Ardores de Eintracht Trier
Entré al bar La Kaiser en el corazón del DF, ese antro chido donde se reúnen los locos del fútbol alemán. Era viernes por la noche y el partido del Eintracht Trier contra su rival de la región estaba prendiendo a todos. El olor a chela fría mezclada con el humo de los cigarros y el crunch de los cacahuates tostados me envolvió apenas crucé la puerta. La pantalla gigante escupía los gritos del estadio, el ¡gol! que no llegaba pero se sentía en el aire cargado de tensión.
Yo, Ana, fanática de hueso colorado del Eintracht Trier desde que mi carnal me enseñó a verlo en la tele de mi casa en Tlalpan. No era el equipo más famoso, pero esa pasión under me ponía. Me senté en la barra, pedí una Indio helada y dejé que el hielo sudara en mi mano mientras mis ojos seguían el balón rebotando en el césped verde. Llevaba una playera ajustada del equipo, negra con blanco, que marcaba mis curvas justito, y unos jeans que abrazaban mis nalgas como un amante ansioso.
De repente, un tipo se sentó a mi lado. Alto, moreno, con barba de tres días y una camiseta del Eintracht Trier que le quedaba como pintada sobre sus pectorales duros. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, de esos que te hacen ladear la cabeza sin querer.
Órale, este wey está cañón, neta que sí. ¿Será fan de verdad o nomás anda de cotorreo?
"¡Qué partidazo, wey!" me dijo con una sonrisa que iluminó sus ojos cafés. "El Eintracht Trier nos va a dar la sorpresa esta noche."
Le contesté con una risa, chocando mi botella contra la suya. "Neta, carnal. Si meten ese gol, me muero de la emoción. Soy Ana, por cierto."
"Yo soy Marco. Y sí, mami, este equipo nos tiene locos. ¿Vienes siempre?"
Charlamos del partido, de cómo el portero del Eintracht Trier era un muro, de las jugadas maestras que nos tenían al borde del asiento. Cada vez que el equipo avanzaba, nuestras rodillas se rozaban accidentalmente, enviando chispas por mi piel. Su voz grave vibraba en mi pecho, y el calor de su brazo cerca del mío me hacía sudar más que la chela.
El estadio en la tele rugía con un casi-gol, y Marco me tomó la mano en la emoción. "¡Mira eso!" Su palma era áspera, de trabajador, y la dejó ahí un segundo de más. Sentí mi pulso acelerarse, el corazón latiéndome en las sienes como el tambor de un estadio lleno.
Al final del primer tiempo, el Eintracht Trier empataba, pero la tensión entre nosotros ya era otra cosa. "¿Quieres ir a un lugar más tranquilo para ver el resto?" me propuso, sus ojos clavados en los míos con un fuego que no era solo por el fútbol. Asentí, mordiéndome el labio. Sí, güey, esto va pa'l otro lado.
Salimos del bar, el aire fresco de la noche me erizó la piel bajo la playera. Caminamos unas cuadras hasta su depa en la Condesa, riéndonos de anécdotas del equipo. "¿Sabes? El Eintracht Trier me recuerda a ti," me dijo abriendo la puerta. "Pequeño pero con garra, y que quema cuando menos te lo esperas."
Adentro, el lugar olía a madera pulida y café recién hecho. Puso el partido en su tele plana, pero ya nadie prestaba tanta atención. Nos sentamos en el sofá, más cerca ahora, nuestras piernas entrelazadas. Su mano subió por mi muslo, suave pero firme, y yo no la detuve. Al contrario, me incliné y lo besé. Sus labios eran calientes, con sabor a cerveza y menta, y su lengua exploró la mía con la misma hambre que un delantero en el área chica.
¡Chingado, qué beso! Este wey sabe lo que hace, me está derritiendo entera.
El segundo tiempo empezó en la tele, pero nosotros ya estábamos en el nuestro. Marco me quitó la playera del Eintracht Trier con delicadeza, besando mi cuello mientras sus dedos desabrochaban mi brasier. Mis tetas quedaron libres, los pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Estás de muerte, Ana," murmuró, lamiendo uno con la lengua áspera que me arrancó un gemido.
Le quité la camisa, sintiendo el calor de su pecho ancho, el vello rizado que bajaba hasta su abdomen marcado. Olía a hombre puro, sudor limpio y deseo. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela. "Ven, papi," le dije, mi voz ronca. Lo jalé al piso, sobre la alfombra suave que olía a limpio.
Nos desvestimos mutuamente, piel contra piel. Su boca bajó por mi vientre, besando cada centímetro hasta llegar a mi panocha, ya mojada y palpitante. Lamía despacio, saboreando mis jugos con un mmm que vibraba en mis pliegues. El sonido de su lengua chupando mi clítoris era obsceno, mezclado con mis jadeos y el eco lejano del comentarista gritando un gol del Eintracht Trier.
"¡Sí, así!" gemí, arqueando la espalda. Mis dedos se enredaron en su pelo, guiándolo más profundo. Sentía el calor subiendo desde mi entrepierna, un fuego que me hacía temblar las piernas. Él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me volvía loca. Neta, este carnal es experto, me va a hacer venir ya.
Pero lo detuve, queriendo más. "Te quiero dentro, Marco." Se puso un condón rápido –siempre responsable, qué chingón– y se posicionó entre mis muslos. Su verga gruesa entró despacio, estirándome deliciosamente. El roce era eléctrico, cada vena pulsando contra mis paredes húmedas. Empezó a moverse, lento al principio, dejando que sintiera cada centímetro.
El ritmo subió con el partido. Cada embestida era un ¡gol! en mi cuerpo: el slap de su pelvis contra la mía, el sudor goteando de su frente a mis tetas, el olor almizclado de nuestros sexos unidos. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, y él gruñía mi nombre contra mi oído. "Ana, qué rica estás, tan apretadita."
¡Me está cogiendo como dios manda! El Eintracht Trier nunca me puso así de caliente.
Cambié de posición, montándolo como una amazona. Sus manos en mis caderas guiaban el vaivén, mis tetas rebotando con cada bajada. Lo veía desde arriba, su cara de puro placer, los músculos tensos. Me incliné para besarlo, mordiendo su labio inferior mientras aceleraba. El clímax se acercaba, una ola gigante formándose en mi vientre.
"¡Ya, wey!" grité cuando exploté. Mi panocha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo en espasmos que me dejaron ciega por segundos. Él me siguió, rugiendo como un león, su semen llenando el condón en chorros calientes que sentía pulsar.
Caímos exhaustos, jadeando. El partido había terminado –Eintracht Trier ganó, qué chido– pero nuestra victoria era mejor. Su brazo me rodeó, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono. Besó mi frente, suave. "Esto fue épico, Ana. Como un clásico del Eintracht Trier."
Me acurruqué contra él, oliendo nuestro aroma mezclado, sintiendo la paz post-orgasmo. Quién iba a decir que mi equipo favorito me traería a un hombre así. Neta, la pasión del fútbol es lo máximo.
Nos quedamos así un rato, hablando bajito de futuros partidos, de vernos en el próximo. Salí al amanecer con una sonrisa tonta y el cuerpo satisfecho, lista para más noches de ardor inspiradas en el Eintracht Trier. Porque la vida, como el fútbol, es mejor cuando se juega con todo el corazón... y el cuerpo.