarto olía a sudor, semen y mi propia humedad, sonidos de carne contra carne, jadeos entrecortados. Me voltearon a cuatro patas, Alex en mi concha por detrás, Marco en mi boca. Sentía las venas de Alex pulsando dentro, su mano azotándome el culo suave, rojo fuego. Esto es poder, soy el centro de su mundo.

La escalada era imparable. Me subieron encima de Marco, cabalgándolo reversa, su verga golpeando mi punto G con cada rebote. Alex se unió, lubricando mi ano con saliva y mi propio jugo. "¿Quieres doble?", preguntó. Asentí frenética, el deseo nublando mi mente. Entró despacio por atrás, el estiramiento intenso, dolor y placer fundiéndose. Grité, lágrimas de puro gozo en los ojos. Los dos dentro, moviéndose alternos, mis nervios explotando en chispas. "¡Me vengo, cabrones!", aullé, el orgasmo rompiéndome en olas, mi concha contrayéndose, squirt salpicando las sábanas.

Ellos no tardaron. Marco se vino primero, gruñendo como animal, llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos. Alex salió y eyaculó en mi espalda, chorros espesos y calientes. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El olor a sexo post-orgasmo, pegajoso y satisfactorio, nos envolvía como manta.

Minutos después, risas suaves. Alex me besó la frente. "Felices 25 años, mi reina. El tri fue legendario". Marco asintió, acariciándome el pelo. Me sentía plena, empoderada, como si hubiera cruzado un umbral. No hay arrepentimientos, solo más ganas de vivir así, libre y puta en el buen sentido. Nos duchamos juntos, jabón deslizándose por pieles sensibles, promesas de repeticiones. Afuera, la fiesta seguía, pero yo ya había tenido mi celebración perfecta. A mis 25, el mundo era mío.

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