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La Triada de Hipertiroidismo Desnuda

7032 palabras

La Triada de Hipertiroidismo Desnuda

Ana se sentía como si su cuerpo estuviera en llamas desde hacía semanas. El calor la invadía por dentro, un fuego que no se apagaba ni con el aire acondicionado a todo lo que daba en su depa de Polanco. Su corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, y el sudor perlaba su piel morena, haciendo que su blusa se pegara a los pechos como una segunda piel. ¿Qué chingados me pasa? se preguntaba mientras se miraba en el espejo del baño, notando cómo sus ojos brillaban con una intensidad rara, casi animal.

Luisa y Carla, sus cuates de toda la vida, andaban igual. Las tres se habían juntado en un cafecito de la Roma, con sus lattes helados frente a ellas, pero ni eso las refrescaba. Luisa, la güera de curvas generosas, se abanicaba con la mano, su escote dejando ver el brillo del sudor entre sus tetas. "Neta, wey, yo ya no aguanto. Me despierto sudando, con el pinche corazón queriendo salirse del pecho. Y ni te cuento lo caliente que me pongo de la nada, como si estuviera en celo."

Carla, la morena atlética con piernas que no acababan, asintió, mordiéndose el labio. "Yo creí que era el gym, pero hasta en la cama me da. Me toco y es como si mi cuerpo explotara. ¿Vamos al doc o qué?" Así fue como terminaron en la consulta del endocrinólogo, un tipo serio pero guapo que las miró con atención mientras les tomaba el pulso. "Tienen la triada de hipertiroidismo", dijo, explicando los temblores finos en las manos, la taquicardia y la pérdida de peso inexplicable. "La tiroides hiperactiva acelera todo: metabolismo, nervios... y a veces, el deseo sexual se dispara. Es común, pero hay que tratarlo."

Salieron del consultorio con receta en mano, pero en lugar de ir por pastillas, se miraron con una complicidad que hacía rato bullía bajo la superficie. Ana sintió un cosquilleo en el bajo vientre, el mismo que la había despertado esa mañana con las sábanas empapadas.

Si esto es la triada de hipertiroidismo, que no me cure nunca
, pensó, mientras subían al Uber rumbo al depa de Luisa, que quedaba en Condesa, con vista al Parque México.

En el trayecto, el aire estaba cargado. Luisa cruzó las piernas, su falda subiendo lo justo para mostrar el muslo suave y brillante. "Órale, chicas, ¿y si en vez de medicarnos, le damos rienda suelta? El doc dijo que el deseo se intensifica. ¿Por qué no explorar?" Carla rio bajito, su voz ronca rozando la piel de Ana como una caricia. "Me late. Hace rato que las miro y pienso en cómo sabrán sus labios."

Al llegar, el depa olía a jazmín del difusor y a café recién hecho. Se quitaron los zapatos en la entrada, y Ana sintió el piso fresco bajo sus pies descalzos, un contraste delicioso con el calor que le subía por las piernas. Se sentaron en el sillón de terciopelo verde, tan cerca que sus rodillas se tocaban. El sol de la tarde filtraba por las cortinas, tiñendo todo de oro. Luisa sirvió margaritas con sal en el borde, el limón fresco cortando el picor de la tequila. "Por la triada de hipertiroidismo que nos une", brindó, y sus labios húmedos rozaron el vidrio.

La conversación fluyó como el alcohol: de quejas médicas a confesiones coquetas. Ana admitió primero: "Desde que empecé con estos síntomas, me masturbo como loca. Imagino sus manos en mí, Lu, tus tetas contra las mías, Carla chupándome el cuello." Luisa se sonrojó, pero sus pezones se marcaron bajo la blusa. "Yo también. Sueño con lamerles la concha hasta que griten." Carla, la más directa, se inclinó y besó a Ana en la boca, suave al principio, probando el sabor salado del sudor mezclado con margarita.

El beso fue el detonante. Sus lenguas se enredaron con urgencia, el corazón de Ana martilleando tan fuerte que lo sentía en la garganta. Esto es la hipertiroides hablando, pero qué chido se siente, pensó mientras Luisa se unía, besando su cuello, mordisqueando la piel sensible. Las manos volaron: Ana palpó los pechos de Luisa, pesados y firmes, pellizcando los pezones duros como piedras. Carla metió mano bajo la falda de Ana, encontrando su panocha ya empapada, resbalosa de jugos. "Estás chorreando, mamacita", murmuró, deslizando un dedo dentro, curvándolo justo donde dolía de gusto.

Se desnudaron con prisa febril, ropa volando al piso. El aire olía a sus excitaciones: almizcle femenino, sudor salado, un toque dulce de perfume. Luisa se recostó en el sillón, abriendo las piernas, su concha rosada y hinchada brillando. "Vengan, cabronas, háganme suya." Ana se arrodilló primero, inhalando el aroma embriagador, lamiendo despacio desde el clítoris hasta el ano, saboreando el salado ácido. Carla se posicionó detrás de Ana, chupándole las nalgas, metiendo la lengua en su entrada mientras sus dedos frotaban el botón pulsante.

Los gemidos llenaron la habitación: ahogados al principio, luego salvajes. "¡Ay, wey, sí ahí!", gritó Luisa, arqueando la espalda mientras Ana succionaba su clítoris, dos dedos bombeando adentro. El cuerpo de Luisa temblaba, no solo por la triada de hipertiroidismo, sino por el orgasmo que la partía en dos, chorros calientes salpicando la cara de Ana. El sabor era divino, como tequila con limón y pecado.

Cambiaron posiciones en una danza instintiva. Carla se sentó en la cara de Luisa, quien lamía con hambre, mientras Ana se frotaba contra el muslo de Carla, piel contra piel resbalosa, el roce enviando chispas por su espina.

Nunca sentí tanto, como si mi tiroides me hubiera convertido en una diosa del sexo
, reflexionó Ana en medio del éxtasis. Sus pulsares latían al unísono, rápidos como conejos en celo. Carla fue la siguiente en venirse, gritando "¡Me vengo, pinches ricas!", su culo temblando sobre la boca de Luisa.

Ana estaba al borde, pero querían prolongarlo. Se tumbaron en la cama king size, cuerpos entrelazados en un nudo de extremidades sudadas. Luisa y Carla atacaron su panocha al unísono: lenguas alternándose, dedos estirándola, una mano cada una pellizcándole las tetas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, jadeos entrecortados, el crujir de las sábanas. Ana se corrió como nunca, un grito gutural escapando de su garganta, olas de placer convulsionándola, el corazón a punto de estallar pero en el mejor sentido.

Después, yacieron enredadas, el sudor enfriándose en sus pieles, el cuarto oliendo a sexo puro. Respiraciones agitadas se calmaban poco a poco. Luisa acarició el pelo de Ana. "La triada de hipertiroidismo nos juntó así. ¿Qué pedo si la tratamos? Esto fue chingón." Carla rio, besándolas a ambas. "Mientras dure, sigamos. Somos adultas, consentimos todo."

Ana sonrió, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado pero aún vibrante. Miró por la ventana al Parque México, gente paseando ajena a su mundo. Si esto es enfermedad, que sea eterna. Se durmieron así, piel con piel, listas para más rondas cuando el fuego volviera a encenderse.

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